El jesuita Tiburcio Arnaiz, del que están a punto de cumplirse los 100 años de su muerte
Santos de hoy
«Tenía talento, pero era 'un calavera' de estudiante»: el 'apóstol de Málaga' que acabó fundando escuelas
La Santa Sede concede un año jubilar por el centenario de la muerte del beato Tiburcio Arnaiz SJ, a quien se le atribuye un milagro que posibilitaría su canonización
«Dios no escoge a los capacitados, sino que capacita a los escogidos», sentencia un sabio aforismo. Es, sin lugar a dudas, el caso del beato Tiburcio Arnaiz Muñoz SJ, un jesuita sorprendente que revolucionó la Málaga de principios del siglo XX con su profunda vida de oración, su fe y su entrega inagotable a todos los necesitados. Pero no nació siendo un santo de peana. «Tenía talento, pero era 'un calavera' de estudiante en el buen sentido de la palabra; no cogía un libro de texto en casa, si acaso lo que pescaba en los claustros del seminario antes de la clase», recuerdan de él sus compañeros de estudios. La santidad le llegó después, hasta convertirse en el «apóstol de Málaga», como se le reconoce.
Ahora, la Santa Sede ha concedido un año jubilar por el centenario de su muerte, que le llegó el 18 de julio de 1926. Ayer, coincidiendo con el 99 aniversario de su fallecimiento, la diócesis de Málaga dio comienzo oficial a los preparativos que culminarán con la celebración del Jubileo Extraordinario, que se desarrollará entre el 2 de enero y el 20 de octubre de 2026. Ayer por la tarde, el arzobispo emérito de Pamplona, monseñor Francisco Pérez, celebró una misa solemne en la iglesia del Sagrado Corazón de Málaga.
Tiburcio había nacido en Valladolid en 1865, en el seno de una modesta familia de tejedores. «Dos días después, sus cristianos padres, Ezequiel y Romualda, lo llevaron a bautizar a la iglesia parroquial de San Andrés, imponiéndole el nombre del santo del día», relatan sus biógrafos. A los 13 años ingresó en el seminario, donde sacó los estudios con bastante aprovechamiento y brillantez porque su talento paliaba su natural dispersión.
«Temía condenarme»
Se ordenó sacerdote en 1890, fue nombrado párroco en Valladolid y Ávila y obtuvo la licenciatura y el doctorado en Teología. Hasta ahí, todo parecía discurrir con normalidad para Tiburcio: era uno más de los miles de curas rurales de la rural España de la época. «Yo vivía muy a gusto y me daba muy buena vida, pero temía condenarme», escribió después rememorando esa época. Su pensamiento volaba a la vida religiosa, pero veía un obstáculo insuperable en su anciana madre, a quien cuidaba. «Un buen día, dispuso Dios llevársela al cielo; la separación le causó tanta pena que su corazón quedó destrozado: 'Fue tanto lo que sufrí, que me dije: ya no se me vuelve a morir a mí nadie, porque voy a morir yo a todo lo que no sea Dios'», recogen sus biógrafos.
Tiburcio tenía 37 años cuando, en 1902, entró en el noviciado de la Compañía de Jesús en Granada. Fue años después, en Málaga, donde desplegó todo su carisma y celo apostólico. «Su creatividad a la hora de paliar la ignorancia o el sufrimiento humano no conocía límites. Impulsó la construcción de una casa de acogida para señoras con pocos recursos, con más de treinta viviendas unipersonales. Atendió con sumo interés algunas escuelitas y talleres de gente humilde. También las cárceles eran objeto de sus desvelos; allí, a su paso, tocaba el Señor con su predicación y caridad muchos corazones destrozados, algunos de los cuales, al salir, buscaban al Padre para seguir sus consejos y su guía espiritual», reseñan sus biógrafos.
Un vídeo sobre el padre Tiburcio
Abrió numerosas escuelas improvisadas que atendían varias mujeres que terminaron configurando la Obra de las Doctrinas Rurales, que aún existe. En ellas se enseñaba a leer y escribir a aquellas gentes, se les impartían nociones de cultura general y lo más elemental de la fe. «Durante su vida se trabajó así en unos veinte corralones, y el cambio obrado en ellos redundó en beneficio de la vida social de Málaga», aseguran sus biografías.
En julio de 1926 enfermó de bronquitis y pleuritis. «Él murmuró expresivo: Me entrego», prosiguen los cronistas. «¡Qué hermosísimo es el Corazón de Jesús!… ya le veré pronto… ¡y me hartaré! ¡Qué bueno es! ¡Cuánto nos quiere!… Y la Virgen, ¡vaya si es amable y me quiere!», aseguran que repetía en sus últimos días. A las 10 de la noche del 18 de julio de 1926, entregaba su alma a Dios. Su cadáver fue expuesto a la veneración pública durante tres días. Y todavía, antes de ser inhumado en el crucero derecho del templo del Corazón de Jesús, fue llevado por las calles de la ciudad. Cerró el comercio y el cortejo fúnebre fue presidido por las autoridades religiosas, civiles y militares.
Monumento al padre Tiburcio Arnaiz en Málaga
Fue beatificado el 20 de octubre de 2018 en la catedral de Málaga, ante más de 10.000 asistentes. El Patronato del Padre Arnaiz, que promueve su causa de canonización, ha comunicado recientemente que está próximo a concluir en Zaragoza el estudio de un presunto milagro atribuido a la intercesión del jesuita, lo que allanaría su camino hacia la canonización.