La propiedad privada y los niños
Nuestro baby boom (1958-1976) bien podría también correlacionarse, en cierta manera, con los 6,8 millones de viviendas públicas en propiedad que se empezaron a construir a partir precisamente de 1959
¿Ha intentado usted alguna vez arrebatarle un chupete a un bebé o un juguete a un niño? Ya conoce las consecuencias. ¿Cambia algo si, después de quitárselos, le explica que lo hace para ralentizar el cambio climático o explicándole que el Estado social ya le proveerá de otros en pocos meses rellenando unas instancias? Probablemente, ya le digo, que no. Esto es una simple demostración de que la propiedad privada es un derecho natural, innato al ser humano, incluso cuando este era nómada y quería proteger los buenos territorios de caza o los enterramientos de sus ancestros. También se ve en el comportamiento de los animales.
Arrebatarnos la propiedad privada de nuestros bienes es, por lo tanto, antinatural. Querer sustituirla por la simple posibilidad de «acceder» (a películas, a un vehículo, a una vivienda) resulta contraproducente porque otros (el propietario de la película, del vehículo o de la casa) la concentran y pasan a decidir por ti las condiciones de acceso, el precio, frecuencia o tu admisión o expulsión. Habernos quitado la propiedad de nuestras viviendas mediante la Ley 12/2023, de vivienda, es un gravísimo error que hay que revertir.
Atendiendo al Derecho civil, la propiedad privada es sencilla en su configuración, beneficiosa para su titular y para la colectividad (usando tu dinero generas riqueza a terceros, alquilando tu vivienda das cobijo a otro, iguala la riqueza de las familias como acaba de demostrar Waldenström en 2024 y otorga libertad de acción política, económica y social), al tiempo que conlleva una importante responsabilidad legal, como es la de cuidar y preservar la cosa (por la cuenta que te trae), todo ello sin necesidad de dinero público alguno (o sea, de los impuestos de todos).
La propiedad privada es estructural no solo en nuestro ADN (las primeras pertenencias en una tumba que se han hallado datan del Paleolítico Superior, entre los 40.000 y los 12.000 años antes del presente), sino también en su configuración. Es estable en el tiempo y se puede (o se debería poder) defender legalmente frente a intrusiones ilegítimas. Es tan estructural, que la literatura académica está evidenciando que una mayor tasa de vivienda en propiedad propicia un mayor número de nacimiento de niños. En concreto, el reciente trabajo de Dettling y Kearney (2025) acaba de demostrar que las hipotecas que requieren una baja aportación inicial, que se conceden a largo plazo y a tipo de interés fijo, generalizando la propiedad privada de las viviendas, provocaron 3 millones de nacimientos más en Estados Unidos entre los años 1935 y 1957, el 10% de los niños del baby boom. Nuestro baby boom (1958-1976) bien podría también correlacionarse, en cierta manera, con los 6,8 millones de viviendas públicas en propiedad que se empezaron a construir a partir precisamente de 1959. La propia profesora Kerney (2023) ya se había centrado antes en otra institución estructural, el matrimonio, cuyo declive en los últimos años ha tenido consecuencias negativas especialmente para los niños de las familias más vulnerables.
Hoy, la crisis de la vivienda es la mayor preocupación de los españoles (CIS, diciembre 2024). El ataque permanente a la vivienda en propiedad desde 2015 (sanciones, recargos tributarios, expropiaciones, controles de renta, okupas; propaganda a favor del alquiler, los colivings y el «no tendrás nada y serás feliz») se combina con la progresiva dificultad de las familias de acceso al crédito mediante leyes en 2013 y 2019. Al tiempo, se han sustituido las relaciones afectivas estables o estructurales por las fluidas: una media de 100.000 divorcios/año desde 2005 e incontables separaciones de parejas de hecho; en 2023 se celebraron menos de la mitad de matrimonios por cada 1.000 habitantes que en 1975; todo ello compensado con 4 millones de usuarios de aplicaciones de citas en 2023, la mayoría funcionarios. Y, en fin, en 2023 nacieron solamente 320.656 niños en España, cuando en 1976 lo hicieron 677.456, con una población de 36 millones de personas frente a los 47 millones hoy.
Derogar y menospreciar instituciones estructurales que han funcionado socialmente durante milenios no sale gratis y lo estamos pagando ya por generaciones.
Sergio Nasarre Aznar es catedrático de Derecho civil, fundador de la Cátedra Unesco de Vivienda. Univ. Rovira i Virgili