Pues... haceos anglicanos
Créanme que lo digo sin la menor acritud; lo propongo desde la inquietud y la congoja que me produce escucharles, y con el mejor deseo de que encuentren su camino y una Iglesia que se acomode a sus demandas
Trato de escuchar a todos, y de todos sacar lo positivo. Por aquello de reconocer la verdad sin mirar de dónde viene. Pero confieso que no logro entender a esos católicos –más ruidosos que numerosos– a quienes les parece mal casi cualquier cosa que hace la Iglesia católica y admiran, alaban y ponderan los «pasos hacia adelante» que dan otras iglesias.
La última muestra de esto lo podemos ver en la elección de la 'arzobispa' de Canterbury, Sarah Mullally, anunciada este viernes. Inmediatamente, estos católicos bulliciosos pero escasos han lanzado loas, ayes y suspiros por la «decisión valiente» de la Iglesia anglicana, a la vez que le señalan a la católica el camino que, a su juicio, debería seguir.
No es, por supuesto, el único cambio que exigen. Son los mismos del celibato opcional –no en vano, muchos de ellos son ex sacerdotes–; de la ordenación de mujeres y de homosexuales que no tratan de vivir en castidad; de los que cuestionan la presencia real de Cristo en la eucaristía; de los que menosprecian la oración; de los que niegan la existencia del castigo eterno; de los del Jesús de Nazaret hippie, buenrollista y perrofláutico.
Les confieso que siempre que les oigo exponer sus lamentos «por una Iglesia más pobre, más de la gente, menos heteropatriarcal y machista, menos jerárquica, más inclusiva, más plural» y similar retahíla, me surge la misma pregunta: ¿Por qué no se van de la Iglesia católica y se hacen protestantes, o anglicanos, o montan su propio chiringuito? Créanme que lo digo sin la menor acritud; lo propongo desde la inquietud y la congoja que me produce escucharles, y con el mejor deseo de que encuentren su camino y una Iglesia que se acomode a sus demandas.
Yo no soy más que un mal seguidor de Jesucristo, débil y pecador, aunque con la confianza que me da el saberme infinitamente amado. No trato de dar ninguna lección desde la atalaya de mi perfección personal, porque esa atalaya, en caso de que existiera, estaría a ras de suelo. Confío en que el Señor es quien lleva las riendas de la Iglesia y, por tanto, de cada uno de nosotros, sus ovejas amadas. Y eso me da paz y serenidad.
Sé que todos los proyectos humanos, cálculos, estrategias, planes pastorales, métodos e iniciativas no sirven para nada si no vienen de Dios. Porque sin mí no podéis hacer nada. Lo que no implica, desde luego, cerrar los ojos a los errores de la Iglesia –empezando por los míos, porque soy parte de la Iglesia– y esperar tumbado a que Él lo haga todo, pero tampoco a dar un solo paso en una dirección que no sea la que Él me mande.
Anhelar que la Iglesia católica renuncie a lo que es para convertirse en otra cosa, más próxima al anglicanismo o al protestantismo, no tiene ningún sentido. Ni siquiera desde el punto de vista puramente práctico: la Iglesia anglicana está en horas bajas o, más bien, bajísimas, con los jóvenes católicos practicando más su fe que sus contemporáneos de la Iglesia de Inglaterra; cinco obispos abandonaban en los últimos años el anglicanismo para pasarse a la obediencia a Roma, y la bendición a parejas homosexuales desató de nuevo el cisma en su seno. Entre los metodistas, las cosas no pintan mejor: la potente congregación de Costa de Marfil ha abandonado en bloque la comunión con sus correligionarios estadounidenses por la deriva woke que han adoptado desde hace años.
En fin, que en estos casos siempre hay que echar mano de G. K. Chesterton y de uno de sus geniales epigramas: «En el borde de un precipicio solo hay una manera de ir para adelante: dar un paso atrás». No, no es añorar tiempos pretéritos ni formas antiguas. Es, sencillamente, no despeñarse. Y, si aun así, esto no os convence... Pues haceos anglicanos.