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El «efecto Acutis» sobrevuela la plaza de San Pedro

Lo llamativo resulta contemplar los ímprobos esfuerzos de algunos por utilizar a este Papa como una suerte de palanca para tratar de remover aquellas cosas de la Iglesia que no les gustan

Amanece sobre la Plaza de San Pedro, poco antes del funeral por el Papa FranciscoEFE

Hacía tiempo que un santo no aglutinaba en torno a él tanta simpatía y devoción. Reunía, desde luego, muchos de los ingredientes que apelan a los buenos sentimientos del pueblo de Dios, especialmente, de los jóvenes, tan huérfanos de referentes constructivos: Carlo Acutis murió a los 15 años de una leucemia fulminante; había nacido en la era de Internet, donde se había convertido en un precoz influencer (de hecho, se le suele llamar el apóstol de Internet o el influencer de Dios, entre otros apelativos), y vestía con vaqueros. zapatillas y sudadera. Se le veía, en definitiva, como un chaval sano, simpático y normal. Raro es el catequista o el sacerdote que no le haya puesto como ejemplo a sus adolescentes de Confirmación.

Mañana domingo estaba prevista su canonización en Roma, que iba a presidir alguien que le tenía también mucha devoción: el Papa Francisco. Pero los planes se han trastocado, y Acutis tendrá que esperar a que haya un nuevo Papa para ser elevado a la gloria de los altares, ya que solo un Pontífice tiene la potestad de canonizar.

Se calcula que alrededor de 80.000 personas se iban a desplazar hasta Roma este fin de semana desde todos los rincones del planeta para asistir a la glorificación del apóstol de Internet, más los propios romanos que tuvieran previsto acudir a la celebración, más las decenas de miles de peregrinos que acuden a la Ciudad Eterna a lo largo de este año para ganar el Jubileo. Sus planes iniciales, claro, se han visto trastocados, y finalmente asistirán a un funeral en lugar de a una canonización. Seguramente lo harán gustosos: el Romano Pontífice es la cabeza de la Iglesia, por quien los católicos oran en cada misa y, además, las exequias de un Sucesor de Pedro es un hecho histórico. Sólo se han celebrado –con las de hoy– 266 en dos mil años de historia.

Lo llamativo resulta contemplar los ímprobos esfuerzos de algunos por utilizar a este Papa como una suerte de palanca para tratar de remover aquellas cosas de la Iglesia que no les gustan. «No hay vuelta atrás»; «hay que seguir por el camino que ha abierto Francisco» –aunque no suelen especificar cuál es la senda que, a su juicio, ha abierto, ni adónde quieren ellos que conduzca–, y destacan de él que era un Papa «abierto», «conciliador», «cercano». La embajadora española ante la Santa Sede, Isabel Celaá, ha advertido de que «hay determinadas cuestiones que han avanzado en la Iglesia que son de muy difícil retroceso», y el emergente vaticanólogo Ricardo Darín, actor y compatriota de Francisco, ha dado también la voz de alarma: «El Papa Francisco abrió muchas puertas y ventanas y ahora hay que ver si los que llegan no las cierran».

Las fabulosas cifras de asistentes que en estos días han querido rendir su último homenaje al Santo Padre y que le han acompañado en su funeral son, a su juicio, la prueba del algodón de que ese camino –ficticio– que pretenden ver y que no tiene vuelta atrás, llevará a la Iglesia adonde ellos quieren, pero que no es la Iglesia. Tratan, por todos los medios, de abrir una grieta, una sima insalvable entre Francisco –una nueva etapa– y Benedicto XVI y Juan Pablo II –rescoldos del pasado–.

Pero mientras ellos tratan de encajonar a la Iglesia en sus humanos esquemas e ideologías, el pueblo fiel de Dios asiste a las exequias para orar con fe, con sencillez, con esperanza, por su Santo Padre. Poco importa si acudieron a Roma por un adolescente influencer, por cruzar una Puerta Santa o por despedir a un Papa que acaba de fallecer. Para ellos, lo importante es orar por el Santo Padre y por aquel que le habrá de suceder.