25 de septiembre de 2022

TribunaManuel Galán

Los españoles somos muy malos ingleses

Dejemos de ver como ideal su forma de ver el mundo. Trabajemos para defender nuestra visión de la humanidad

El sentimiento de inutilidad, el odio a uno mismo y la culpa son parte de los síntomas más claros de un estado de depresión. Cuando estás deprimido y tu autoestima está por los suelos, eres incapaz de ver tus cualidades positivas. Cualquier cualidad propia nos parecerá negativa y no podemos evitar envidiar las cualidades de los demás. La depresión nos hace pensar que el futuro es negro y que no merece la pena luchar por mejorarlo.
Estoy bastante seguro de que si le preguntamos a cualquier español cómo son los japoneses, la mayoría coincidiría en destacar que tienen cualidades como ser discretos, trabajadores, concienzudos, leales y alguna más según la experiencia de cada uno. Si hacemos la misma pregunta sobre los ingleses, o los anglosajones en general, obtendremos también respuestas concretas. Son educados, ambiciosos, astutos, buenos vendedores, serios, etc.
Por alguna razón, seguramente por acontecimientos históricos, los españoles aprendimos que ser como éramos nos había hecho fracasar. Como sociedad, al igual que pasa con cualquier ser vivo, las malas experiencias nos hicieron ver nuestras cualidades como causas de nuestros sufrimientos y las de los vencedores como claves para su éxito. Aprendimos que ser ambicioso, astuto, presuntuoso o taimado son cualidades envidiables, mientras que ser altruista, solidario o generoso son casi defectos de los que debemos avergonzarnos.
Los españoles llevamos más de dos siglos, al menos desde nuestra derrota en Trafalgar en 1805, intentando, subconscientemente, imitar las cualidades de los ingleses. Nos deslumbra su capacidad de aparentar lo que no son, su inmenso cinismo, que les permite, sin ruborizarse, matar a un centenar de negros por la mañana y escribir un artículo contra el racismo por la tarde. Mientras admiramos esas «cualidades» de los anglosajones, nos avergonzamos de nuestra necesidad de ser sinceros y auténticos, nuestra irrefrenable inclinación a poner la verdad y la justicia por delante de nuestros propios intereses. Aunque no podemos parar nuestros impulsos por ser solidarios y generosos, en el fondo, los consideramos debilidades terribles que nos privan de la fortuna que se logra con las «virtudes» anglosajonas.
Intentar ser mejor inglés que un inglés es absurdo. Luchar por conseguir que nos motive la visión egoísta y egocéntrica de los anglosajones nos ha sumido, como sociedad, en un profundo estado depresivo terriblemente autodestructivo del que sólo podemos salir eliminando la causa profunda del problema. Dejemos de intentar examinarnos cada día de anglosajones. Dejemos de ver como ideal su forma de ver el mundo. Trabajemos para defender nuestra visión de la humanidad.
En el siglo XXI, cuando la revolución digital está banalizando el valor de los activos materiales, cuando la automatización y la inteligencia artificial está poniendo en cuestión el valor de las personas como elementos productivos, cuando los valores en alza son la humanidad y la inteligencia emocional, los españoles tenemos la oportunidad de aportar al mundo nuestra visión de la importancia de la bondad, la verdad y la justicia para avanzar en un progreso de occidente distinto al que los anglosajones han liderado en los últimos siglos y que está dando claras muestras de agotamiento.
Este gran cambio económico y social es la oportunidad que deben entender nuestros jóvenes para liderar una gran evolución (o revolución) en los valores de occidente.
Mi cabeza de ingeniero y los muchos años de consultor hacen inevitable que tenga que terminar con unas recomendaciones para avanzar en este objetivo:
• Debemos concentrarnos en conocer nuestros puntos fuertes, difundirlos entre los jóvenes, entender los beneficios que aportan a la humanidad para sentirnos orgullosos de ellos y disfrutar de ser como somos.
• Asumir y disfrutar nuestros valores no significa caer en la autocomplacencia. Tenemos que aprender de las virtudes de los otros, eso sí, aplicándoles la misma capacidad crítica que aplicamos a las nuestras.
• No dudar en influir en la evolución social y cultural de la sociedad difundiendo y promoviendo los principios en los que realmente creemos. Aceptando con humildad que nuestros principios no son los únicos positivos pero que sí equilibran otras visiones del mundo de los anglosajones o de los orientales.
Desde 1805 que empezó nuestro síndrome depresivo, como pueblo, hemos hecho méritos de sobra para sacudirnos el pesimismo machadiano. Ahora debemos analizar con objetividad crítica nuestro pasado, cargar nuestra mochila de los magníficos valores que tanto beneficiaron a la humanidad y ponernos, sin complejos, a la tarea de volver a crear felicidad para nosotros y para todos los humanos a los que podamos aportar los valores en los que somos maestros: sinceridad, generosidad, altruismo, solidaridad y, no menos importante, capacidad para disfrutar de la vida con ánimo y alegría.
Manuel Galán es ingeniero
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