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Un sacerdote elevando la hostia y el cáliz durante la consagración en la Eucaristía

Un sacerdote elevando la hostia y el cáliz durante la consagración en la Eucaristía

Si rezas esta oración después de comulgar puedes ganar la indulgencia parcial

«Se concede indulgencia parcial al fiel cristiano que pronuncie cualquier fórmula piadosa legítimamente aprobada: en la acción de gracias después de la comunión», recoge el Decreto Enchiridion indulgentiarum de la Penitenciaría Apostólica

La Iglesia Católica cuenta con una vasta y rica herencia de oración, forjada a lo largo de milenios de fe. Sin embargo, con el paso del tiempo, muchas de estas oraciones, que en otro momento fueron auténticos pilares del sentir religioso y de la vivencia cristiana, han ido cayendo en el olvido.

Así ha ocurrido con la oración Anima Christi («Alma de Cristo»), una plegaria que se remonta a la Edad Media, probablemente alrededor del siglo XIV. Este himno preciso no solo ayuda a hacer una súplica y facilita la conversación con Jesús, sino que, si se reza con auténtica devoción y apertura del corazón a la gracia después de comulgar, se concede una indulgencia parcial; una gracia que borra una parte de la pena temporal por los pecados cometidos y perdonados.

Así consta en el Decreto Enchiridion indulgentiarum de la Penitenciaría Apostólica: «Se concede indulgencia parcial al fiel cristiano que pronuncie cualquier fórmula piadosa legítimamente aprobada en la acción de gracias después de la comunión (por ejemplo, 'Alma de Cristo', 'Oh mi amado y buen Jesús')».

Aunque no se sabe bien quién escribió esta joya de la espiritualidad católica, sí se conoce que su difusión creció cuando el Papa Juan XXII concedió indulgencias a quienes la rezaran después de comulgar. Asimismo, san Ignacio de Loyola adoptó esta oración y la hizo tan suya que «la colocó al comienzo de sus Ejercicios espirituales», según explica la Enciclopedia Católica.

Esta oración tan completa nos recuerda la Pasión de Jesucristo y busca una mayor unión con el Hijo a través de su presencia real en la Eucaristía, para que se cumpla lo que recoge san Juan en su Evangelio: «El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él».

La oración dice así:

Alma de Cristo santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
Oh, buen Jesús, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del maligno enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén
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