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TribunaÁlvaro Argüelles Armada

Preservar el legado en la empresa familiar: aprendizajes de la nobleza

La experiencia histórica de la nobleza demuestra que la continuidad no es fruto del privilegio, sino de una voluntad consciente de perdurar, valiéndose para ello de estructuras, valores y reglas claras

Los títulos nobiliarios pueden ser vistos como un anacronismo en vías de extinción, que estamos más acostumbrados a encontrar en las páginas de la prensa amarilla que en las de color salmón. Pero lo cierto es que hay pocas instituciones humanas como la nobleza titulada que hayan trabajado durante siglos para resolver muchos de los problemas a los que hoy se enfrentan las empresas familiares.

El condado de Niebla, concedido por Enrique II de Castilla en 1368, es considerado el título nobiliario hereditario más antiguo de España. Actualmente, es XXIX conde de Niebla Leoncio Alonso González de Gregorio y Álvarez de Toledo, también duque de Medina Sidonia, título creado en 1445, lo que lo convierte, a su vez, en el ducado hereditario más antiguo.

La Fundación Casa de Medina Sidonia, objeto de agrias disputas familiares tristemente aireadas en la prensa durante los últimos años, tiene como propósito la conservación de un ingente patrimonio histórico y artístico, que incluye el palacio de los Guzmanes del siglo XV, en Sanlúcar de Barrameda, y su archivo histórico: un tesoro de valor incalculable que contiene más de seis mil legajos en los que se recogen los episodios más importantes de la historia de España.

La conservación de un legado histórico tan extraordinario, que ha permanecido en manos de la misma familia durante treinta generaciones a lo largo de seiscientos años, es uno de los muchos ejemplos que existen entre la nobleza española, del cual se pueden extraer múltiples aprendizajes perfectamente trasladables al ámbito de la empresa familiar.

En primer lugar, para que el legado se transmita sin interrupciones, son necesarias unas reglas de sucesión claras y ampliamente aceptadas. Desde las Leyes de Toro, la legislación en materia de títulos nobiliarios se ha mantenido relativamente constante, permitiendo con ello la sucesión ininterrumpida a lo largo de los siglos. Se han producido dos excepciones a esta estabilidad jurídica, ambas con consecuencias

profundas para la institución: la abolición de los mayorazgos en 1836 y la ley de igualdad entre el hombre y la mujer en la sucesión de títulos nobiliarios de 2006.

Más allá del avance que supusieron estas reformas en términos de igualdad jurídica, ambas introdujeron un cambio abrupto en reglas de sucesión que habían permanecido estables durante siglos. En el primer caso, provocaron la fragmentación del patrimonio familiar; en el segundo, la aparición de conflictos sucesorios en familias que no estaban preparadas para gestionar los efectos de este nuevo marco legal.

Por tanto, las empresas familiares que quieran perpetuar su legado deben dotarse de reglas de sucesión claras y estables que garanticen un traspaso ordenado.

En segundo lugar, la nobleza se ha perpetuado gracias a un firme compromiso con la educación y la transmisión de valores. Hoy, tener un título nobiliario no conlleva privilegios sociales ni económicos; implica la adhesión a un conjunto de valores: el respeto por la tradición y la historia, la búsqueda de la ejemplaridad, la responsabilidad por preservar el legado recibido o la defensa de España y de la Corona son algunos ejemplos de dichos valores, que han permanecido inmutables desde tiempos inmemoriales.

En las familias empresarias, tan importante es educar y transmitir los valores propios de la familia –nuestras señas de identidad, aquello que nos hace únicos– como adquirir el conocimiento técnico o la experiencia necesarios para gestionar el negocio.

En tercer lugar, la nobleza se caracteriza por el sentimiento de pertenencia a una institución mayor que uno mismo, por la concepción de que uno es un eslabón en una cadena que arranca con el primer concesionario de la merced nobiliaria y que llega hasta nosotros a través de cada uno de los poseedores de dicha merced. Los títulos nobiliarios, de hecho, no son bienes disponibles: uno no tiene la propiedad de un título, sino únicamente su posesión. Por eso, un título no puede ser comprado ni vendido. Esa sensación de que uno no es dueño, sino simplemente custodio de un patrimonio y de una historia, es uno de los motivos por los que la nobleza ha tenido tanto éxito a la hora de conservar y transmitir un legado.

Trasladado a la empresa familiar, las empresas que sobreviven más allá de la primera generación son aquellas que son capaces de hacer ver a las generaciones futuras que es su responsabilidad pasar el testigo del legado recibido.

La experiencia histórica de la nobleza demuestra que la continuidad no es fruto del privilegio, sino de una voluntad consciente de perdurar, valiéndose para ello de estructuras, valores y reglas claras. En un contexto en el que muchas empresas familiares afrontan decisiones críticas, mirar al pasado no es un ejercicio de nostalgia, sino una forma de aprender a construir un futuro.

  • Álvaro Argüelles Armada es marqués de San Esteban del Mar y fundador de FamiliasEmpresarias