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En primera líneaEmilio Contreras

Trump ha recogido lo que sembró

El encarecimiento del coste de la vida, provocado por la guerra de Irán, ha sido la puntilla a la popularidad de Trump, que había prometido lo contrario: hacer América grande de nuevo. Los americanos han perdido capacidad de compra, y Trump ha perdido la guerra y las elecciones

El resultado de las elecciones del día 3 en Estados Unidos es la crónica de una derrota anunciada. Los comicios del midterm son el termómetro que mide el apoyo a la política del presidente en la mitad de su mandato. Y en muchas ocasiones suponen una llamada de atención de los ciudadanos, que habitualmente retiran a su partido la mayoría en una de las dos Cámaras.

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Pero el voto del martes ha sido mucho más contundente. Porque en 22 de los 35 estados que elegían un senador, Trump ganó hace dos años por una amplísima mayoría, y ahora los demócratas lo han conseguido por diez senadores. Y en la Cámara de Representantes, donde los republicanos tenían mayoría absoluta, el martes quedaron a 92 escaños de los demócratas. En estados con larga tradición republicana, como Iowa o Kansas, los demócratas ganaron el día 3; también en Tejas donde hacía casi 40 años que no lo conseguían.

La paralización del Estado federal está servida. Trump ha anunciado que frenará todos los acuerdos de las dos Cámaras con mayoría demócrata –«me llamarán míster veto», dijo la víspera de las elecciones–. Y estas, a su vez, podrán negar su apoyo a las leyes que el presidente necesita para gobernar. Solo le quedará el recurso de las «órdenes ejecutivas», algo parecido a nuestros decretos, una herramienta legal insuficiente para gobernar la primera potencia mundial.

El hundimiento de su popularidad en los últimos meses, que llegó a un histórico 31% hace dos semanas, ya barruntaba la derrota electoral. ¿Cuáles son las causas de este rechazo mayoritario? Una ha sido la percepción que muchos americanos tienen de que sus decisiones son fruto más de la visceralidad errática, en ocasiones patológica, que del análisis racional y del consejo de los expertos.

En los últimos tiempos han visto cómo Trump amenazaba primero a Canadá y después a Venezuela con convertirlos en el Estado número 51 de la Unión; y con anexionarse Groenlandia. Los gobernantes de estos países han capeado sus embestidas hasta ahora con éxito. En sus delirios de grandeza ha rebautizando mares, lagos o instituciones como el Kennedy Center, siempre a la mayor gloria de su ego.

Su política radical contra la inmigración ilegal –con muertos en plena calle– dañó tanto su imagen y su crédito que tuvo que destituir al jefe del Servicio de Inmigración, ICE, y ordenar la paralización de la actividad de sus agentes en Minnesota.

Pero la razón última de su derrota electoral está en la guerra contra Irán que desencadenó en febrero en coalición con Israel. Tanto él como Netanyahu creyeron que en pocos días descabezarían al régimen de los ayatolás y se harían con el control del país y de su petróleo, como ocurrió en Venezuela. Pero confundieron la realidad con sus deseos. Porque a pesar de los golpes que descargaron sobre la cúpula del gobierno, de eliminar al líder supremo, de dejar inválido a su hijo y de dañar algunas instalaciones militares estratégicas, el régimen ha resistido. Es más, Irán ha sido capaz de responder bombardeando Emiratos, Jordania, Qatar, Baréin, Kuwait, Israel o Arabia y de bloquear la navegación por el estrecho de Ormuz. Eso no lo hace un país derrotado.

Comenzar esta guerra fue consecuencia de un ejercicio solitario del poder. Tomó las decisiones escuchando sólo a quienes le adulan y despreciando a los militares que podían asesorarle con independencia. Uno de sus mayores gestos de arrogancia ha sido la destitución en los últimos meses por el secretario de Defensa, Pete Hegseth, de una veintena de altos mandos del Pentágono que se oponían a los planes de Trump.

Derrotar a una nación con más de 2.500 años de historia, 93 millones de habitantes y 1,6 millones de kilómetros cuadrados, requiere una ocupación militar en toda regla con la perspectiva de cientos de miles de bajas. Habría sido la repetición de lo que ocurrió en Vietnam. Y Trump ha tenido que pisar el freno porque se le habría echado encima todo el país. Ningún joven americano quiere morir por Irán.

El presidente empezó una guerra que no podía ganar, con consecuencias económicas durísimas para los ciudadanos americanos y para el resto del mundo. El cierre del estrecho de Ormuz, por el que pasa el 20% del petróleo mundial, ha disparado el precio del barril, que hace un año estaba en 58,75 dólares y el lunes cerró a 104,97. La consecuencia inmediata ha sido el aumento del coste de la vida; la gasolina ha llegado a subir en algunos momentos hasta el 45% para el ciudadano americano. En un movimiento a la desesperada para tratar de bajar el precio del petróleo, ha tenido que recurrir a la ayuda de Putin al permitirle la venta de tres millones de toneladas de diésel ruso hasta diciembre. Ese embate al bolsillo del ciudadano americano ha sido la puntilla a la popularidad de Trump, que había prometido exactamente lo contrario: hacer América grande de nuevo. Los americanos han perdido capacidad de compra, y Trump ha perdido la guerra y las elecciones.

La experiencia enseña que en tiempos de crisis los dirigentes populistas saben recoger el malestar de los ciudadanos. Recogen decepciones pero no ofrecen soluciones. Y eso es lo que le ha ocurrido a Trump.

  • Emilio Contreras es periodista