Politeia: el orden político
Hasta cierto punto, el sistema de partidos funciona allí donde los grupos políticos respetan unos principios y su propia Constitución escrita. Pero el sistema no puede funcionar si no se respetan ni Constitución ni principios. Hablarles a esos grupos de Constitución histórica, ni les suena la expresión
En los años 30 del siglo pasado, el bávaro Edgar Julius Jung, líder del movimiento revolucionario conservador alemán, que se opuso tanto a la República de Weimar como al nazismo, asesinado en 1934 por orden de Hitler (noche de los cuchillos largos), afirmaba en su libro Herrschaft der Minderwertigen…(el Gobierno de lo inferior) que «si la política no es expresión del más profundo anhelo humano de formación, entonces es la obra despreciable de pequeños burgueses ambiciosos de medrar». En la España de hoy podríamos decir: de medrar a cualquier coste y descaro.
Por su parte, el que fuera filósofo y profesor inolvidable de la Universidad de Navarra, Leonardo Polo, explicaba de forma magistral el significado de la política y su finalidad. Según él, los primeros filósofos griegos se centraron en el estudio de la naturaleza –physis– del Universo. Cuando la atención se fijó en el hombre, se trataba de hacer una filosofía de la naturaleza humana, dentro de la cual se sitúa la filosofía política. Platón y Aristóteles entendieron que la política es natural al hombre; que el hombre, social por naturaleza, es naturalmente político. Recordemos que para T. Hobbes y más tarde J.J. Rousseau, quizá los autores de mayor influencia en la cultura política de Occidente, el hombre no es naturalmente social, sino por pacto (contrato social), cosa que rechazarían de plano dichos pensadores griegos. Mucho menos se les ocurriría hacer una filosofía política para la revolución, como la de Carlos Marx o la de la Ilustración.
El famoso dictum de Protágoras de que «el hombre es la medida de todas las cosas» –cuya correcta lectura es la de que hay determinados asuntos de los que el hombre es medida–, no le llevó a hacer filosofía, limitándose a señalarlos. Pero si hay asuntos humanos en cuanto que los mide el hombre, de qué asuntos se trata y cuál es su significado: ¿qué es la justicia, la técnica, la política…? Es a partir de ahí, como Platón y Aristóteles, inspirados por Sócrates, pasaron a considerar que tiene que haber una filosofía, un saber de esas cosas humanas. Nació así la filosofía práctica, uno de cuyos más importantes capítulos es la política. Tal filosofía es de la máxima actualidad, a la que se dedica la mayor parte del pensamiento filosófico actual, aunque permanece el discurso ideológico y no tanto el rigor filosófico.
La política, dice L. Polo, no es una técnica de organización de la economía, sino un arte o técnica superior de dirigir, gobernar, una sociedad de hombres libres. Para Aristóteles el fin de la política es la virtud, que supone el verdadero crecimiento humano. Ciertamente los irresponsables, los corruptos o desalmados, sin olvidar a los que siempre miran para otro lado, mal pueden contribuir al bien común, que es el fin del Estado. Con frecuencia, la Doctrina Social de la Iglesia se ha referido al bien común. Ya en la Rerum Novarum se dice que «el Estado debe velar por el bien común, como su propia misión». Para Juan XXIII, en la Pacem in Terra, «el bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones de la vida social, con las cuales los hombre, familias y asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección». Esta idea de la perfección apunta a la referida doctrina aristotélica, que también la Rerum Novarum recoge al decir que «la verdadera dignidad y excelencia del hombre radica en lo moral, es decir, en la virtud, que la virtud es patrimonio común de todos los mortales, asequible por igual a altos y bajos, a ricos y pobres». Y para Tomas de Aquino «lo que es del todo, lo es de la parte».
La virtud de las personas es lo primero, pero importa también un orden de la sociedad y un sistema político cabal. Las democracias modernas, producto de la Revolución liberal, de base absolutista (la invocada voluntad general), está en crisis en la mayoría de los países. El nuestro, en el caos. El sufrido pueblo español –como lo demuestran las gentes de Urda y las víctimas de la tragedia– no merece los políticos que tenemos. Y son pocos los que se salvan. Hasta cierto punto, el sistema de partidos funciona allí donde los grupos políticos respetan unos principios y su propia Constitución escrita. Pero el sistema no puede funcionar si no se respetan ni Constitución ni principios. Hablarles a esos grupos de Constitución histórica, ni les suena la expresión. Todo se convierte en una lucha por el Poder o para mantenerse en él. Y nunca ha lugar a la función, la de gobernar, se entiende. Los partidos políticos responden al derecho de asociación, pero eso no implica que monopolicen el sistema representativo ni, lo que es peor, que se enfeuden en el Estado. Partidos sí, pero no Estado de partido. Pero esta cuestión exige una explicación aparte, para tratar en otra ocasión.