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tribunaEduardo Coca Vita

Las razones de que Margarita no dimita

Lo que más extraña de la protagonista de hoy: que, supuesto, si no probado, su deshonor al apoyar dilatadamente a Sánchez, no se le enfrente, rebajándose habitualmente a disculparlo y tragándose, sin irritación ni ira, las desatenciones del pelotón más pelota del déspota

En fecha cercana, nuestro director de Opinion, el reputado columnista Pérez-Maura, se hacía eco de la actitud de la ministra de Defensa tras sus confesiones sobre el asalto a Ceuta, contradichas por su doble colega Marlaska, perrillo faldero del mastín Sánchez, respaldado luego por el Gobierno entero.

Concluía don Ramón que MR debía dimitir para salvar su honor, algo que mereció una inusitada cifra de comentarios de lector, en su mayoría extensos y fundamentados con argumentos de todo tipo y signo para asumir o rebatir la discutida honorabilidad de esta política no afiliada, aunque con claro predominio de quienes no reconocen honra al grupo de ministros considerados templados o más «sueltos», como Margarita, después de ocho años de apoyo expreso, tácito o presunto a las tropelías y trasgresiones constitucionales y embates a la esencia democrática, la libertad de prensa, los valores de mérito y capacidad, la autonomía judicial, el papel de la Corona y hasta la elemental cordura de juicio o la simple educación en el trato a la gente.

También se manejaban opiniones y juicios que invocaban para la permanencia de MR el sentido de la responsabilidad, imaginando que le movía la nobleza y altura de miras para no dejar vacante en plena crisis un departamento tan simbólico que podría caerle a algún extremista, con lo que flaco favor se haría al Estado de derecho en una deriva inquisitorial aún más esquinada que la que hoy nos arrastra.

Ni una ni otra, a mi parecer, son la motivación por la que MR sigue sumisa. En cuanto a honor, no discuto la tesis dominante entre los comentaristas —que sostienen también bastantes colaboradores estrella de este periódico— en torno a esta soltera de oro católica practicante progre, junto a otros muchos cargos del Estado, el Gobierno o el partido que se escurren y camuflan esperando caiga la breva de más legislaturas. Por tanto, pedir coherencia a una pájara —como dijo su jefe— que juega a disimular su honorabilidad, es pedirle albaricoques al pino o fresas al cocotero.

Es verdad que cuando los principios andan soterrados y te acribillan a desprecios y vejaciones como los sufridos desde antiguo por Margarita, al que más y al que menos le aflora el amor profesado a su prestigio, amor propio que no es cualidad del alma, solo una reacción corporal —y del estómago antes que del cerebro— a guisa de sucedáneo de la honra auténtica, pero que conduce a rebelarse contra los ataques que nos ridiculizan, sobre todo en público o con divulgación. Y eso es lo que más extraña de la protagonista de hoy: que, supuesto, si no probado, su deshonor al apoyar dilatadamente a Sánchez, no se le enfrente, rebajándose habitualmente a disculparlo y tragándose, sin irritación ni ira, las desatenciones del pelotón más pelota del déspota; antes incluso, se explaya en justificar al gran autócrata de la historia patria con respuestas poco concebibles en quien no comparte la formación ideológica, moral ni religiosa del demente presidente, sin necesitar de su indecorosa política para mantener una llana posición económica y social libre de baches y cuestas que no puedan salvarse sin idolatrías o genuflexiones.

¿Pero, entonces, cuál es el pretexto para seguir engullendo sapos? Creo que, a sus 69 años, puede haber dos excusas: una, que ni soñando piensa en un estatuto laboral mejor que el que usufructúa; y otra, que la pérdida de privilegios le sería más dolorosa al caer en el olvido con que castigan los tiranos a sus súbditos levantiscos, sin recibir tampoco la acogida —quizá ni el saludo— de la cohorte de vasallos del loco de la Mareta, que la orillarían cual apestada. No espere, pues, destinos de consuelo para engrosar su cuenta haraganeando. Iría a su tranquila casa, en compañía de Luna, la perrita que es su «familia» según declara en reciente entrevista.

Tampoco a las puertas de su jubilación ha de esperar nada del estamento judicial al que abandonó. Nadie la querrá allí después de un currículo predominantemente político sin haber sido nunca jurista de relieve en la magistratura, la investigación, la comunicación o la docencia como expliqué en su momento («Margarita la ministra, más política que jurista», 8.11.23). Ya me dirán dónde reingresar una jueza de su edad y dimisionaria con portazo. No afilada, sí, pero comprometida más que muchos militantes y casi una década sin contacto con la curia ni con algo aledaño al ejercicio del derecho público o privado. Menudo cambio le acarrearía desprenderse de la cartera ministerial: pasar de ser todo sin hacer nada, a currar en un estrado reestudiando la ley sustantiva y procesal tras un distanciamiento de años. ¿Nos imaginamos a la ministra viajera y reverenciada trabajarse noche y día un sumario o expediente de miles de folios o redactando sentencias de cientos de ellos bajo la presión de su antiguo Gobierno vengativo y el acoso de la prensa por ambos flancos?

En resolución, Margarita no dimite por carencia de autoestima, ausencia de amor propio y falta de oportunidades de recolocación, pero sobre todo por no renunciar a la vida padre que se pega en el mejor ministerio para titulares civiles, colmada de prebendas y aislada de responsabilidades, viviendo como vive rodeada de asistentes uniformados bajo la disciplina del código y las ordenanzas militares, con sus chóferes y pilotos (que la llevan y traen a pedir de boca) y una plantilla de ejércitos que la cortejan a diario pese a pintar poco, salvaguardada como queda por los castrenses con mando, los primeros a quienes tendrá hartos de morderse las lenguas e inclinar las cabezas mientras entre estrellas, insignias y galones les hierve su sangre indignada.

Cierro con un grito de censura al Defensor del Pueblo. ¿Dónde anda usted, Gabilondo? ¿Es que no tiene tajo en Ceuta con las violaciones, avasallamientos, desmames y atentados a la autoridad? ¡Con lo que le interesan siempre las voluptuosidades aisladas de un fraile o profesor católicos…! Vaya pájaro que está hecho. Uno de esos que se escurren y camuflan en su dejación de funciones. Lea más atrás y diga para qué les sirve su pomposa institucióna los ceutíes. Puede contestar aquí mismo.

  • Eduardo Coca Vita pertenece al cuerpo superior de Administradores Civiles de Estado