La misa de Bolsena, de Rafael Sanzio
El milagro de sangre que dio origen a la fiesta del Corpus Christi hace 8 siglos
Ocurrió en la localidad de Bolsena (Italia), donde el Papa Urbano IV instituyó la Solemnidad de una de las festividades más importantes de la Iglesia
la Iglesia universal celebra hoy, 22 de junio, el Corpus Christi, una tradición milenaria que viene de una increíble historia que derivó en un milagro eucarístico.
El sacerdote germano Pedro Praga, lleno de celo pero atormentado por la duda, emprendió una peregrinación a Roma en el año 1263. En su corazón llevaba una pregunta que le pesaba: ¿Está Cristo realmente presente en la Eucaristía?. Rogó ante la tumba de San Pedro suplicando una señal que avivara su fe.
De regreso a casa, se detuvo en la pequeña localidad italiana de Bolsena, en la que celebró la misa en la cripta de Santa Cristina. Fue allí, en medio del rito, donde ocurrió lo inesperado: al pronunciar las palabras de la consagración, la Sagrada Hostia comenzó a sangrar profusamente tiñendo de rojo el corporal —el paño que cubre el altar— como si el mismo Cristo le estuviera respondiendo con sangre a su duda.
Una señal que sacudió al Papa
El asombro se convirtió pronto en noticia. El Papa Urbano IV, que se encontraba muy cerca —en Orvieto— pidió que le trajeran la reliquia inmediatamente, al verla cayó de rodillas ante el corporal ensangrentado y lo mostró al pueblo reunido.
Movido por la evidencia de aquel signo prodigioso y con el deseo de afirmar la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento, Urbano IV instituyó la Solemnidad del Corpus Christi con la bula «Transiturus». Para darle la solemnidad litúrgica que merecía, confió en Santo Tomás de Aquino la composición de himnos y textos y así, de su pluma, nacieron obras como el Tantum Ergo o el Pange Lingua.
La reliquia
El corporal milagroso se conserva hasta hoy en la majestuosa catedral de Orvieto en una capilla diseñada para albergar el milagro Eucarístico. Cada año, durante la Solemnidad del Corpus Christi, el corporal es llevado en solemne procesión, no como una reliquia del pasado, sino como un recordatorio del misterio central de la fe católica, Dios se queda con nosotros, se parte y se da en la Eucaristía.
San Juan Pablo II, en su visita a Orvieto en 1990, lo expresó con palabras profundas: «Jesús se ha convertido en nuestro alimento espiritual… para transmitirnos el secreto de la victoria definitiva sobre el mal y la comunión eterna con Dios».