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en primera líneaJuan Van-Halen

Intolerancia zurda

Cuando entraron tres ministros de la CEDA en el Gobierno, la izquierda cumplió sus amenazas, y socialistas, comunistas, anarquistas y sindicalistas provocaron la llamada «revolución de Asturias» que produjo casi dos mil muertos y la destrucción de la catedral de Oviedo, la Universidad y edificios públicos

Hablamos de intolerancia en los aspectos más diversos. Un tema tan actual que quema y, sin embargo, acumula largo camino. Volvamos a la Historia que tanto enseña. La trayectoria de la izquierda en España, concretamente del socialismo, es una historia de intolerancia; lo que, adoptando el decir popular, llamo «intolerancia zurda». Me centraré en la República de 1931, aunque viene del tiempo de Pablo Iglesias, el fundador.

El Debate (asistido por IA)

La Constitución de la Segunda República, como la llegada del régimen, no fue sometida a consulta popular ni buscó el consenso como la vigente de 1978; era de unos contra otros, una mitad de España contra la otra mitad. Ya anunció Jiménez de Asúa, su apañador, al presentarla en las Cortes republicanas que era una Constitución de izquierdas, de modo que desestimaba la posibilidad de que con ella gobernase cómoda la derecha. No era una Constitución para el pueblo, sino para parte del pueblo. Desde su inicio se constató.

Un mes después de proclamada la República se produjo la quema de conventos, varias docenas en toda España, principalmente en Madrid, con la destrucción de obras de arte, bibliotecas, archivos y pérdida documental irreparable. Las fuerzas de orden público y los bomberos se cuidaron de que no se propagasen las llamas a edificios colindantes, pero, cumpliendo órdenes, no apagaron los incendios de los conventos en llamas.

Lo he recordado ya, la última vez no hace mucho. Es tema para salvar del olvido que buscan Sánchez y los suyos con su memoria histérica. En 1933 ganaron ampliamente las elecciones los partidos de centro-derecha, y las izquierdas amenazaron con violencias callejeras y huelgas si formaba gobierno la CEDA, coalición ganadora, y anunciaron que no consentirían que Gil Robles, líder de esa coalición, presidiese el Gobierno. El presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, encargó el Gobierno a Alejandro Lerroux, jefe del Partido Radical, centrista. Los ganadores no ocuparon ministerios. Me recuerda a aquel Sánchez triunfador tras las últimas elecciones generales, que perdió, ante seguidores fervorosos que gritaba «¡Somos más!». En nuestro caso, que no gobernase el ganador no tenía precedentes desde la llegada de la democracia.

En octubre, cuando entraron tres ministros de la CEDA en el Gobierno, la izquierda cumplió sus amenazas, y socialistas, comunistas, anarquistas y sindicalistas provocaron la llamada «revolución de Asturias» que produjo casi dos mil muertos y la destrucción de la catedral de Oviedo, la Universidad, bibliotecas y edificios públicos. Era el anticipo de lo que vendría después. Incidiendo en su intolerancia, la Segunda República expulsó de España al Cardenal Primado, Pedro Segura, y declaró extinguida la Compañía de Jesús. Además, una Ley suprimió los «bienes de las órdenes religiosas». Una persecución sistemática a la Iglesia que, unos años después, desembocaría en asesinatos y crueldades difícilmente imaginables para la juventud actual.

La Segunda República trató de cumplir aquel deseo de Azaña al asegurar en las Cortes, ya en 1931: «España ha dejado de ser católica». La persecución religiosa en la Guerra Civil fue espantosa con cerca de 7.000 asesinatos de sacerdotes, religiosas, religiosos, trece obispos y más de 2.000 civiles muertos por su fe. No pocos han sido beatificados por la Iglesia. La izquierda sigue aferrándose a «las trece rosas», otra realidad trágica, aunque se produjese tras un trámite procesal, pero que no debe eclipsar tantas otras barbaridades. Se ha contemplado la Historia con asimetría y manipulación. Muchos de los asesinos de entonces tienen dedicadas calles en sus municipios, son homenajeados, y se les considera víctimas en lugar de verdugos. La Historia al revés.

Es evidente la intolerancia de la izquierda. El fracaso de la Segunda República fue no entenderla como un régimen de todos sino sólo de la izquierda. No querían una República sino una República de izquierdas. La que ellos llamaron «República burguesa» nunca fue aceptada, aunque ganase las elecciones. Largo Caballero fue claro: «La salida de España no está en meter papeletas en las urnas, queremos que se implante nuestra democracia» y «El socialismo es incompatible con la democracia».

El radicalismo, la intolerancia, acabaron con la Segunda República. Los republicanos de 2026 no se limitan a desear un régimen republicano. Insólitamente toman como referencia aquella experiencia trágica y fallida. La tolerancia es la gran asignatura pendiente de la izquierda en España. Es intolerante, prepotente y cree que cuenta con una supuesta «superioridad moral» inexistente. Cuando no gobierna, lo considera un paréntesis anómalo. Sánchez ha seguido esa senda. Declaró: «Largo Caballero actuó como hoy queremos actuar nosotros». Y condena o pasa una goma de borrar sobre etapas históricas que no comparte, como el franquismo, cuarenta años, con luces y sombras como cualquier periodo histórico, o la modélica Transición «de la ley a la ley».

La intolerancia puede suponer una senda hacia la autocracia. Conocí a Karl Popper en su viaje a Madrid, 1991, para recoger el doctorado «honoris causa» por la Complutense. Opinó entonces: «Tenemos que reclamar, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar la intolerancia». Los mandamases zurdos siguen en lo suyo. Paseamos ante estatuas de golpistas reconocidos, como Largo Caballero o Prieto, o en calles dedicadas, por ejemplo, a Margarita Nelken. Mientras, se olvida a ilustres intelectuales y políticos asesinados por el Frente Popular. La derecha persiste en la desmemoria o la cobardía. Cae en casi todas las trampas; a menudo mira la Historia con un solo ojo. Rajoy no derogó la ley de memoria de Zapatero. Se asume un buenismo suicida. Y parece sorprendernos lo que vivimos.

  • Juan Van-Halen es escritor. Académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando