«Vivimos peor que nuestros padres»
Otro día hablaremos de si es más fácil tener un piso en 2026 (con un país que gana 500.000 habitantes al año mientras no se pone un puñetero ladrillo) o en la España de mis padres
El Debate publicaba este martes una gráfica sobre lo que se conoce como el «esfuerzo de compra de vivienda», una estadística que mide cuántos años de sueldo íntegro necesita un español para comprarse una casa. Según la gráfica, en el año 1987 un ciudadano cualquiera necesitaba tres años de salario para hacerse con un piso. Hoy, casi cuarenta años después, un español necesita siete años y medio, es decir, un 150 % más.
Está muy de moda el debate sobre si aquellos que tenemos entre 20 y 40 años vivimos o viviremos mejor que nuestros padres. Yo no tengo una opinión muy formada al respecto, pues da por hecho que todos nuestros padres tuvieron una vida más o menos parecida. Habrá de todo. Unos son hijos de profesionales liberales, de los primeros ingenieros, directivos y grandes empresarios. Otros serán hijos de gente del campo, trabajadores manuales, personas que a lo mejor no pudieron formarse o no quisieron.
Partiendo de esa base –de que cada uno cuenta la feria según le va en ella–, yo no me cambiaría por ellos. No reniego de mis padres, de quienes presumo en cuanto tengo ocasión, pero yo he podido estudiar a precios razonables, he disfrutado de la expansión ingente del conocimiento que trajo internet. He viajado, antes que ellos, tanto por ocio como por trabajo, a lugares que solo intuían por Callejeros viajeros. He accedido a infinidad de cultura –música, prensa y libros– por poquísimo dinero. Por no hablar de la tecnología y de lo bueno que nos ha traído: estirar nuestro mundo más allá de la manzana y el barrio.
Tengo por costumbre observar a mis mayores, porque es la forma más barata de mirar al futuro. Y sobre todo a los que son incluso mayores que mis padres. Veo a José Luis Garci, que no tiene otro teléfono que el fijo de casa. Veo a Andrés Amorós, que sigue trabajando con 85 años con una vocación que envidio. Y concluyo que, para llegar a mayor en buena forma (si Dios quiere), importa más tener un propósito que hacer sentadillas o «trabajo de fuerza».
Eso es lo que envidio de mis mayores: el propósito. Y también otra cosa: la indiferencia. Recuerdo cómo eran mis padres cuando tenían más o menos mi edad. Nunca les vi preguntar qué hay de lo mío. Ni tirar 60 minutos al día mirando Instagram. Su red social se reducía al colegio, el trabajo y el parque. No intentaban epatar con desconocidos delante de una pantalla, ni poner morritos para una foto. Su propósito era el presente: dos niños, una casa y guardar para mañana o para una semana en el mar.
Otro día hablaremos de si es más fácil construir todo eso en 2026 –con un país que gana 500.000 habitantes al año mientras no se pone un puñetero ladrillo– o en la España de mis padres, con el IVA al 16 %, sin pagar 22 ministerios ni puntos violeta. Sea como sea, de momento lo que admiro es eso: que ellos sí sabían vivir el presente.