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tribunaMiguel Aranguren

Cuaresma para incrédulos

Durante los dos únicos días de ayuno y abstinencia que la Iglesia ha marcado en el calendario, se nos antoja que la casa está desangelada y los rostros mohínos. En el primer caso, se trata de sufrir por un beneficio corporal externo; en el segundo, por un motivo espiritual ligado a un misterio que nos desconcierta

La Cuaresma nos retuerce el gesto a aquellos que hacemos lo posible por cumplir sus exigencias penitenciales (no sé si los niños siguen estudiando los Mandamientos de la Santa Madre Iglesia, que los de mi generación cantábamos de carrerilla, y del que esta lid ocupa el cuarto lugar). Pocos días nos gorjean las tripas con más furor que el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo; pocos nos duele renunciar a una visita turística a la nevera y pocos apetece con tal frenesí un bocadillo de jamón de Teruel. No así cuando se trata del inicio de un régimen para bajar unos kilos. Ante la posibilidad de poder abotonarnos de nuevo el pantalón que estrenamos hace seis o siete años y que nos sentaba tan bien, desarrollamos un ánimo optimista ante los rigurosos planes alimenticios dictados por el nutricionista (de desayuno, media nuez; a media mañana, una mandarina; de almuerzo, acelgas sin rehogar y un pequeño lomo de pescado cocido; de cena, leche de soja con dos pasas y una ciruela, para ayudar al tracto intestinal). Sin embargo, durante los dos únicos días de ayuno y abstinencia que la Iglesia ha marcado en el calendario, se nos antoja que la casa está desangelada y los rostros mohínos. En el primer caso, se trata de sufrir por un beneficio corporal externo; en el segundo, por un motivo espiritual ligado a un misterio que nos desconcierta (el sacrificio como herramienta redentora).

A cuenta con los sacrificios, los gimnasios se han reproducido como conejos (desde hace un par de años, también las academias de boxeo) que están repletos de penitentes. Por razones que la razón no entiende, cientos de miles de personas pagan su cuota para machacar su físico junto a otros trituradores, con la intención de mantenerse lustrosos, fuertes y lozanos, aunque para ello tengan que vomitar el hígado y otros menudillos sobre una cinta de correr, en la sala de pesas o en el ara del sacrificio de un banco de step, envueltos por una música atronadora que emula las cadencias que repiten los Navy Seal mientras avanzan en carrera marcial. Estos gimnastas amateurs, en vez de vestir un sayal y cubrirse de ceniza acuden a esos templos para el cuerpo embutidos en mallas y con una cinta en la cabeza. La inmolación se trabaja con sudor, ventilación pulmonar, congestión, taquicardia, ahogo y hasta ruptura literal del corazón, todo por dar gloria bendita al torso torneado, los bíceps y la agilidad de movimientos.

No digo que lo del gimnasio esté mal para quien le guste. A mí no me gusta nada de nada, y mi reserva tampoco es censurable. Sin embargo, me sirve para hablar de la mortificación aneja a la Cuaresma y de la mortificación ajena a la Cuaresma, dos cosas distintas aunque suenen parecido. La mortificación aneja es el castigo corporal con fines meramente terrenales. Nos habla del afán por estirar la juventud (la carcasa de la juventud sería una manera más plástica de expresarlo) a base de hacer sentadillas. Es propio de las sociedades desarrolladas (en los países pobres no me he encontrado a nadie consultando en un reloj digital el número de latidos como medidor de un ejercicio de cardio) y laicistas (díganle a un budista del Tíbet que se ponga a hacer flexiones y abdominales…), sin especiales problemas económicos (el planto único de arroz es suficiente para que no se forme el cinturón de grasa abdominal) y que entienden la vida como un paseo hedonista, en el que la primera impresión física es la que cuenta (en las barriadas miserables de África, Asia y América del Sur nadie se preocupa por su imagen pública).

Acalambrados de agujetas y a punto de beber su quinto té matcha o la tercera lata de kombucha, los estoicos del gim se asombran, incluso con teatral indignación, si alguien les cuenta que los viernes de este tiempo litúrgico y porque lo ordena la Iglesia desde su autoridad misericordiosa, renuncia a la carne y los embutidos (al marisco también), a cambio de un potaje sin sacramentos, una tortilla de un solo huevo y la consabida pieza de fruta del tiempo, la misma con la que los camareros de ayer rubricaban la retahíla de postres en las casas de comidas (flan casero, arroz con leche, tarta al whisky, melocotón en almíbar, mus de limón, piña, copa de helado, leche frita…).

En Cuaresma los cristianos adivinamos ocasiones para una voluntaria renuncia. Que se corte el Wify o pierda su señal, que se haya roto la tostadora, que nos llame un comercial de una compañía telefónica distinta a la nuestra, que se nos pierdan las gafas, que no haya mesa en el restaurante, que el motor del coche haga un ruido sospechoso, que se nos abra el filis de la suela del zapato, que alguien se haya zampado el chocolate, que se muera la impresora, que no nos abotone aquel pantalón que nos hacía tan buena figura… son espinas que pueden tomarse como un golpe a la serenidad –y lo son– o como una ocasión de revitalizar la Cuaresma, estas semanas en la que la mejor mortificación sigue siendo sonreír.

  • Miguel Aranguren es escritor