La necesaria apertura de la Iglesia
Jacobo Negueruela Avellà, profesor colaborador de Doctor en el Departamento de Humanidades de la Universidad CEU Cardenal Herrera, explica qué es, y qué no debe ser, la apertura de la Iglesia al mundo
El Santo Padre, durante la bendición Urbi et Orbi en una plaza de San Pedro abarrotada
Me preguntaba un alumno-amigo el otro día, cómo es posible que la Iglesia esté en tan gran confusión y a qué es debido que haya tantas opiniones, corrientes, ideas, etc. que parecen contradecirse y oponerse dentro de la misma.
Ciertamente es un drama, pues todos querríamos que la Iglesia de Dios, cuerpo místico de Cristo, familia de la Santísima Trinidad, fuese una sola (ojalá, Dios quiera que algún día cercano nos podamos reunir con los ortodoxos) y bien avenida, en la perfección de la caridad y el amor mutuo, pero es evidente que eso no siempre se da. Nos parecemos más, me temo, a una familia humana normal y corriente donde hay desavenencias, problemas, discusiones, opiniones distintas, etc.
Tenía razón este chico, pues, al hacerme notar que desde la perfección del amor de Cristo que todos queremos y la esperanza de ser la sal de la Tierra, la luz del mundo y la familia de Dios, la Iglesia estaba muy lejos, quizás demasiado, de su ideal.
Es verdad que las críticas a la Iglesia deberían ser compensadas siempre con la alabanza, que poco se da, a sus inmensas obras de amor, de caridad, de confianza, de fe, de servicio, etc., que se viven tanto en las familias y trabajos, –humildes y sin ser conocidos–, como en las grandes realizaciones públicas –en tanto que mediadora de la paz, su acogida de enfermos, desesperados, solitarios, inmigrantes, ancianos, huérfanos, etc.–; pero aceptemos la crítica, porque la gente, incluso la no creyente, tiene derecho a criticar a la Iglesia y deberíamos escuchar sus críticas con espíritu humilde y de servicio, aunque no sea recíproco lo que ninguna institución humana recibe de críticas de la Iglesia ni de ninguna otra religión. Y eso porque es precisamente la obra de Dios.
La Iglesia es algo demasiado grande e importante para pensar que es del Papa, los cardenales, los obispos o los sacerdotes. No es de los religiosos o las religiosas ni tampoco de los que simplemente nos declaramos católicos de modo visible y público. La Iglesia ha sido fundada por Dios para la iluminación, guía y custodia de toda la humanidad, de los creyentes y de los no creyentes, de los que ya están dentro de ella y de los que aún pertenecen a otras religiones o cosmovisiones. La Iglesia no es de los Papas ni aun de los católicos, porque la Iglesia es un servicio universal (diakonia mundi) y por eso todo hombre y mujer, niño y anciano, tiene el derecho de decir de algún modo: ¿qué has hecho por mí? ¿cómo y cuándo me has dado esperanza? ¿dónde y cuándo me hablaste de Dios? ¿Hasta dónde fuiste a buscarme para ilustrarme y sostenerme? ¿cuánto te implicaste y te arriesgaste por mi salvación?
Ahora que es Navidad y volvemos a ver en muchos lugares de Europa manifestaciones de musulmanes tratando de prohibirla (como en Francia), boicoteando rezos en público de manera agresiva (como en Italia), prohibiendo los pesebres en las escuelas (como en España) o eludiendo textos cristianos de la felicitación de la Navidad (como en Nueva York), tenemos que volver a mirar a Cristo primero y, cargados de su amor y su sentido del sacrificio, volver a mirar a esa gente a la cara y decirles; «perdonadnos, no estuvimos a la altura de nuestra misión, Dios os ama como a sus favoritos, y os espera ahora y siempre en su Iglesia».
Sea de manera misteriosa o de forma pública, cada hombre está unido a la redención de Cristo, como enseñó el Concilio Vaticano II en Gaudium et spes, 22: «Todo esto vale no sólo para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos y la vocación última del hombre en realidad es una sola, a saber, la vocación divina. En consecuencia, debemos mantener que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, asociados al misterio pascual de la manera que sólo Dios conoce, lleguen a ser partícipes de la misma».
Por ello en la Iglesia tenemos que hacer sitio para todos, para los que están ya más avanzados en Gracia y santidad y para los que aún, con gran ignorancia y debilidad, intentamos aprender alguna cosa para hacer algo digno de las palabras y las obras de Dios. Todo lo demás, me temo, aunque comprensible humanamente por el miedo y el sentido de la justicia y reciprocidad, no está a la altura de nuestra verdadera vocación, como no está a la altura de aquel que, llevado como oveja al matadero, no abrió la boca (Cf. Is 53, 7).