3 días y 5 regalos
En ese momento me sentí tremendamente amada y acogida por Dios, porque en esa mirada de León XIV vi también la mirada del Señor. Mi gran regalo
Lo que vivimos en Madrid hace unos días, a muchos les habrá cambiado la vida. Y si no la vida en sí, al menos la mirada o cómo nos enfrentamos a ella.
Desde que se anunció la visita del Papa, me hizo enorme ilusión y he estado muy emocionada por su venida. La semana pasada estaba, más que nunca, deseando que llegara el fin de semana. El primer día, el sábado, vino el primer regalo. Un familiar nos dio a mi marido y a mí, unas entradas privilegiadas para la vigilia con jóvenes, donde pudimos ver al Papa y al Santísimo Sacramento con nuestros propios ojos. El segundo regalo fue la vigilia en sí. Todos los que estuvimos ahí creo que podemos decir lo mismo. Esos momentos de silencio en la castellana, donde no sonó ni un teléfono, con 500.000 personas arrodilladas ante Él, son difíciles de expresar con palabras. Guardo con especial cariño el momento en el que cantamos la canción del grupo tuyo, (Tú) El único Rey. Me desgañité cantándola. Significa mucho para mí porque, si bien se ha hecho muy conocida en el este último año por la versión a una sola voz con otros grupos de música católicos, tuyo, es un grupo que conozco hace tiempo y cuya música me ha acompañado incluso en mi boda hace casi 4 años. Salimos de ahí en una nube, agotados pero felices, con los pies en la tierra pero la mirada muy en el cielo.
Teniendo muy claro que no se trataba de estar en primera fila, si no de estar
Domingo, segundo día. Viví la Misa en uno de esos lejanos sectores que se hallaban en la plaza de Colón, teniendo muy claro que no se trataba de estar en primera fila, si no de estar, de hacer comunidad y, como dijo mi marido, «la Misa hay que oírla, no verla». A mi lado había una mujer, boliviana, que vivió la misa con una fe y devoción que me conmocionaron. No fueron pocos los momentos en los que se le cayeron las lágrimas por poder estar en una Misa celebrada por el Papa. Y a mí, detrás de mis gafas de sol, también se me cayó alguna al verla. Sin duda, otro regalo.
Llegó el lunes, tercer día, donde tener una entrada para ir al Bernabéu suponía tener (al menos temporalmente), el bien más preciado. Yo en ningún momento me había «movido» para conseguir entradas, ahora entiendo por qué. Recibiría un regalo mucho mayor. Por la mañana ví que el último recorrido del papamóvil pasaría por la calle Príncipe de Vergara, muy cerca de mi casa, por lo que decidí que esa tarde me acercaría para poder saludarle. Fui para allá a las 17:30 con mi gorra y mi cartel en el que decía «Holy father, pray for our infertility» (Santo Padre, rece por nuestra infertilidad). Desde la noche anterior sentía que necesitaba, después de casi 4 años buscando un bebé, con muchos médicos y sin una explicación clara, que el Papa rezara por mí.
Bien pasadas las 19:00, habiendo salido de la Almudena y recorriendo ya la calle Alcalá, empezó a correr el rumor entre los asistentes de que iba a cambiar al coche oficial debido al retraso en el horario. Me empecé a venir abajo. Unos minutos después, el rumor se confirmó. El Papa pasó en el coche oficial a toda velocidad. Me derrumbé en los brazos de mi hermana pequeña que me tuvo que sostener. Lloraba desconsoladamente, sintiendo que todo estaba perdido. Después de un buen rato llorando, mi hermana me animó diciendo que todavía podía ir a la entrada de la Nunciatura Apostólica. Me sequé las lágrimas y sin dudarlo dije que sí. La sorpresa vino cuando ella y su madre dijeron que me acompañaban, algo de lo que estoy tremendamente agradecida, pues fue un regalo no estar sola en ese momento. Llegamos a la Nunciatura sobre las 20:00. No era capaz de beber, comer o siquiera sentarme. Un policía nacional comentaba a los que estábamos en ese punto que habíamos escogido que se iba a llenar de policía, coches de la secreta y furgones policiales. Pensé que no era posible que hubiera elegido tan mal el sitio. Algunas personas se fueron a otros puntos de la calle. Yo, decidí quedarme.
Vi claramente como el Papa leyó el cartel e inmediatamente giró la cara, abrió esos ojos que tanto expresan, me miró y alzó la mano en un gesto que yo, sin duda, interpreté como su bendición
El Papa había salido del Bernabéu. Empecé a rezar al Espíritu Santo para que iluminase al Papa en el momento que pasara por delante de mí y pudiese leer mi cartel. Empiezan a llegar motos, algún coche de la secreta, el helicóptero y, ahora sí, la comitiva. Con ayuda de mi hermana alzo el cartel por encima del coche de policía que tenía justo delante, estirando mis brazos al cielo todo lo que soy capaz para que el cartel se pudiera leer, y miro al Papa fijamente. Y entonces se detuvo el tiempo. Vi claramente como el Papa leyó el cartel según el coche avanzaba e inmediatamente giró la cara, abrió esos ojos que tanto expresan, me miró y alzó la mano en un gesto que yo, sin duda, interpreté como su bendición. Y ahí sí, me derrumbé de nuevo, pero esta vez por la gracia de Dios. Por saber que el vicario de Cristo era ahora conocedor de mi dolor. En estos casi 4 años he tenido muchos momentos en los que he sentido que el Señor estaba lejos (aún sabiendo que nunca me ha dejado sola), pero sin duda en ese momento me sentí tremendamente amada y acogida por Dios, porque en esa mirada de León XIV vi también la mirada del Señor. Mi gran regalo.
Me encanta buscar señales, aunque prefiero llamarles diosidades, y ahora mismo me vienen dos a la cabeza. La primera la descubrí el 8 de mayo de 2025, cuando fue elegido Papa León XIV. Robert F. Prevost nació un 14 de septiembre. Igual que yo. Recuerdo pensar que cumplir años el mismo día que el Papa, tenía que ser algo especial. La segunda es que el lunes fue el tercer día que ví al Papa. Cristo resucitó al tercer día y yo, al tercer día recibí el regalo de la mirada del Papa y sentí como mi alma, en parte, renació. En 3 días Jesucristo salvó al mundo. En 3 días mi alma se ha transformado. «El Papa está rezando por nosotros, que más podemos pedir» dijo mi marido por la noche.
- Clara Herrera es psicóloga