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Cada 2 de febrero, justo cuarenta días después del 25 de diciembre, se celebra la fiesta litúrgica de la Presentación del Niño Jesús en el Templo, uno de los pocos momentos de la infancia de Jesús que se recogen en los evangelios. Este gesto entronca con una antigua tradición judía basada en la convicción de que cada primogénito, ya sea humano o animal, pertenece a Dios. Israel tenía la certeza, por la fe creacional, de que la vida, porque viene de Dios, tiene carácter sagrado y porque de Él la recibimos a Él debe ser ofrecida con fe y gratitud.

Por otro lado, esta práctica judía remitía al acontecimiento de la Pascua, a la liberación de la esclavitud en Egipto. La noche de la salida, los hijos de Israel fueron rescatados de la muerte, que golpeó sin compasión a todos los primogénitos del pueblo egipcio, por la sangre del cordero que sellaba las jambas de las casas de las familias judías.

Así, la sangre derramada en el nacimiento y en la noche de la salvación –esa que llega a cada uno misteriosamente como gracia luminosa en el límite de la desesperación en la que Dios nos espera y nos busca– son para nosotros memoria de nuestra pertenencia a Dios. De Él hemos recibido y recibimos incesantemente todo lo que somos y tenemos para vivir de veras, que no son las cosas o lo que logramos con el esfuerzo o el dinero, sino el milagro de estar vivos, la gracia del perdón por la que nacemos, de nuevo, a la esperanza de un futuro mejor, el sentido para vivir por el amor precedente, de Dios y de tantos, que nos cuidan y nos dan su vida como compañía y en esto mismo está el secreto de una existencia libre, porque amada.

Sabemos que una buena pregunta es, en gran parte, la clave para lograr una mejor respuesta. De aquí esta bellísima recomendación de Rilke al joven poeta: «Intenta amar las preguntas por sí mismas». Resulta absolutamente provocativo el interrogante que, con ocasión de la celebración del día de la vida consagrada en este año 2026, se nos lanza como lema: «¿Para quién eres?».

Se trata de un giro de ciento ochenta grados teniendo en cuenta las cuestiones imperantes de nuestra sociedad hoy que se mueven, más o menos, en esta línea: ¿Quién soy? ¿Cómo realizarme? ¿Cómo alcanzar ni bienestar? ¿Qué necesito para llegar a ser lo que quiero ser?

Asfixiados de tanta autorreferencialidad y de la carga frustrante de la autorrealización, hastiados del propio provecho, de la búsqueda de un bienestar que no nos lleva a gustar la verdadera alegría, el signo de una vida entregada para los demás despierta, paradójicamente, una esperanza.

La belleza de una vida dada completamente a Dios y a los hombres –esta podría ser una forma sencilla de explicar la virginidad o el voto de castidad que caracteriza la vida consagrada– brilla con un atractivo más fuerte, sobre todo más profundo y verdadero, que el de los anuncios y el marqueting.

El consagrado, sin palabras, solo con su presencia, anuncia que la existencia es plena cuando se da y se gasta por amor a los demás. Esta gratuidad se percibe especialmente en las dos formas de vida que expresan con radicalidad los dos polos esenciales de esta vocación. Me refiero a la vida contemplativa, donde es escandaloso el despilfarro de la existencia, el tiempo, las oportunidades y las capacidades para solo Dios y, en el otro extremo, la vida misionera en la que de forma radical se asume el destino del otro, especialmente el destino de pobreza, liminalidad, exclusión, extranjería… por pura compasión, sin más razón que compartir la vida con el pobre porque allí, entre ellos, está el Dios que se ha hecho Pobre y al que amamos.

María y José van al templo de Jerusalén como meros portadores, de aquí el nombre popular de esta fiesta como la Candelaria. Ellos son los portadores de la Luz. El protagonista del viaje, de cada paso y de cada encuentro en el Templo es Jesús. Ellos viven para Él. Simeón y Ana, los dos ancianos que reconocen en el Niño el cumplimiento de las promesas de Dios, estaban esperándole. Llevaban años viviendo para este momento, para encontrarle. Jesús mismo, el Niño, tampoco vive para sí, es total ofrenda al Padre.

Y tú, ¿para quién vives?

Hna. Carolina Blázquez Casado, OSA. Directora de la Cátedra de Vida Consagrada. Universidad Eclesiástica San Dámaso