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tribunaCarlos Barros de Lis Tubbe

La reforma que agradecemos al Rey Juan Carlos

Conmemoremos el aniversario de la Ley para la Reforma Política, saquemos ejemplos y esforcémonos mucho más, todos y cada uno, para así poder exigir a los que tienen responsabilidades sociales y políticas: honradez, capacidad y altura de miras

Se cumplen estos días los cincuenta años de la Ley para la Reforma Política de 1976. La clave de bóveda sobre la que la España del siglo pasado pasó de un sistema autoritario a uno democrático. Un paso cuidadoso y escrupulosamente jurídico, el famoso harakiri que las Cortes franquistas se hicieron dejando que nuevos aires tomaran su lugar. Toda una renuncia.

Fue un diseño de la más profunda y rica tradición jurídica española, de personas inteligentes y muy preparadas, de un nivel intelectual elevado, y, por los frutos que pudimos ver, de buena voluntad. Personas del régimen y de fuera de él, buscando cómo hacer lo imposible: cambiar un régimen de manera pacífica manteniendo siempre la legalidad. Y se llegó al hermoso concepto «de la Ley a la Ley, por la Ley». No hace falta ser jurista para darse cuenta de lo que significa. Ante todo tranquilidad, no rompo la baraja; seguridad jurídica; potencia intelectual para hacer lo extremadamente difícil; y una intención clara, si respeto la Ley en lo más difícil, también lo haré en lo más fácil.

El maestro de la Ley para la Reforma Política fue Torcuato Fernández Miranda, presidente de las Cortes y del Consejo del Reino. Pero las grandes obras no se hacen solas, hay que idearlas, formularlas, y ejecutarlas. Cada paso fue un laberinto de inteligencia jurídica y política. Brillaba dentro y fuera del régimen, con sus diferencias, la gran capacidad.

No se puede hacer referencia a lo que suponía la Ley para la Reforma Política sin mencionar al Rey Juan Carlos. Cuando con justicia se ensalza a los que lo hicieron posible, es necesario citar a quien lo lideró. El Rey tenía todos los poderes que en su día tenía Franco. Nada le impedía mantenerlos, no se nos olvide. Sin el Rey, los pasos cruciales no hubiesen sido factibles. Esto es de justicia decirlo y recordarlo. El Rey impulsó pasar una página de la Historia de España de una forma absolutamente modélica. Paz, seguridad y legalidad, son conceptos necesarios, complejos y de un peso enorme en una sociedad, y fueron posibles. Todo sin perder legitimidad. Doble mortal con tirabuzón.

Es incomprensible que en los actos de conmemoración de un hecho tan relevante no ocupe un lugar preferente el Rey Juan Carlos. El nivel de una sociedad también se demuestra en el agradecimiento. Honrarle a él es honrarnos a nosotros mismos.

Enorgullecerse de algo que se hizo bien y que tuvo y tiene gran trascendencia, no es vano. Es una forma de saber que si se hizo, lo políticamente difícil también es posible; es un ejemplo para españoles y para el resto del mundo (como lo fue para los chilenos en su propia transición pinochetista); y, es un recordatorio de que para momentos difíciles hacen falta voluntades unidas, mentes claras e inteligencia jurídica y política elevada.

Consecuencia de aquella ley vino la aceleración de la Transición, Constitución del 78 mediante. Años y modelo político que con aciertos y errores han llevado a la España de hoy. Lógicamente el paso de los años va añadiendo costra al sistema. Los errores se agrandan, y el Tribunal Constitucional va cambiando sin notarse la dirección inicial. Sirva de ejemplo el derecho a la vida. En 1978 nadie hubiese dudado de que el derecho a la vida incluyera el derecho del concebido no nacido; nadie hubiera sospechado que 50 años después se contabilizaran en España un millón de abortos.

Deberíamos preguntarnos que si tanto debió aquello a preclaras mentes jurídicas, cómo es el estado de la arquitectura legal de la España actual en su sentido más amplio. No solo como control y balance del poder; también como calidad técnica legislativa; magnitud del fraude de ley que usan los gobiernos central y autonómicos; nivel jurídico e intelectual de los legisladores, jueces y políticos; nivel de politización del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Constitucional; y, no por último menos importante, nivel de honradez de cada uno.

Esta reflexión nos lleva a la fuerte sensación de intento de invasión de la independencia judicial desde los otros poderes, incluidos los partidos políticos y los medios de comunicación. Un asedio sin cuartel al Estado de derecho. Numerosas son las voces que lo manifiestan, pero es fácilmente observable cómo líneas rojas del Estado de derecho (persecución a los jueces; cuestionamientos políticos a los mismos; y, fraudes constantes de ley) han sido traspasadas. Las líneas rojas que se traspasan no deben suponer el establecimiento de una nueva frontera en retroceso. Deben suponer el restablecimiento de aquello traspasado.

Conmemoremos el aniversario de la Ley para la Reforma Política, saquemos ejemplos y esforcémonos mucho más, todos y cada uno, para así poder exigir a los que tienen responsabilidades sociales y políticas: honradez, capacidad y altura de miras.

  • Carlos Barros de Lis Tubbe es miembro del Instituto de Estudios de la Democracia