Una minitatura del Te Deum, de la Biblioteca Apostolica Vaticana
Qué es el «Te Deum» y por qué la Iglesia lo reza al comenzar el Año Nuevo
Cada 1 de enero, la Iglesia eleva una antigua oración de alabanza y gratitud: el Te Deum, el himno que marca el inicio del año confiando la historia personal y colectiva a la Providencia de Dios.
Al comenzar un año, cuando el calendario se renueva y muchos hacen balance y trazan proyectos de futuro, la Iglesia propone una oración para huir del voluntarismo estéril y arrancar el nuevo ciclo desde el agradecimiento y la confianza en Dios. Es el Te Deum, un antiguo y solemne himno de acción de gracias, que invita a los fieles a reconocer la presencia de Dios en la historia y a depositar en su Providencia el tiempo que comienza.
Lejos de ser una costumbre piadosa menor, el Te Deum forma parte del patrimonio espiritual más antiguo del cristianismo, y su rezo en el cambio de año encierra una enseñanza teológica de hondo calado: nada de lo vivido ha quedado fuera de la Providencia de Dios.
Porque como decía Benedicto XVI en el segundo tomo de su biografía de Jesús de Nazareth, «a Dios la historia nunca se le va de las manos».
Un himno nacido en los primeros siglos
El Te Deum –cuyo nombre proviene del inicio en latín Te Deum laudamus («A ti, Dios, te alabamos»)– es un himno cristiano que se remonta, al menos, al siglo IV.
La tradición lo ha atribuido durante siglos a san Ambrosio y san Agustín, aunque algunos estudios más recientes apuntan hacia un origen coral, ligado a la liturgia de las primeras comunidades cristianas y que tal vez pudieran imbricar aquellos dos grandes santos y teólogos.
Por eso, desde muy pronto, la Iglesia lo reservó para momentos especialmente solemnes de acción de gracias: ordenaciones episcopales, canonizaciones, elecciones pontificias, victorias providenciales o acontecimientos históricos de especial relevancia.
Con el paso de los siglos, su uso se consolidó también al final y al inicio del año civil, como expresión pública de agradecimiento a Dios y reconocimiento de su soberanía.
Por qué se reza el 1 de enero
La Iglesia propone el rezo del Te Deum el 1 de enero, solemnidad de Santa María Madre de Dios, para comenzar el año desde la alabanza, no desde la ansiedad ni desde la confianza en las meras fuerzas humanas. Frente a una cultura que mira el futuro con una mezcla de incertidumbre, voluntarismo y superstición, el Te Deum propone la lectura del tiempo como don.
El Catecismo, de hecho, recuerda que «la acción de gracias caracteriza la oración de la Iglesia», y por ese motivo, antes de pedir, el cristiano agradece a su Señor cuanto de Él, en su fidelidad, ha recibido.
Un texto que recorre toda la fe cristiana
Su texto es una auténtica síntesis de la fe que proclama la Iglesia, que confía el pasado a la misericordia de Dios y el futuro, a su Providencia.
Así, la oración comienza con la alabanza trinitaria, continúa con la proclamación de Cristo como Señor y Redentor, recuerda su encarnación y su victoria sobre la muerte, y termina con una súplica confiada.
Una forma de actualizar lo que ya cantaban los salmistas siglos antes del nacimiento del Mesías: «Yo confío en ti, Señor; te digo: Tú eres mi Dios. En tus manos están mis azares». Y no hay mejor forma de estrenar un nuevo año que poniéndolo, por entero, en las manos del Eterno.
La oración del Te Deum, en español
a ti, Señor, te reconocemos.
A ti, eterno Padre,
te venera toda la creación.
Los ángeles todos,
los cielos y todas las potestades te honran.
Los querubines y serafines
te cantan sin cesar:
Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del universo.
Los cielos y la tierra
están llenos de la majestad de tu gloria.
A ti te ensalza
el glorioso coro de los Apóstoles,
la multitud admirable de los Profetas,
el blanco ejército de los mártires.
A ti la Iglesia santa,
extendida por toda la tierra, te proclama:
Padre de inmensa majestad,
Hijo único y verdadero, digno de adoración,
Espíritu Santo, Defensor.
Tú eres el Rey de la gloria, Cristo.
Tú eres el Hijo único del Padre.
Tú, para liberar al hombre,
aceptaste la condición humana
sin desdeñar el seno de la Virgen.
Tú, rotas las cadenas de la muerte,
abriste a los creyentes el reino del cielo.
Tú te sientas a la derecha de Dios
en la gloria del Padre.
Creemos que un día
has de venir como juez.
Te rogamos, pues,
que vengas en ayuda de tus siervos,
a quienes redimiste con tu preciosa sangre.
Haz que en la gloria eterna
nos asociemos a tus santos.
Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice tu heredad.
Sé su pastor
y ensálzalo eternamente.
Día tras día te bendecimos
y alabamos tu nombre para siempre,
por eternidad de eternidades.
Dígnate, Señor, en este día
guardarnos del pecado.
Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.
Que tu misericordia, Señor,
venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
En ti, Señor, confié,
no me veré defraudado para siempre.
Amén.