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John Newman (1881), óleo sobre lienzo de John Everett Millais

'John Newman' (1881), óleo sobre lienzo de John Everett Millais

Así es la oración del nuevo Doctor de la Iglesia san John Henry Newman al Sagrado Corazón de Jesús

Esta oración refleja su confianza absoluta en el amor de Cristo y su deseo de comunión íntima con el Corazón de Dios

Considerado como el «san Agustín del siglo XIX», el cardenal san John Henry Newman recibirá el título de Doctor de la Iglesia Universal, según anunció el Papa León XIV el pasado 31 de julio tras la audiencia concedida a Su Eminencia el cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos.

Este reconocimiento se da a ciertos santos cuyas enseñanzas y escritos son considerados de gran importancia para la Iglesia, especialmente en relación con el conocimiento de Dios y de Cristo. John Henry Newman fue canonizado en octubre de 2019 por Benedicto XVI, quien le describió como «un gigante moral y literario de su tiempo» y sintetizó su vida en el lema: «el corazón habla al corazón».

Con este lema encerraba «la perspectiva de su comprensión de la vida cristiana como una llamada a la santidad, experimentada como el deseo profundo del corazón humano de entrar en comunión íntima con el Corazón de Dios», indicó en 2010 Benedicto XVI al beatificar a este teólogo, cardenal y fundador de los Oratorios de San Felipe Neri, en Inglaterra.

Entre las muchas reflexiones del cardenal san John Henry Newman destaca una oración al Sagrado Corazón de Jesús que refleja su confianza absoluta en el amor de Cristo. A continuación, reproducimos la oración del nuevo Doctor de la Iglesia Universal al Sagrado Corazón de Jesús:

Sagrado Corazón de Jesús

Sagrado Corazón de Jesús

«Oh, Sagrado Corazón de Jesús, yo te adoro en la unicidad de la Personalidad de la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Todo lo que pertenece a la persona de Jesús, pertenece, por tanto, a Dios y debe ser adorado con el mismo y único culto que rendimos a Jesús. No tomó en Él su naturaleza humana, como algo distinto y separado de sí mismo, sino como un simple, absolutamente, eternamente Él. Yo te adoro a ti, oh Corazón de Jesús, como a Jesús mismo, como a la Palabra Eterna en la naturaleza humana que Él tomó en su totalidad y vive en su totalidad, y por lo tanto en ti. Tú eres el Corazón del Altísimo hecho hombre. Al adorarte, adoro a mi Dios encarnado, Emmanuel. Yo te adoro, a ti que llevas una parte de esa Pasión que es mi vida, porque tú te desgarraste y quebraste en la agonía del huerto de Getsemaní, y tu precioso contenido se derramó a través de las venas y los poros de tu piel sobre la tierra. Y de nuevo fuiste drenado y secado en la cruz; y luego, después de la muerte, fuiste traspasado por la lanza y entregaste los pequeños restos de aquel tesoro inestimable, que es nuestra redención.

Dios mío, mi Salvador, adoro tu Sagrado Corazón, porque ese Corazón es el trono y la fuente de todos tus más tiernos afectos humanos hacia nosotros, pecadores. Es el instrumento y órgano de tu amor. Batía por nosotros. Se conmovía por nosotros. Se dolía por nosotros y por nuestra salvación. Estaba en llamas por el celo de que la gloria de Dios se manifestara en y por nosotros. Es el canal a través del cual ha llegado a nosotros todo tu desbordante afecto humano, todo tu amor divino hacia nosotros. Toda tu incomprensible compasión para con nosotros, como Dios y como Hombre, como nuestro Creador y nuestro Redentor y Juez, ha llegado a nosotros, y sigue llegando, inseparablemente mezclados en una corriente a través de ese Sagrado Corazón. ¡Oh, símbolo sacratísimo y sacramento del Amor, divino y humano, en su plenitud, tú me salvas con tu fuerza divina y tu amor humano, y lo haces completamente por esa sangre que obra maravillas, con la cual tú te has desbordado!

Oh, sacratísimo y amantísimo Corazón de Jesús, tú estás oculto en la Santa Eucaristía, y tú lates aún por nosotros. Ahora como entonces nos salvas. Yo te adoro, pues, con todo mi mejor amor y temor, con mi ferviente afecto, con mi más sumisa y resuelta voluntad. Oh, mi Dios, cuánto has aceptado sufrir para que yo te reciba, te coma y te beba, y por un tiempo hagas tu morada dentro de mí, haz que mi corazón lata con tu Corazón. Purifícalo de todo lo que es terreno, de todo lo que es orgullo y sensualidad, de todo lo que es duro y cruel, de toda perversidad, de todo desorden, de toda muerte. Y así, llénalo de ti, que ni los acontecimientos del día, ni las circunstancias del momento puedan confundirlo, sino en tu amor y en tu temor pueda estar en paz».
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