Fundado en 1910
TribunaManuel Sánchez Monge

Una religiosidad con riqueza y con limitaciones

Tanto a la Iglesia como a las cofradías que nacen de su entraña y son parte de ella, se les ha confiado una comprometedora y magnífica tarea para estos tiempos que estamos viviendo: «la de una nueva evangelización, de la que el mundo actual tiene gran necesidad»

La muchedumbre del pueblo acude a la llamada de las Cofradías. ¿Cómo es esa muchedumbre que contempla los desfiles procesionales? Muchos de ellos son creyentes a su aire; con una religiosidad espontánea, natural, arraigada en la tradición y en la imagen que veneran, sencilla y sin grandes razonamientos, propia de momentos determinados, individualista pero necesitada de masa, emotiva y fácil al contagio de sentimientos.

Hay una búsqueda en forma de emoción, de pregunta, de intercambio con promesas de agradecimiento y deseos de cambio. Formas sencillas de hacerse grandes preguntas, radicales, profundas. Es una religiosidad vinculada a los acontecimientos de la vida: el hijo que nace, el amor que crece, la muerte que se teme, la enfermedad que permanece, la suerte que acompaña o las desgracias que llegan.

Una religiosidad con gran riqueza, pero también con sus limitaciones y contradicciones, necesitada, por tanto, de una atención evangelizadora. Atención que se hace más urgente cuando se trata muchas veces de personas que sólo ocasionalmente acuden a las iglesias.

Las Cofradías ofrecen una oportunidad maravillosa para que a esa gente le llegue la Palabra de Dios. ¿Os ocupa y os preocupa a los cofrades vuestra tarea evangelizadora? ¿Es vuestra dicha más profunda? Las Cofradías, como toda la Iglesia, tienen que evangelizar. Si no evangelizan, si no tienen como preocupación básica que cuanto hagan y expresen colabore a la obra evangelizadora de la Iglesia, perderán vigor, se vaciarán de contenido y aliento cristiano. Perderán, en definitiva, su razón de ser, que no es otra que la de la misma Iglesia.

Tanto a la Iglesia como a las cofradías que nacen de su entraña y son parte de ella, se les ha confiado una comprometedora y magnífica tarea para estos tiempos que estamos viviendo: «la de una nueva evangelización, de la que el mundo actual tiene gran necesidad» (Juan Pablo II, CL 64). Han de dar un verdadero testimonio de la fe en Jesucristo como la mejor respuesta al desafío de la contracultura del agnosticismo, relativismo y laicismo combativo. Igual que la aceptación y la valoración del hombre en su personalidad total, con la proclamación y el respeto a su libertad personal y su derecho a vivir como hombre, constituyen la mejor respuesta cristiana a la subcultura del fatalismo, del hedonismo y de la idolatría materialista en todas sus formas. Tan lejos del orgullo y el desprecio a los que viven de otra manera, como de una actitud vergonzante o que juega a disimular.

Por otra parte, es necesario evangelizar con obras y palabras. Lo que tejemos con los discursos lo podemos deshilachar con los comportamientos. Nuestra vida tiene que ser una apuesta por la unidad y la concordia. Hay que desterrar el protagonismo que individualiza, la rivalidad que enfrenta, la indiferencia que enfría las relaciones interpersonales. Evitar, por tanto, cualquier forma de anti-testimonio y escándalo. El Directorio para la religiosidad popular advierte: «Con el tiempo las cofradías han conseguido crear un patrimonio económico y artístico que les lleva en ocasiones a realizar gastos cuantiosos en los actos de culto, especialmente en las procesiones. Otras veces es el pueblo el que quiere esa suntuosidad, y son los mismos fieles los que se desprenden de joyas y de dinero para el culto y el adorno de las imágenes y de los santuarios. Por eso, para evitar la extrañeza de otros cristianos y la deformación de los propios miembros de la cofradía, sería deseable que, una vez alcanzado un cierto nivel estético, se procurasen adecuar los gastos a las necesidades reales del culto dentro de un espíritu de austeridad evangélica y atendiendo también al entorno social» (DRP 153).

  • Manuel Sánchez Monge es obispo emérito de Santander