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Imagen de Montmartre, con la iglesia del Sagrado Corazón al fondo, en París

Imagen de Montmartre, con el templo del Sagrado Corazón al fondo, en París

París celebra el 150 aniversario de la basílica del Sagrado Corazón, donde nunca cesó la adoración eucarística

A pesar de los numerosos conflictos que ha presenciado, la Sacré Cœur jamás interrumpió su actividad religiosa, ni siquiera durante las guerras mundiales o la pandemia del COVID-19

hace 150 años que se inició la construcción de la basílica del Sagrado Corazón de París, un bastión espiritual donde el mármol blanco parece tocar el cielo. En su historia ha desafiado guerras, revoluciones y pandemias sin que se apague ni un solo día su adoración eucarística.

Su construcción se remonta a la derrota francesa en la guerra franco-prusiana en 1871, como homenaje a los ciudadanos franceses caídos en la contienda. No obstante, su primera piedra fue colocada solo cuatro años después del incendio social que sacudió la capital: la Comuna de París.

En ese mismo Montmartre –la colina donde se sitúa la basílica– donde los comuneros alzaron las barricadas y fueron fusilados tras su derrota, se levantó finalmente este santuario como respuesta espiritual al caos y la sangre. La basílica nació entre las ruinas de la división de la población parisina, pero ofreció desde el principio un mensaje de unidad y adoración perpetua.

Una adoración más fuerte que la guerra

Durante la ocupación nazi, en los años más sombríos del siglo XX, la adoración continuó en silencio, custodiada por sacerdotes y religiosas que resistían con fe lo que no podían frenar con armas: «Incluso durante el bombardeo de 1944, cuando algunos escombros cayeron junto a la basílica, los adoradores estuvieron aquí», declaró la religiosa Cécile-Marie a ACI Prensa.

Ni siquiera las dos guerras mundiales lograron cerrar sus puertas ni apagar su vigilia. Incluso cuando las calles de París quedaron vacías durante la pandemia de COVID-19, el Santísimo no quedó solo: los capellanes y las hermanas benedictinas se turnaban día y noche, como centinelas de una ciudad dormida.

Años de historia

Montmartre, barrio de artistas, ha sido testigo de todo: de los fusilamientos de la Comuna a los trazos irreverentes de Picasso y los ecos del Moulin Rouge. Y aun así, por encima del bullicio terrenal, la basílica ha sostenido su misión.

En la colina donde fue martirizado San Dionisio y donde nacieron los primeros votos de los jesuitas, sigue en pie a día de hoy el eco de una consagración ininterrumpida desde su construcción. A 128 metros de altura, el corazón de París late en clave de adoración perpetua.

Construcción de los fieles

Construida piedra a piedra con donaciones populares –más de diez millones de fieles, incluida santa Teresita de Lisieux–, la basílica fue y sigue siendo un proyecto del pueblo, un acto de fe colectiva.

En su día de conmemoración, 200 familias celebraran el 150º aniversario del templo recordando que este lugar no se sostiene por su arquitectura, sino por la oración constante que lo habita. Aunque la ciudad cambie, la adoración permanece: firme y eterna.

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