Sánchez y la teoría de las ventanas rotas
Casi todo está peor: los trenes, las carreteras, las listas de espera sanitaria. A cambio tenemos lenguaje inclusivo, cambio de sexo registral y huelga de juguetes por Navidad
En el año 1969, un psicólogo de la Universidad de Stanford de nombre Philip Zimbardo realizó el siguiente experimento: abandonó un coche en el Bronx de Nueva York con las matrículas arrancadas y las puertas abiertas. En cuestión de minutos, algunos individuos comenzaron a robar partes del vehículo hasta desvalijarlo. Al tercer día de iniciar el experimento, no quedaba nada de valor en el coche.
Zimbardo abandonó otro vehículo en estado similar en un barrio pudiente de Palo Alto (California) y, durante una semana, nadie lo tocó e incluso se registraron denuncias por desaparición. En ese momento, nuestro psicólogo rompió una de sus ventanas y otras partes visibles del auto. En cuestión de días (algunos dicen que horas), el coche estaba exactamente igual que el del Bronx.
Al hilo de este experimento, en el año 1982, dos criminólogos (James Q. Wilson y George Kelling) popularizaron lo que hoy se conoce como la «teoría de las ventanas rotas», según la cual, cuando un grupo humano observa deterioro moral o material a su alrededor, termina contagiándose por el ambiente. Otros autores añaden a esto otra moraleja: y es que, si un problema no se soluciona pronto –cuando aún es asumible–, este se convierte en ingobernable y termina por contaminar todo cuanto tiene al lado.
Sirva esta introducción para lamentar la última anomalía que hemos tenido que escuchar de boca de nuestro presidente. Pedro Sánchez, al que algunos de sus ministros equiparan con un superhéroe, fue preguntado en Bruselas sobre cuándo tenía previsto presentar Presupuestos Generales del Estado, toda vez que llevamos tres años con los mismos y no están validados por las Cortes actuales, sino por las que salieron de las elecciones de 2019. Visiblemente molesto, como si le hubieran dicho algo inapropiado, Sánchez respondió que «ahora el Gobierno de España está en esto: en lo importante y en lo urgente», que por lo visto es la guerra de Irán y no esa Constitución mediocre a la que intentamos ceñirnos los plebeyos.
Esta ilegalidad y este insulto a la inteligencia confirman que España padece aquello que Zimbardo comprobó con su experimento. Sánchez rompió las ventanas de nuestro andamiaje moral y todo está contaminado de podredumbre, incluso aquello que no admite interpretaciones creativas, como el artículo 134.3 de la Constitución («El Gobierno deberá presentar ante el Congreso de los Diputados los Presupuestos Generales del Estado al menos tres meses antes de la expiración de los del año anterior»). De esta aluminosis moral se ha contagiado buena parte de la sociedad española, incluso aquella que no disfruta con lo que ve. Muchos han desarrollado ya, como los vecinos de Palo Alto, tolerancia a la degradación.
Y esto es, con diferencia, lo que peor llevo: la abulia de la gente común, que ya le da igual que el AVE llegue dos horas tarde si al menos llega «con bien», como decían nuestros abuelos. Hagamos un recuento nada exhaustivo: en este tiempo nos han subido el IRPF, nos han crujido con la inflación, se han inventado una tasa de basuras nueva, estamos en récord de recaudación vía impuestos y, sin embargo, casi todo está peor: los trenes, las carreteras, las listas de espera sanitaria. A cambio, tenemos lenguaje inclusivo, cambio de sexo registral y huelga de juguetes por Navidad. Sánchez ha roto el cristal del coche. Robémosle la radio.