El Debate recoge las reacciones de la gente en la Plaza de San Pedro
Las reacciones de la gente en la Plaza de San Pedro ante el nuevo Papa
Con sorpresa y alegría, resaltan su «juventud», el «llamado a la paz» en su primer discurso y la elección de su nombre
En torno a las 18:08 horas de la tarde del 8 de mayo, el humo blanco ha comenzado a brotar de la chimenea a la que todo el mundo miraba. Las campanas en la basílica de San Pedro ratificaban la noticia: Habemus Papam.
León XIV, el cardenal estadounidense Roberto Francisco Prevost, ha sido elegido como el Sumo Pontífice número 267 de la Iglesia.
Para sorpresa de los vaticanólogos, contradice los condicionantes que decían que no se cumplirían: joven, religioso y americano. Junto a estas cuestiones, su nombre pontificio, León, ha sido una de las destacadas por los asistentes, que han vivido con alegría y sorpresa su elección. «Dice mucho», comentaba uno de ellos, por la «carga ministerial y apostólica» del anterior León XIII, haciendo alusión además a la encíclica Rerum novarum.
Natural de Chicago y nacido el 14 de septiembre de 1955, su familia paterna proviene de Francia y la materna, de orígenes italo-españoles. Ingresó en la Orden de San Agustín en 1977 como novicio e hizo sus votos solemnes en 1981. Licenciado en Matemáticas por la Universidad de Villanova, y doctor en Derecho Canónico por el Pontificio Colegio de Santo Tomás de Aquino en Roma, es conocido por su corazón misionero, dedicando décadas a una de las diócesis más pobres de Perú.
De hecho, ya en su primer discurso ha insistido en la necesidad de que la Iglesia sea misionera: «una Iglesia que construye puentes de diálogo, siempre abierta a recibir, como esta plaza, con los brazos abiertos a todos, a todos aquellos que tienen necesidad de nuestra caridad, de nuestra presencia, del diálogo y del amor».
Y así, antes de impartir la bendición Urbi et Orbi, daba continuidad a la de su predecesor, el Papa Francisco, en su última aparición en la mañana de Pascua. «¡Dios nos quiere bien, Dios os ama a todos, y el mal no prevalecerá! Estamos todos en las manos de Dios», aclamaba.