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Post-itJorge Sanz Casillas

El plan de Sánchez era justo este

Si a España le va a costar quitarse a uno de los personajes más nocivos de su historia reciente, que se prepare el PSOE

Hay una anécdota conocida que define perfectamente la personalidad de Pedro Sánchez. Una anécdota de sus primeros días como presidente, además, lo que confirma que no es que el poder le afectase a la conducta, sino que ya venía taimado de casa. Fue tras la dimisión de Máximo Huerta, aquel ministro de Cultura que se fue a los siete días tras saberse que eludió el pago de impuestos.

Lo contó el propio exministro: «Entré a hablar con él, a decirle ‘me voy, no pasa nada’. Lo que me resultó paradójico es que empezó a hablar de él, de cómo le vería la historia en el futuro (...). Empezó a hablar de que todos acaban mal en política. ‘Mira cómo acabó Zapatero, mira cómo acabó Aznar, mira cómo acabó González… De mí, qué dirán’. Me daban ganas de decir ‘padre, que estoy hablando yo’».

Si entonces ya le preocupaba el día después de dejar la Moncloa, imagina cómo estará hoy que ninguna encuesta privada le da opciones –ni siquiera remotas– de revalidar mandato. Por eso hace tiempo que se aplica en una estrategia dudosa, un tanto suicida, pero que quizá le permita alcanzar una mínima permanencia en esta charca de la política patria (empezando por el PSOE). Todo esto, claro está, siempre que no encuentre fuera alguna mamandurria como la que disfruta Zapatero, que de informe en informe se ha hecho millonario, como Negreira.

El plan pasa por algo parecido a lo que arroja la encuesta de Target Point para El Debate que publicamos este domingo. Según este sondeo, el Partido Popular ganaría las elecciones con algunos escaños menos de los que consiguió en 2023, mientras el PSOE frena su caída concentrando todo el voto de izquierdas, esgrimiendo el «no a la guerra» y todas esas banderas que son más viejas que el hilo negro.

Seguramente no le alcance, pero la idea es esa: presentarse como el único líder de la izquierda y disputarle al PP ser primera fuerza, cosa que le legitimaría dentro de su propio partido, que ya le dejó gobernar siendo segundo. El problema de verdad, visto en perspectiva, lo tiene el PSOE. Si a España le va a costar quitarse a uno de los personajes más nocivos de su historia, no quiero imaginar lo que le puede costar a los «compañeros y compañeras» del puño y la rosa, que carecen de disidencia interna. No descarten que Sánchez diga que no se va, que «siempre hay una primera vez para todo» y que tiene «amplia experiencia» en explorar lo inexplorado, como cuando se lanzó a gobernar con todos aquellos a los que despreciaba y contra todo aquello que prometió. Con medio Consejo de Ministros despeñándose en las elecciones autonómicas –y con Óscar Puente llevando 46 muertos en la frente–, a ver quién le mueve...

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