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tribunaAntonio Bascones

De los trenes de Atocha a los trenes de Adamuz pasando por el Covid

s. El desorden, el caos, no es nada más que la consecuencia de la corrupción, de la soberbia de no tomar en consideración los informes de los técnicos y de utilizar la ideología para dar respuesta a los problemas que, por otra parte, tienen la culpa de la oposición

Han pasado unos pocos años y parece que ha sido un siglo. Todos los días nos desayunamos con un nuevo acontecimiento, una revelación que nos golpea y desata nuestra desazón y desconfianza en los que nos dirigen. Todo empezó un 11 de marzo en la estación de Atocha como epicentro de un terremoto que, junto con la muerte de cientos de personas, nos sacudió como un terremoto político que esparció, informativamente, ríos de tinta por doquier. Aquel día, sin sospecharlo en ese momento, cambió todo en España. Una manifestación en la calle Génova, ante la sede del Partido Popular, un gentío desinformado y teledirigido cambió el rumbo del país. Ahora, con la perspectiva que da el tiempo, que todo lo pone en su lugar, vemos cómo el atentado tuvo una significación histórica muy importante. Pasó el tiempo y vinieron grandes cambios, muy pocos positivos, y la Constitución del 78 fue debilitándose en su desarrollo, aunque su concepto permaneciera igual.

Más tarde, llegó la manifestación de aquel malhadado 8 de marzo, con los feministas que entienden y entendieron mal el concepto, pero que lo manejaron adecuadamente a expensas de que el virus se extendiera con mucha más velocidad. Pero la concentración siguió, y ya no había coto para el virus, que incluso afectó a muchos de los que iban en la expresión feminista. Días después, ya no había límite al virus. Afectaba a políticos que habían acudido y a las personas que convenientemente se recluyeron en sus casas. Fueron arduos meses en los que las personas normales estuvimos en casa tratando de ayudar en lo posible, transportando mascarillas, visitando enfermos, etc. Muchos sanitarios, amigos míos, fallecieron en estas lides en los hospitales; los familiares veían cómo enterraban a sus seres queridos en el silencio y en la ausencia, y los políticos, dedicados a sus negocios de mascarillas y visitas a los «lugares de mala nota», iban a celebrar los acuerdos parlamentarios para anular la prostitución y hacer sus negocios con el material sanitario tan necesitado por la sociedad.

Los meses posteriores, ya acabados los estragos de la pandemia, «solo habrá uno o dos casos», decía el representante del Ministerio, y las comisiones eran ideologizadas y orientadas en el sentido que más convenía, pues los muertos pasaban a un segundo lugar. Pasó el tiempo y los artículos de la Constitución se iban adelgazando, cuando no cambiando, pero la gente miraba de soslayo para no tener que enfrentarse con el problema de base. Cayeron, una detrás de otra, valga una muestra, leyes de la amnistía, «del sí es sí», de la ocupación, etc., etc., que todos tenemos en nuestros recuerdos y que no quiero pormenorizar, pues todos las tenemos en la cabeza.

Durante ese tiempo la corrupción fue metastatizando a todas las instituciones desde el tumor primario que todos sabemos. Hoy día se puede decir que no hay ninguna institución, ministerio o lugar público que no haya recibido la visita de estas células malignas. El volcán de La Palma, cuya responsabilidad no tienen, sí que es forzoso decir que no recibió la ayuda prometida y sí visitas que no iban a ninguna parte. La dana de Valencia y otras regiones, en las que la ideología sí tuvo un gran protagonismo, ya que de haberse realizado en tiempo y forma el trasvase (Europa nos daba el dinero y Zapatero lo rechazaba) no se hubiera presentado la catástrofe que tantas vidas segó. La ayuda de los militares en un primer momento fue cicatera, y no por responsabilidad de estos, que quisieron darla en toda su plenitud, sino porque las autoridades no daban permiso para ello. Y qué decir de los incendios. Si en el invierno no se prepararan los terrenos de forma adecuada, los estragos se hubieran minimizado, pero la ideología en todos estos casos era lo principal. La culpa era del oponente. Del apagón no hablemos. La ideología en su pura esencia. Hay que eliminar las centrales eléctricas y que solo sean los elementos naturales los que nos den la luz.

Y vienen ahora los trenes. El desorden, el caos, no es nada más que la consecuencia de la corrupción, de la soberbia de no tomar en consideración los informes de los técnicos y de utilizar la ideología para dar respuesta a los problemas que, por otra parte, tienen la culpa de la oposición. «El tú más» es la frase que nos azota. Hay que buscar los votos, aunque sea debajo de los raíles o encima de los cuerpos, pero siempre votos, conferencias inanes, diálogos sin sentido y obstaculización de respuestas. Todo en un caos de ingeniería social. Mientras tanto, al fondo, Venezuela y sus políticas dirigen nuestros actos.

Hemos llegado al síndrome de disfunción multiorgánica.

  • Antonio Bascones es presidente de la Academia de Ciencias Odontológicas de España