El féretro que contenía los restos mortales de monseñor Álvarez fue colocado de cara al pueblo, como corresponde a un obispo, que fue revestido con su casulla y su mitra. Mientras, la liturgia pedía a Dios que quede «revestido de la gloria en tu presencia»; con el báculo, signo del pastor, «para que sea reconocido ahora por Cristo, el Supremo Pastor», y la Palabra «que se predica a los hermanos».