La importancia de las personas
El buen líder es el que sabe rodearse de buenos colaboradores. Los recursos humanos deberían depender siempre del máximo responsable de la organización. En tener un buen alcalde o uno malo reside la diferencia entre una ciudad que va en la buena dirección y otra que no
Vivimos tiempos de confusión y decadencia de la democracia. Una pena verse obligado a escribir sobre esta situación. Solo hay que fijarse en quién nos gobierna: un señor que no ganó las elecciones y que, como consecuencia de la falta de apoyo parlamentario, va a cumplir con la muy antidemocrática marca de haber gobernado toda una legislatura sin Presupuestos. Una anomalía por la que no pasaría ningún político al que acompañase un mínimo de dignidad. El corolario final de esta decadencia es que no es el partido: son las personas. El sistema es bueno, los malos son los personajes que abusan del sistema y de la buena voluntad de la mayoría.
En el otro lado, en el bueno de la historia presente, hay algunos casos que merecen la pena ser señalados. Se trata de políticos ejemplares que han trabajado para el bien común. Por ejemplo, los alcaldes de Málaga y Estepona, Paco de la Torre y José María García Urbano. Ambos han protagonizado la transformación más luminosa de la España actual. Sus ciudades se han convertido en imanes de todo tipo de personas, pero muy especialmente de aquellas que valoran la calidad de vida, la seguridad y la modernidad urbana. En pocos cargos políticos como en el de alcalde es más relevante la arquitectura emocional y la personalidad. Es el líder que más y mejor conocen sus votantes. Como diría Mariano Rajoy: «Es el vecino el que elige al alcalde y no el alcalde el que escoge a los vecinos».
Otro buen ejemplo es el de Paco Vázquez, quien fue alcalde de La Coruña durante 23 años. Bajo sus mayorías absolutas la ciudad protagonizó una transformación de la que vive todavía hoy la urbe herculina. Era un hombre con ambición y tenía en su cabeza un modelo de ciudad. Si fuese hoy alcalde, La Coruña no renunciaría a ser sede del Mundial. Ahí está la diferencia.
Lo que de verdad distingue la vida política de una ciudad, de una autonomía o de un país son las personas. Si en lugar de Sánchez estuviese otro dirigente que tuviera principios y valores, probablemente no estaríamos en el atolladero político que tanto nos preocupa. Seguramente, la vida de los españoles sería notablemente mejor. No tendríamos que padecer a un seudoministro bocazas que desatiende el mantenimiento de las vías y por su culpa pierden la vida decenas de ciudadanos.
Las instituciones están por encima de los hombres. Las instituciones permanecen y sus ocupantes pasan. Ahora bien, a las instituciones las hacen las personalidades que en ellas se desenvuelven. Vean el ejemplo del Tribunal Constitucional, un organismo hoy totalmente desprestigiado porque la ciudadanía ha comprobado cómo no ha atendido al interés general, sino al interés del partido gobernante. Y trata de convencernos de que la corrupción de los ERE nunca existió.
El buen líder es el que sabe rodearse de buenos colaboradores. Los recursos humanos deberían depender siempre del máximo responsable de la organización. En tener un buen alcalde o uno malo reside la diferencia entre una ciudad que va en la buena dirección y otra que no. Miren hacia Málaga o Estepona. Allí hay dos buenas realidades que son consecuencia de dos políticos excepcionales. Para encontrar otros parecidos hay que moverse como Diógenes, quien con un candil buscaba al hombre honesto. Difícil.