Fundado en 1910
También Clara, una joven de Asís, de familia noble, se unió a la escuela de Francisco. Así nació la Segunda Orden franciscana, la de las clarisas, otra experiencia destinada a dar insignes frutos de santidad en la Iglesia. También el sucesor de Inocencio III, el Papa Honorio III, con su bula Cum dilecti de 1218 sostuvo el desarrollo singular de los primeros Frailes Menores, que iban abriendo sus misiones en distintos países de Europa, incluso en Marruecos. En 1219 Francisco obtuvo permiso para ir a Egipto a hablar con el sultán musulmán Melek-el-Kâmel, para predicar también allí el Evangelio de Jesús. Deseo subrayar este episodio de la vida de san Francisco, que tiene una gran actualidad. En una época en la cual existía un enfrentamiento entre el cristianismo y el islam, Francisco, armado voluntariamente sólo de su fe y de su mansedumbre personal, recorrió con eficacia el camino del diálogo. Las crónicas nos narran que el sultán musulmán le brindó una acogida benévola y un recibimiento cordial. Es un modelo en el que también hoy deberían inspirarse las relaciones entre cristianos y musulmanes: promover un diálogo en la verdad, en el respeto recíproco y en la comprensión mutua (cf. Nostra aetate, 3). Parece ser que después, en 1220, Francisco visitó la Tierra Santa, plantando así una semilla que daría mucho fruto: en efecto, sus hijos espirituales hicieron de los Lugares donde vivió Jesús un ámbito privilegiado de su misión. Hoy pienso con gratitud en los grandes méritos de la Custodia franciscana de Tierra Santa. A su regreso a Italia, Francisco encomendó el gobierno de la Orden a su vicario, fray Pietro Cattani, mientras que el Papa encomendó la Orden, que recogía cada vez más adhesiones, a la protección del cardenal Ugolino, el futuro Sumo Pontífice Gregorio IX. Por su parte, el Fundador, completamente dedicado a la predicación, que llevaba a cabo con gran éxito, redactó una Regla, que fue aprobada más tarde por el Papa. En 1224, en el eremitorio de la Verna, Francisco ve el Crucifijo en la forma de un serafín y en el encuentro con el serafín crucificado recibe los estigmas; así llega a ser uno con Cristo crucificado: un don, por lo tanto, que expresa su íntima identificación con el Señor. La muerte de Francisco —su transitus— aconteció la tarde del 3 de octubre de 1226, en "la Porziuncola". Después de bendecir a sus hijos espirituales, murió, recostado sobre la tierra desnuda. Dos años más tarde el Papa Gregorio IX lo inscribió en el catálogo de los santos. Poco tiempo después, en Asís se construyó una gran basílica en su honor, que todavía hoy es meta de numerosísimos peregrinos, que pueden venerar la tumba del santo y gozar de la visión de los frescos de Giotto, el pintor que ilustró de modo magnífico la vida de Francisco. Se ha dicho que Francisco representa un alter Christus, era verdaderamente un icono vivo de Cristo. También fue denominado "el hermano de Jesús". De hecho, este era su ideal: ser como Jesús; contemplar el Cristo del Evangelio, amarlo intensamente, imitar sus virtudes. En particular, quiso dar un valor fundamental a la pobreza interior y exterior, enseñándola también a sus hijos espirituales. La primera Bienaventuranza en el Sermón de la montaña —Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5, 3)— encontró una luminosa realización en la vida y en las palabras de san Francisco. Queridos amigos, los santos son realmente los mejores intérpretes de la Biblia; encarnando en su vida la Palabra de Dios, la hacen más atractiva que nunca, de manera que verdaderamente habla con nosotros. El testimonio de Francisco, que amó la pobreza para seguir a Cristo con entrega y libertad totales, sigue siendo también para nosotros una invitación a cultivar la pobreza interior para crecer en la confianza en Dios, uniendo asimismo un estilo de vida sobrio y un desprendimiento de los bienes materiales. En Francisco el amor a Cristo se expresó de modo especial en la adoración del Santísimo Sacramento de la Eucaristía. En las Fuentes franciscanas se leen expresiones conmovedoras, como esta: "¡Tiemble el hombre todo entero, estremézcase el mundo todo y exulte el cielo cuando Cristo, el Hijo de Dios vivo, se encuentra sobre el altar en manos del sacerdote! ¡Oh celsitud admirable y condescendencia asombrosa! ¡Oh sublime humildad, oh humilde sublimidad: que el Señor del mundo universo, Dios e Hijo de Dios, se humilla hasta el punto de esconderse, para nuestra salvación, bajo una pequeña forma de pan!" (Francisco de Asís, Escritos, Editrici Francescane, Padua 2002, p. 401). En este Año sacerdotal me complace recordar también una recomendación que Francisco dirigió a los sacerdotes: "Siempre que quieran celebrar la misa ofrezcan purificados, con pureza y reverencia, el verdadero sacrificio del santísimo Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo" (ib., 399). Francisco siempre mostraba una gran deferencia hacia los sacerdotes, y recomendaba que se les respetara siempre, incluso en el caso de que personalmente fueran poco dignos. Como motivación de este profundo respeto señalaba el hecho de que han recibido el don de consagrar la Eucaristía. Queridos hermanos en el sacerdocio, no olvidemos nunca esta enseñanza: la santidad de la Eucaristía nos pide ser puros, vivir de modo coherente con el Misterio que celebramos. Del amor a Cristo nace el amor hacia las personas y también hacia todas las criaturas de Dios. Este es otro rasgo característico de la espiritualidad de Francisco: el sentido de la fraternidad universal y el amor a la creación, que le inspiró el célebre Cántico de las criaturas. Es un mensaje muy actual. Como recordé en mi reciente encíclica Caritas in veritate, sólo es sostenible un desarrollo que respete la creación y que no perjudique el medio ambiente (cf. nn. 48-52), y en el Mensaje para la Jornada mundial de la paz de este año subrayé que también la construcción de una paz sólida está vinculada al respeto de la creación. Francisco nos recuerda que en la creación se despliega la sabiduría y la benevolencia del Creador. Él entiende la naturaleza como un lenguaje en el que Dios habla con nosotros, en el que la realidad se vuelve transparente y podemos hablar de Dios y con Dios.

También Clara, una joven de Asís, de familia noble, se unió a la escuela de Francisco. Así nació la Segunda Orden franciscana, la de las clarisas

El 'escándalo' de no poseer nada: las 5 claves de Santa Clara de Asís para vivir sin miedo al futuro

¿Es posible mantener la alegría cuando todo a nuestro alrededor parece desmoronarse? La respuesta de Santa Clara, cuya festividad se celebra hoy, es un rotundo «sí» basado en la esperanza franciscana, esa que no exige ni reivindica, sino que simplemente confía

En la oscuridad de una noche de primavera en Asís, una joven de dieciocho años cruzó el umbral de su palacio para no volver jamás. No huía por un impulso adolescente, sino para cambiar las «luces artificiales» de su alcurnia por la luz de una fe que hace que la noche sea clara como el día. Quizá por eso su nombre le haga justicia. Santa Clara (1194-1253) no buscaba una rebelión antisistema, sino una vida clara, una libertad clara: la del «sin propio». Su legado, desgranado en una homilía de monseñor González Chaves, nos invita a redescubrir la pobreza no como carencia, sino como el máximo privilegio de quien ha decidido comer, cada día, de la mano de Dios.

La dignidad de la «Dama Pobre» frente al tópico

San Francisco, lejos de la imagen distorsionada de «hippie» o anarquista, era un caballero elegante que depositó en Clara una confianza inédita en la historia de la Iglesia. Él no las llamó «clarisas», sino «Damas Pobres», reconociendo en ellas a las esposas del Rey, señoras que no necesitaban el boato o las rimbombantes cogullas de otras órdenes para manifestar su nobleza espiritual. Esta nueva fraternidad nacía de una valoración profunda de las potencialidades de la mujer, alguien que, sin ser «nada» a los ojos del mundo, iniciaría una familia que se ramificaría por toda Europa.

Clara no fundó su orden bajo una estructura jurídica tradicional, sino que optó por la gallardía de ser verdaderamente una «Dama Pobre», cimentando su regla en un plus de exigencia penitencial y una separación radical del ruido exterior para vivir únicamente de la Providencia. Su identidad no residía en un nombre o un prestigio social, sino en la valentía de caminar hacia la «nada» humana, despojándose de apellidos y posesiones para revestirse de una luz que hace que la noche sea clara como el día. Ser una «Dama Pobre» implicaba, por tanto, una gallardía que solo se entiende desde el vasallaje al único Señor.

El «sine proprio»: el rechazo a los anclajes de seguridad

La pobreza franciscana que abrazó Clara va mucho más allá de no poseer bienes materiales; se define por el concepto del sine proprio o vivir «sin propio». No se trata solo de usar un hábito de limosna, sino de renunciar a anclarse en cualquier seguridad de futuro, de comunidad, de oficio o incluso afectiva. Clara buscaba la inseguridad y la incertidumbre de San Damián, donde todo estaba por hacer, para poder imitar con total fidelidad al Crucificado pobre.

Este despojo radical llevó a Clara a solicitar un «privilegio de la pobreza» que resultaba casi escandaloso para la época: el derecho canónico a no tener rentas ni posesiones estables. Mientras otros monasterios buscaban la tranquilidad de una organización segura, Clara corría «ligera de equipaje», convencida de que quien alimenta a los pájaros del cielo no permitiría que a sus hijas les faltase el alimento. Su vida era una peregrinación nómada dentro de la clausura, sin ciudad permanente aquí abajo.

El secreto de la esperanza: comer de la mano de Dios

Como bien señala la literatura espiritual, los pobres poseen el secreto de la esperanza porque, a diferencia del resto de los hombres que exigen y reivindican, ellos esperan. Santa Clara encarna esa «pequeña niña» de la que hablaba Péguy: la esperanza que guía a la fe y a la caridad. Al salir de su casa hacia la Porciúncula, Clara cambió las luces artificiales por la luz de la fe, caminando por cañadas oscuras sin miedo al mañana porque su suerte estaba en manos de Dios.

Esta confianza inquebrantable la hacía vivir la experiencia de los lirios del campo. Para Clara, la mano de Dios no es «abreviada», sino que convierte todo en delicioso, permitiéndole caminar en la noche como Abraham, creyendo contra toda esperanza. En un mundo de desesperados, la santa de Asís demuestra que solo los pobres esperan de verdad, porque han renunciado a sus propios recursos para contar únicamente con el auxilio del Señor.

El espejo de Cristo: un amor despojado de esplendor

La mística de Clara se resume en la invitación a mirarse en un espejo muy concreto: el rostro de Cristo, el «Amor pobre». Ella exhortaba a sus hermanas a contemplar a su Esposo, el más hermoso de los hombres, que por nuestra salvación se hizo el más despreciado, colgado de una cruz. Esta imitación del despojo de Cristo no era una teoría, sino una vivencia cotidiana en un siglo XIII sin seguridad social ni médicos, donde la supervivencia dependía directamente de la Providencia.

Clara aprendió que, si uno muere con Él en la cruz de la tribulación, poseerá con Él las mansiones eternas. Su mirada estaba tan fija en la «secreta dulzura» que Dios reserva a los que le aman, que cualquier forma de prestigio o afán de poseer le resultaba un obstáculo para la felicidad. En la pequeñez y en el ser las «últimas», Clara encontraba la verdadera libertad para adherirse a Cristo pobre, un negocio que consideraba grande y laudable.

«Esperar por todos»: la misión actual de las hijas de Clara

Si Santa Clara viviese hoy, no perdería el tiempo en recriminar el pasado o en nutrir aprensiones por el futuro; estaría «demasiado ocupada en amar a Cristo», como afirma González Chaves. Su vocación, heredada por las clarisas actuales, es la de mantener viva la esperanza en el corazón de una Iglesia y un mundo que se estremecen de desesperación. Se trata de «esperar por todos», especialmente por aquellos que hoy saborean la angustia del desierto y necesitan que alguien les devuelva el «verde» a su esperanza.

Quizás la gran tentación de hoy sea creer que la presencia de Dios depende del éxito estadístico, olvidando que la falta de vocaciones, la enfermedad o cualquier otra dificultad no nos sacan de la seguridad de Sus manos. Sin embargo, el espíritu de Clara exige un «salto en el vacío» y un abandono sin límites a los designios misteriosos de Dios. Porque solo cuando se tiene un corazón de pobre, anclado únicamente en el Señor, se puede sostener la esperanza universal y caminar, gozosa y alegre, por el camino de la felicidad.

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