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Tomás Moro, de Hans Holbein el Joven

Tomás Moro, de Hans Holbein el Joven

La impactante carta sobre la plena confianza en Dios que Tomás Moro escribió a su hija antes de ser decapitado

Una misiva que recuerda a la historia el firme testimonio de un hombre que prefirió el favor divino a la clemencia del rey

Encerrado en la Torre de Londres y despojado de los honores que una vez le brindó la corona, Tomás Moro aguarda el desenlace de su negativa a jurar contra su conciencia. El otrora Gran Canciller de Inglaterra, lejos de lamentar la pérdida de sus bienes o su posición, escribió desde la cárcel a su hija Margarita con la seguridad de quien ha entendido que el favor del rey no compensa el sacrificio de la propia alma.

Moro comienza reconociendo que, si Dios actuara solo con justicia, bien podría abandonarlo: «la maldad de mi vida pasada es tal que merecería que Dios me abandonase del todo». No se presenta como un inocente acosado por el sistema, sino como un pecador que vive de la misericordia. Y, sin embargo, inmediatamente añade lo decisivo: «Ni por un momento dejaré de confiar en su inmensa bondad». Un punto que bien podría considerarse el eje de toda la carta: la esperanza cristiana nace de la confianza en Dios.

El que fue padre de familia, jurista, filósofo y teólogo, entre otros oficios, no se considera un derrotado, sino que interpreta su situación como un don inesperado. La gracia —dice— le ha dado fuerzas para «postergarlo todo: las riquezas, las ganancias y la misma vida, antes que prestar juramento en contra de mi conciencia», llegando a afirmar que el rey le ha hecho «un favor más grande» privándolo de libertad que colmándolo antes de honores.

Cuando la conciencia vale más que la vida

La misiva enviada a su hija también profundiza en la paciencia cristiana, entendida no como resignación pasiva, sino como fortaleza. Moro no sabe qué le espera, pero confía en que Dios no permitirá que el rey vaya más allá de lo que Él quiere, o bien le dará «la fuerza necesaria para sufrir lo que sea con paciencia, con fortaleza y de buen grado». No pone condiciones a Dios, sino que acepta tanto la liberación como el martirio, porque lo importante no es el desenlace, sino permanecer fiel.

Hay, además, una teología sencilla y profunda del sufrimiento. Lo relativiza a la luz de Cristo: la pasión del Señor es «infinitamente superior en todos los aspectos a todo lo que yo pueda sufrir». Su dolor, unido al de Cristo, purifica, repara y —explica— «mitigará la pena que tenga que sufrir en el purgatorio».

Pero santo Tomás no era un estoico imperturbable; sabía que estaba hecho de carne y hueso y admite su miedo. Se sabe «débil y frágil», y por eso se encomienda al ejemplo de san Pedro. Si empieza a hundirse, hará lo mismo que el apóstol: «Gritaré a Cristo: Señor, sálvame». Incluso contempla la posibilidad de caer gravemente —«jurar y perjurar»— y, aun así, se abandona a la misericordia de Dios, confiando en que una mirada de Cristo pueda levantarlo de nuevo.

El final de la carta condensa todo lo que quiere que le quede claro a su querida hija Margarita, quien más tarde recogería la cabeza de su padre, expuesta en una pica en el Puente de Londres: «Dios no me abandonará sin culpa mía», afirma. Y se pone «totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza». Incluso en la hipótesis extrema de su perdición, reconoce que la justicia de Dios sería digna de alabanza.

A Margarita, y con ella a cualquiera que lea hoy estas líneas, le deja una consigna: no preocuparse en exceso por las cosas de este mundo: «Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor».

Carta de santo Tomás Moro a su hija Margarita

«Aunque estoy bien convencido, mi querida Margarita, de que la maldad de mi vida pasada es tal que merecería que Dios me abandonase del todo, ni por un momento dejaré de confiar en su inmensa bondad. Hasta ahora, su gracia santísima me ha dado fuerzas para postergarlo todo: las riquezas, las ganancias y la misma vida, antes que prestar juramento en contra de mi conciencia; hasta ahora, ha inspirado al mismo rey la suficiente benignidad para que no pasara de privarme de la libertad (y, por cierto, que con esto solo su majestad me ha hecho un favor más grande, por el provecho espiritual que de ello espero sacar para mi alma, que con todos aquellos honores y bienes de que antes me había colmado). Por esto, espero confiadamente que la misma gracia divina continuará favoreciéndome, no permitiendo que el rey vaya más allá, o bien dándome la fuerza necesaria para sufrir lo que sea con paciencia, con fortaleza y de buen grado.

Esta mi paciencia, unida a los méritos de la dolorosísima pasión del Señor (infinitamente superior en todos los aspectos a todo lo que yo pueda sufrir), mitigará la pena que tenga que sufrir en el purgatorio y, gracias a su divina bondad, me conseguirá más tarde un aumento premio en el cielo.

No quiero, mi querida Margarita, desconfiar de la bondad de Dios, por más débil y frágil que me sienta. Más aún, si a causa del terror y el espanto viera que estoy ya a punto de ceder, me acordaré de san Pedro, cuando, por su poca fe, empezaba a hundirse por un solo golpe viento, y haré lo que él hizo. Gritaré a Cristo: Señor, sálvame. Espero que entonces él, tendiéndome la mano, me sujetará y no dejará que me hunda.

Y, si permitiera que mi semejanza con Pedro fuera aún más allá, de tal modo que llegara a la caída total y a jurar y perjurar (lo que Dios, por su misericordia, aparte lejos de mí, y haga que una tal caída redunde más bien en perjuicio que en provecho mío), aun en este caso espero que el Señor me dirija, como a Pedro, una mirada llena de misericordia y me levante de nuevo, para que vuelva a salir en defensa de la verdad y descargue así mi conciencia, y soporte con fortaleza el castigo y la vergüenza de mi anterior negación.

Finalmente, mi querida Margarita, de lo que estoy cierto es de que Dios no me abandonará sin culpa mía. Por esto, me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza. Si a causa de mis pecados permite mi perdición, por lo menos su justicia será alabada a causa de mi persona. Espero, sin embargo, y lo espero con toda certeza, que su bondad clementísima guardará fielmente mi alma y hará que sea su misericordia, más que su justicia, lo que se ponga en mí de relieve.

Ten, pues, buen ánimo, hija mía, y no te preocupes por mí, sea lo que sea que me pase en este mundo. Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor».
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