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tribunaJosé María de la Torre y Montoro

Locutorios y puticlubs

En Europa y en los Estados Unidos no he encontrado jamás establecimientos situados al borde de las autopistas y carreteras en los que se anime al consumo de alcohol y drogas. Esto parece una obviedad, pero no aquí

En España existen elementos que por sí solos definen al país, como la paella, el marmitako, la tortilla de patatas o los toros. Hace unos años se incorporaron dos más al panorama nacional: locutorios y puticlubs.

Los locutorios han proliferado en las ciudades. Originalmente, eran unos lugares donde los inmigrantes telefoneaban a sus países de origen por un precio inferior al del monopolio de Telefónica. Internet y la generalización del teléfono móvil acabaron con la función primigenia de estos locales, en general también regidos por inmigrantes. Se transformaron en una mezcla curiosa de entidades bancarias, tiendas de telefonía y electrónica y bazares orientales.

Sorprende que las autoridades hayan permitido la alegre multiplicación de locutorios cuando es evidente que pueden plantear serios peligros para el país. Citaré primero su papel en el negocio de la telefonía móvil. En España no es posible, por razones de seguridad, obtener una línea telefónica sin que el solicitante aporte sus datos personales. Sin embargo, en los locutorios se puede conseguir una tarjeta SIM sin trámite alguno. Es lo que hacen los inmigrantes ilegales que destruyen su documentación al llegar a España. ¿Alguien recuerda haber visto a un inmigrante sin su teléfono, en general de último modelo, en la mano? Telefonear no es delito, pero si recordamos cómo los teléfonos móviles se utilizaron en los horrendos ataques del 11 de marzo de 2004 y que el proveedor fue un locutorio propiedad de marroquí, podemos hacernos una idea de la necesidad de conocer quién está detrás de cada línea telefónica.

Los locutorios son también microbancos desde los que se transfieren al extranjero cantidades de dinero, en teoría pequeñas, que constituyen las denominadas «remesas» de los inmigrantes a sus países de origen. Pero ¿quién controla este negocio? Me pregunto si el Banco de España, a través del Sepblac (Servicio contra el blanqueo de capitales) y Hacienda tienen conocimiento de quién envía dinero, su origen, en qué cantidades y sobre todo con qué frecuencia. Si un nacional español, identificado por Hacienda, transfiere desde su banco 50.000 euros a Colombia o a Marruecos, recibirá al poco tiempo una comunicación de la Agencia Tributaria para que justifique el origen y el destino de esos fondos. ¿Ocurre lo mismo con quien utiliza los locutorios para blanquear y evadir capitales procedentes, por ejemplo, de la venta de drogas? ¿Identifican correctamente estos establecimientos a sus clientes mediante su DNI o permiso de residencia genuinos y comunican estos datos a la AT? ¿Si se efectúan transferencias frecuentes y periódicas por una misma persona o al mismo destinatario, tiene conocimiento de ello el Sepblac?

Los honrados ciudadanos españoles que pagan religiosamente unos impuestos elevadísimos, tienen perfecto derecho a preguntarse y a exigir si estos controles rigen para todos y si los locutorios no suponen un mecanismo de evasión fiscal y blanqueo de dinero. Lo lógico sería que la ley obligase a utilizar las entidades bancarias para este tipo de operaciones, aunque no fuese más que para dificultar la transferencia de capitales procedentes de actividades ilícitas. Recientemente apareció en un diario digital un documentado artículo sobre las remesas transferidas desde locutorios para lavar el dinero del narco.

Los puticlubs también constituyen una particularidad española, aunque sea una especie desconocida en los países occidentales. No es que el negocio de la prostitución y el proxenetismo exista sólo en España, pero sí esta forma que adopta en nuestro país. Como todos sabemos, los puticlubs suelen instalarse a lo largo de autovías y carreteras, se anuncian mediante unas luces de colores chillones y tienen nombres exóticos o cursis. Mi «favorito» es uno situado en la autovía A4, entre Ocaña y Aranjuez. Es un edificio enorme, se divisa desde lejos al descender una pendiente en dirección a Madrid y es imposible no reparar en él. De día parece uno de aquellos internados para niños, regidos por curas o seglares, muy característicos del siglo pasado. Y de noche es como un quiero y no puedo casino de Las Vegas.

En ellos se practica abiertamente la prostitución y es perfectamente conocida la connivencia, muchas veces demostrada, entre las autoridades, generalmente locales, y los propietarios de estos negocios. Pero no es la tolerancia de la prostitución lo que más me llama la atención, sino que en unos establecimientos situados a lo largo de las carreteras se fomente el uso y abuso de alcohol y drogas. En efecto, es sabido que el negocio es doble: por un lado la prostitución y por otro y aún más lucrativo, las copas y la cocaína que las prostitutas animan a consumir y por cuyo pago perciben comisión. Increíble, tercermundista.

A los españoles nos fríen todos los días con los anuncios y amenazas de la DGT que nos advierten contra el consumo de alcohol al conducir. El Sr. Pere (Pedro) Navarro, aparece frecuentemente en los medios como una especie de sumo sacerdote de la seguridad, anunciando las penas del Infierno para quienes osen conducir a 122 km/h o ponerse al volante tras haber bebido dos cervezas. Y desde luego las sanciones son elevadísimas, en algunos casos exorbitantes e imposibles de pagar para muchos españoles y aparte, la posibilidad de ir a prisión y perder el carnet. Pero no me parece mal del todo. Conducir borracho es una barbaridad, no tanto con una cerveza y debe sancionarse. Aún peor me parece conducir drogado, aunque para esto parece que la DGT es más «tolerante». Al fin y al cabo, la droga es progre.

Sin embargo, establecimientos solo accesibles mediante un vehículo de motor, sirven alcohol de elevada graduación, suministran droga y fomentan su consumo. ¿Cómo es esto posible? ¿Es consciente el Sr. Pere (Pedro) Navarro que el conductor que entra en una autopista en sentido contrario y causa un accidente mortal puede haber estado consumiendo alcohol y quizá drogas en el puticlub más próximo? En Europa y en los Estados Unidos no he encontrado jamás establecimientos situados al borde de las autopistas y carreteras en los que se anime al consumo de alcohol y drogas. Esto parece una obviedad, pero no aquí. Mientras tanto el Sr. Pere (Pedro) Navarro nos obliga a comprar tonterías y chorradas como la inútil y casi invisible baliza V16.

España es una nación muy particular. Los gobernantes se hinchan como globos y se envanecen de los avances que, naturalmente gracias a ellos, hemos conseguido y alardean de europeísmo y modernidad, pero tal vez deberían bajar más a la calle, no alardear tanto, mirarse menos el ombligo y corregir excesos como los señalados.

  • José M. de la Torre y Montoro es embajador de España
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