El Papa que la Iglesia y el mundo necesitan
Los seres humanos esperan que la redención venga de sí mismos, cada uno se convierte en un buscador espiritual, seguidor de sus instintos espirituales para encontrar su propio camino, para encontrase a sí mismo; pero, al mismo tiempo, el corazón humano se muestra irreductible
En un discurso a la V Conferencia Nacional de la Iglesia italiana pronunciado en 2015, el Papa Francisco describió el momento actual como un «cambio de época». Así lo recordaba también a la Curia Romana en 2023: «ya no vivimos en un mundo cristiano, porque la fe no es un presupuesto evidente de la vida social; de hecho, la fe a menudo es rechazada, marginada y ridiculizada». Es una época de dominante «eclipse del sentido de Dios». Lo advirtió Benedicto XVI: «No existe ya, como en el pasado, una matriz cultural unitaria, ampliamente aceptada en su apelación al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella». Esta nueva situación enfrenta a la Iglesia a encontrar los medios adecuados para proponer de nuevo la verdad perenne del Evangelio de Cristo.
Sin embargo, el mundo de la inteligencia artificial y de la experimentación, de la economía planificada y del cálculo, no hará desaparecer jamás el deseo humano de verdad y de sentido, de infinito y de plenitud, que alberga el corazón humano. Ni siquiera Simone de Beauvoir, que rechazaba la posibilidad de la fe cristiana por irracional, podía reprimir, en cuanto bajaron sus defensas, ese anhelo de infinito que constituye la naturaleza humana. Así lo escribe en su diario la filósofa francesa: «Si una noche bebía un vaso de más, fácilmente lloraba a mares. Mi antiguo anhelo de absoluto despertó; descubrí de nuevo la vanidad del afán humano y la amenazante cercanía de la muerte». Ni el entorno cultural hostil a la fe y a la trascendencia, ni las teorías contra la naturaleza religiosa de los seres humanos o su visión contraria a la moral tradicional, pudieron reprimir su anhelo de infinito.
La situación actual, en una época en la que Charles Taylor denomina como la «era secular», podríamos describirla de la siguiente manera. Los seres humanos esperan que la redención venga de sí mismos, cada uno se convierte en un buscador espiritual, seguidor de sus instintos espirituales para encontrar su propio camino, para encontrase a sí mismo; pero, al mismo tiempo, el corazón humano se muestra irreductible, y el anhelo de eternidad resurge en toda su evidencia, aunque pretendamos reprimirlo, debido a una inquietud radical o la profunda insatisfacción de una vida encapsulada en el orden inmanente, volcada en un mundo carente de una finalidad o propósito superior.
En esta época completamente nueva, marcada por el desencanto y la apertura a diferentes búsquedas espirituales, donde las condiciones de la creencia y el contexto en el que experimentamos y buscamos la plenitud se ha visto modificado, y donde la fe cristiana se ha convertido en una opción espiritual más entre otras, la Iglesia precisa una nueva ubicación que, lejos de negar o reprender ese viaje espiritual emprendido por sus contemporáneos, sea capaz de dirigir y rescatar contemplándolo como una oportunidad única de conversión y renovación. La Iglesia no deberá temer el espacio de libertad que ha abierto el fin de las formas más dominantes del cristianismo cultural, porque sin libertad no puede haber verdadera humanidad.
Exhortaba Ratzinger a que las circunstancias obligarán a la Iglesia a desprenderse de su «estrechez sectaria» y su «egocentrismo pomposo», a convertirse en una Iglesia de pobres y mansos. La crisis, el cambio de época, conlleva un tiempo de prueba, donde «nos volveremos pequeños y tendremos que empezar de nuevo, más o menos desde el principio». Pero el resultado, pronosticaba el teólogo alemán, será una Iglesia que se vuelve «fecunda gracias a una nueva fuerza interior». Estamos llamados a ser la Iglesia de la fe, no la del poder político, donde las personas encuentran su hogar, su vida y una esperanza más allá de la muerte. Su convencimiento era claro: «una gran fuerza surgirá de una Iglesia más espiritualizada y simplificada». Y entonces, si la Iglesia se deja purificar y vuelve a las raíces que la crearon, algo hermoso sucederá.
¿Qué debe hacer la Iglesia para responder a los desafíos que la era secular plantea a la vida de la fe? ¿Qué antídoto podríamos ofrecer los cristianos en una «época de la crueldad», como diagnostica en Dilexit Nos el Papa Francisco? Propongo, en primer lugar, enamorarse de Cristo, ejercitarse en el amor a Jesucristo. En El idiota, de Dostoievski, el príncipe Myshkin dirá que «la belleza salvará al mundo». Myshkin afirma algo así porque está enamorado, porque ha sido capaz de captar el vínculo vital entre Dios y el mundo. La belleza de la que habla Dostoievski es una experiencia arraigada en el corazón del pueblo que, a pesar de su ignorancia, lo único que anhela es encontrase cerca de Dios, escuchar su Palabra. La belleza es el mundo en el que el pueblo experimenta el amor de Dios, la alegría del Evangelio que llena el corazón y la vida de quienes se encuentran con Jesús. Solo gracias a este encuentro nos liberamos de nuestra estrechez y egocentrismo, nos convertimos en personas plenas. En la era secular, necesitamos el encuentro transformador con el Señor, capaz de corregir y sanar nuestros corazones.
Enamorada de Dios, la Iglesia vivirá, en segundo lugar, para dar testimonio de ese amor entregado en la profunda atención a todos y a todo cada día para afrontar con garantías esa crisis de deleite que padece nuestra época. La tarea fundamental del cristiano, después de haber reconocido al Señor, será dar testimonio de la nueva vida que brota del encuentro con Cristo, convertirse en discípulo misionero. Y para experimentar esta realidad se necesita el encuentro transformador con la realidad en la que Cristo habita, su Cuerpo, la Iglesia. Una Iglesia siempre en camino de conversión que incorpore a todos al gran misterio de la misericordia de Dios, acogiendo y guiando el deseo de Dios inscrito en el corazón del hombre, encarnando el estilo de Dios, que siempre es de cercanía, de compasión y ternura. Esta es la Iglesia que el mundo y la propia Iglesia necesitan, y que deberá encarnar el nuevo pontífice.
Roberto Esteban Duque es sacerdote