Fundado en 1910
David Baeza Moyano

Una mirada católica al empresario español y sus beneficios

Un empresario no es bueno ni malo por serlo, igual que un trabajador no lo es por su condición. Pero muchos de estos empresarios, silenciosos y constantes, son, en mi opinión, un modelo cristiano de vida

En España, más del 90 % de las empresas son pymes, y la mayoría de ellas cuenta con menos de diez trabajadores. Su facturación, en la mayoría de los casos, apenas supera unos cientos de miles de euros al año. De ahí deben salir los sueldos de los empleados, los impuestos, los pagos a proveedores y un sinfín de imprevistos. En estas condiciones, alcanzar un margen de beneficio del 5 % o del 10 % es, para muchos, casi una hazaña.

¿Quiénes están detrás de estas empresas? Personas valientes, creativas, luchadoras. Emprendedores que han decidido no ser empleados por cuenta ajena —ni en el sector público ni en el privado—, sino apostar por una idea, por un sueño. Personas que asumen el riesgo de perderlo todo para tratar de construir algo propio. Y en no pocos casos, más que perder lo invertido, terminan perdiendo la salud o la estabilidad familiar.

En mis más de treinta años recorriendo los pueblos de España, he tenido el privilegio de conocer a miles de estos empresarios. Hombres y mujeres que, en muchos casos, comenzaron a trabajar en la adolescencia, porque no tuvieron otra opción. Personas que, con frecuencia, no figuran en listas ni aparecen en medios, pero que son, en mi opinión, un verdadero ejemplo de dignidad, esfuerzo y fe.

Recuerdo a mujeres con las manos destrozadas por los tintes de peluquería que me pedían consejo para poder seguir trabajando; a transportistas y agricultores que, pese al dolor acumulado por años de esfuerzo físico, mantenían el ánimo y el compromiso; a empresarios que trabajaban de sol a sol para poder mantener a sus empleados, aunque eso implicara renunciar a sus propias vacaciones, salud o tranquilidad.

Ellos no forman parte del IBEX 35. No tienen yates ni mansiones en la costa. Pero han creado riqueza real. Han levantado proyectos con sus propias manos. Han generado empleo en sus barrios y pueblos, con sus vecinos, familiares y conocidos. Y, sin embargo, en algunos discursos sociales o ideológicos se cuestiona la ética del beneficio empresarial como si fuera sinónimo de codicia o de injusticia.

Desde mi visión cristiana del trabajo, me resulta incomprensible que se vea con sospecha que un pequeño empresario obtenga beneficios por su esfuerzo. Lo que queda después de pagar impuestos, sueldos y obligaciones debería ser suyo, sin culpa ni reproche. ¿Acaso no hace lo mismo un trabajador por cuenta ajena con su salario? ¿No tiene derecho también el empresario a disfrutar de lo que legítimamente ha ganado?

Un empresario no es bueno ni malo por serlo, igual que un trabajador no lo es por su condición. Pero muchos de estos empresarios, silenciosos y constantes, son, en mi opinión, un modelo cristiano de vida: responsables, comprometidos, generosos. Son parte del rostro oculto de un país que resiste gracias a su trabajo.

Y pienso, con esperanza, que si la Doctrina Social de la Iglesia llegara con más fuerza a estos hombres y mujeres, muchos encontrarían en ella un consuelo y un sentido más profundo a su vocación. Porque su labor no solo es legítima: es esencial. Son verdaderos benefactores de nuestra sociedad.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas