Pedir perdón, nueva forma de mantener el poder
La responsabilidad se desplaza desde el comportamiento de quien gobierna hacia la reacción de quien lo padece. No se admite el error; se lamenta su efecto. No se reconoce la culpa; se deplora la incomodidad ajena. Y pronunciada la palabra mágica —perdón— parece quedar saldada cualquier exigencia posterior
Una nueva forma de eludir la culpa o más exactamente, la responsabilidad política consiste en pedir perdón. Pervirtiendo una vez más el lenguaje, el perdón ha comenzado a utilizarse no como reconocimiento de una falta propia, sino como recurso exculpatorio. Se pide perdón por hechos que otros cometieron, con frecuencia hombres ya muertos e imposibilitados para explicar sus actos dentro de las circunstancias y categorías morales de su tiempo. Se juzga así el pasado desde la comodidad moral del presente, mientras quien formula la condena adquiere gratuitamente una superioridad ética.
EPL del 07-09-2026
En otras ocasiones, el mecanismo es más sutil. El político pide perdón no porque reconozca haber actuado mal, sino porque aquello que hizo, dijo o permitió «pudo molestar», «pudo no entenderse» o «pudo herir alguna sensibilidad». La responsabilidad se desplaza desde el comportamiento de quien gobierna hacia la reacción de quien lo padece. No se admite el error; se lamenta su efecto. No se reconoce la culpa; se deplora la incomodidad ajena. Y pronunciada la palabra mágica —perdón— parece quedar saldada cualquier exigencia posterior. Margarita Robles ante la invasión ceutí, 2026: «Quiero pedir disculpas a todos aquellos que hayan podido sentirse abandonados… o no suficientemente acompañados…». Señora Robles, ministra de Defensa, ¡Hemos sido invadidos!
Pero el perdón pertenece al ámbito moral, mientras la responsabilidad política pertenece al institucional. Una persona puede ser moralmente perdonada y continuar siendo políticamente responsable; también puede no haber cometido delito alguno y encontrarse obligada a abandonar un cargo por haber perdido la confianza necesaria para ejercerlo. Ahí comienza el significado profundo de la dimisión. La dimisión no es una confesión de culpabilidad ni un castigo. Es una institución no escrita de la democracia representativa, consecuencia de entender el poder como mandato temporal y no como propiedad de quien lo ejerce. Quien ocupa una responsabilidad pública administra una confianza que no le pertenece. Cuando una actuación grave, una negligencia, una falsedad, una gestión deficiente o el comportamiento de sus subordinados deterioran esa confianza, la renuncia constituye la expresión última de responsabilidad política.
Dimitir contiene, además, una dimensión filosófica: reconocer que existe algo superior al interés personal del gobernante, la dignidad de la institución que representa. Es aceptar que el cargo no pertenece al hombre, sino que el hombre sirve provisionalmente al cargo, y admitir que no todo aquello que permite la ley resulta políticamente legítimo. Permanecer hasta que una sentencia, una moción parlamentaria o una rebelión interna obliguen a marcharse degrada la responsabilidad democrática.
Nuestra práctica política ha invertido progresivamente este principio. La dimisión, palabra maldita para el político español, ha sido desterrada de la praxis y sustituida por la frase dulzona y simplona del perdón. Se comparece, se expresa pesar, se reconoce quizá algún «error de comunicación», se anuncia una investigación interna y se continúa donde se estaba. El perdón deja de constituir un acto de contrición para transformarse en una técnica de supervivencia.
El resultado es corrosivo para la democracia porque desaparece una de sus garantías fundamentales: la responsabilidad de quien gobierna ante los gobernados. Si toda negligencia termina convertida en «error», la responsabilidad se diluye entre subordinados, antecesores o circunstancias y únicamente una resolución judicial consigue apartar al responsable, la política pierde sus propios mecanismos de exigencia institucional. Para los delitos están los tribunales; para los errores graves de gobierno existe la responsabilidad política. Confundir ambas categorías conduce al absurdo de considerar que mientras un juez no condene a un gobernante, este conserva intacto su derecho a permanecer en el cargo. La exigencia democrática comienza mucho antes que el Código Penal.
Aparece entonces una peligrosa paradoja: somos extremadamente severos con los muertos y extraordinariamente indulgentes con los vivos. Se exigen disculpas por acontecimientos sucedidos hace siglos, juzgando sociedades enteras desde códigos morales que no conocieron, mientras se relativizan responsabilidades contemporáneas cuyos protagonistas continúan sentados en sus despachos. El pasado se convierte en territorio cómodo para la penitencia ajena y el presente, en refugio para la irresponsabilidad propia.
Debemos preguntar a los políticos si ¿han asumido las consecuencias? Cuando el perdón no comporta consecuencia alguna, se convierte en una fórmula retórica. Y si la responsabilidad desaparece de la vida pública, el poder termina respondiendo solamente ante sí mismo. Pedir perdón puede ennoblecer a quien reconoce sinceramente una falta. Utilizarlo para evitar responder por ella produce el efecto contrario. La democracia exige políticos responsables. Y hay ocasiones en las que la forma más limpia, digna y democrática de pedir perdón consiste, sencillamente, en marcharse.
Recordemos algunas de las frases más significativas para entender la dimensión de este artículo. Pedro Sánchez y la corrupción del caso Koldo ——: «Aquí, en un caso de corrupción que yo lamento y por eso pido perdón a la ciudadanía, actuamos desde el inicio. Ellos lo que hacen es tapar la corrupción». Pedro Sánchez, tras conocerse el informe de la UCO sobre Santos Cerdán: «Quiero pedir disculpas. El PSOE y yo no debimos confiar en él». Y añadió: «Pido una vez más perdón y disculpas. La contundencia será proporcional a la enorme decepción e indignación». Pedro Sánchez ante el Congreso: «Asumir la responsabilidad, señorías, es pedir perdón, es tomar medidas y —a mi juicio— es seguir haciendo avanzar a España». Y agregó: «Subo a esta tribuna con una honda sensación de decepción, en primer lugar, conmigo mismo y, sobre todo, con aquellos en quienes nunca debí confiar».
El precedente de Mariano Rajoy y Luis Bárcenas: «Me equivoqué, señorías. Lo lamento, pero fue así. Me equivoqué al mantener la confianza en alguien que ahora sabemos que no la merecía». Pedro Sánchez escribió, precisamente contra Rajoy: «Pide perdón por la corrupción sin asumir responsabilidades». Salvador Illa durante la pandemia: «Yo pido perdón cuando me he equivocado. Y creo que ahí no nos equivocamos». Pedro Sánchez después de los grandes incendios de 2025: «Hemos tenido una política de prevención de incendios claramente insuficiente».
¡ No hacen falta más comentarios!
- Íñigo Castellano y Barón es conde de Fuenclara