«Es verdad que también hoy, como en tiempos de Malaquías, hay quienes dicen: 'Es inútil servir a Dios' (Ml 3,14). Es un modo de pensar que lleva a una auténtica parálisis del alma, por la cual uno se contenta con una vida hecha de instantes fugaces, de relaciones superficiales e intermitentes, de modas pasajeras, todas ellas, cosas que dejan vacío el corazón. Para ser verdaderamente feliz, el hombre no necesita de eso, sino de experiencias de amor consistentes, duraderas, sólidas, y ustedes, con el ejemplo de su vida consagrada, como los árboles exuberantes de los que hemos cantado en el salmo responsorial (cf. Sal 1,3), pueden difundir en el mundo el oxígeno de ese modo de amar».