Hijos de Dios
Pero ¿por qué renunciar a una ventaja si el adversario no renuncia? ¿Por qué sacrificar beneficios presentes por generaciones que todavía no existen? ¿Qué obliga a frenar una tecnología que promete riqueza y supremacía? La conveniencia no basta: es precisamente ella la que nos empuja hacia el peligro
Nunca la humanidad tuvo tantos medios para mejorar su existencia ni tantas posibilidades de destruirla. La paradoja es brutal: hemos adquirido un poder capaz de comprometer nuestra supervivencia mientras Occidente erosiona los fundamentos morales necesarios para ejercerlo. La crisis más peligrosa no es nuclear, climática ni tecnológica. Es antropológica: ¿qué puede detener a una humanidad que apenas reconoce límites superiores a su voluntad?
Las catástrofes que fabricamos
Las amenazas se acumulan y pueden multiplicarse. Una comisión de The Lancet (octubre de 2026) identifica diecisiete grandes riesgos para la salud y la supervivencia humanas hasta finales de siglo. Entre ellos, la guerra nuclear, agravada por la carrera armamentística y una posible escalada involuntaria; la crisis climática, que amenaza el agua, los alimentos y la habitabilidad de regiones enteras; y el uso malicioso de la inteligencia artificial, junto con sistemas autónomos que podrían escapar a nuestro control.
No es una profecía apocalíptica. Son peligros reales, de distinta probabilidad, que nuestras decisiones pueden agravar o contener. Hemos creado los instrumentos de nuestra posible destrucción sin desarrollar con igual empeño los límites morales para impedirla.
Hans Jonas formuló en El principio de responsabilidad una exigencia moral para la civilización tecnológica: que nuestros actos fueran compatibles con la permanencia de una vida auténticamente humana sobre la Tierra. Francisco advirtió en Laudato si’ que el poder tecnológico crecía sin un desarrollo equivalente de responsabilidad y conciencia.
Pero ¿por qué renunciar a una ventaja si el adversario no renuncia? ¿Por qué sacrificar beneficios presentes por generaciones que todavía no existen? ¿Qué obliga a frenar una tecnología que promete riqueza y supremacía? La conveniencia no basta: es precisamente ella la que nos empuja hacia el peligro.
Vivir como hijos de Dios: una razón superior a todas nuestras razones
La cuestión decisiva no es cómo adquirir más poder, sino qué puede obligarnos a limitar el que ya poseemos, incluso contra nuestros intereses.
En abril de 2005, Joseph Ratzinger propuso en Subiaco a los no creyentes vivir veluti si Deus daretur: como si Dios existiese. Hoy debemos ir más lejos: actuar como si verdaderamente fuéramos hijos de Dios, llamados a una gloria inimaginable.
Significa reconocer que no somos soberanos absolutos de nuestra existencia ni de la ajena. Que existe una Razón objetiva, superior a nuestras razones particulares; una verdad sobre el bien y el mal que no hemos creado y que ninguna voluntad puede modificar. Nuestro poder no es la medida última de lo justo.
Hay cosas que jamás debemos hacer, aunque podamos, aunque nos beneficien y aunque todos los demás las hagan. La razón moral objetiva tiene autoridad precisamente cuando contradice nuestra conveniencia.
Cada potencia nuclear posee razones estratégicas para ampliar su arsenal: seguridad, disuasión, superioridad sobre sus rivales. Sus adversarios razonan igual. La suma de esas racionalidades puede conducir a la destrucción colectiva. Una razón superior al interés de los Estados establece el límite: ninguna ventaja estratégica justifica arriesgar la aniquilación humana.
La crisis climática reproduce la contradicción. Países, empresas y generaciones pueden prosperar trasladando a otros sus costes ambientales. ¿Por qué renunciar a esos beneficios por quienes todavía no han nacido? Porque su vida y su dignidad constituyen un bien objetivo, anterior y superior a nuestros cálculos. No necesitamos que nos resulten útiles para estar obligados a respetarlos.
La inteligencia artificial lleva esta lógica al extremo. La competencia económica y militar exige acelerar: detenerse significa perder posiciones. Pero si un desarrollo amenaza gravemente la seguridad, la dignidad o la supervivencia humanas, debemos limitarlo aunque otros continúen. La capacidad de hacer algo no confiere autoridad moral para hacerlo.
Los tres casos revelan la misma tragedia: razones instrumentales comprensibles que, sin una autoridad moral superior, pueden destruir el bien que pretendían servir.
Ahí reside la fuerza de actuar como hijos de Dios. No consiste en invocar un sentimiento de fraternidad universal, sino en reconocer un orden moral objetivo al que todos estamos sometidos, del individuo más humilde al Estado más poderoso. Una ley que ninguna voluntad puede derogar, ninguna mayoría abolir y ninguna ventaja, por extraordinaria que sea, justificar que se transgreda.
La razón humana puede reconocer sus exigencias mediante la ley moral natural. La fe cristiana revela su fundamento trascendente: cada persona es criatura de Dios, llamada a participar de su vida. Su dignidad no procede del Estado ni de su autonomía: nos precede, nos trasciende y nos obliga.
La fraternidad no es el fundamento, sino la consecuencia: nadie puede ser reducido a instrumento de otro.
Hemos alcanzado poderes que otras épocas habrían atribuido a los dioses y pretendemos ejercerlos sin reconocer nada por encima de nosotros.
Nuestra salvación exige invertir esa contradicción: dejar de comportarnos como dioses soberanos y empezar a obrar como hijos de Dios. No es indispensable creer para aceptar esta exigencia moral. Pero sí actuar en consecuencia, porque el destino de la humanidad dependerá de que lo logremos.