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Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo

¿Por qué Jesús dijo que no podemos servir a Dios y al dinero (y no al poder, al sexo o a la violencia)?

El dinero tiene algo que lo vuelve pegajoso y nos atrapa por dentro, como le sucedió al personaje de Gollum en El señor de los anillos. Por eso Jesús nos advirtió que no podemos dar culto a Dios mientras al mismo tiempo tenemos el corazón entregado a los bienes

«No podéis servir a Dios y al dinero»AL

«No podéis servir a Dios y al dinero», dice Jesús en el capítulo 6 del Evangelio de San Mateo. De entrada, es una frase contundente que abre algunos interrogantes: ¿por qué el Señor menciona el dinero como lo opuesto al culto a Dios, y no citó otras tentaciones quizá más llamativas, como el placer o el poder? ¿Por qué solo habló del dinero de esta manera tan categórica? Para desentrañar este misterio acudimos a Juan Luis Caballero, profesor de Sagrada Escritura en la Universidad de Navarra, que además es economista de profesión: «Hay que empezar entendiendo el contexto en el que están incluidas estas palabras, un lugar muy concreto como es el Sermón de la Montaña, que constituye una especie de presentación general de la vida según el Evangelio».

«De lo que está hablando Jesús es del corazón del discípulo, y de que en su centro no puede haber nada ni nadie más que Dios», aclara. De este modo, insiste en una serie de cuestiones que afectan a quienes tiene delante, válidas para los creyentes de todos los tiempos, y así contrapone la sana relación con el dinero a la que tenían con los bienes algunos fariseos de su tiempo: «El amor por las riquezas de algunos de ellos es algo que aparece a lo largo de todo el Evangelio. Son personas que han sustituido la centralidad de Dios en sus corazones por la centralidad del dinero».

De hecho, para subrayar este aspecto, Mateo utiliza un verbo que en griego significa «ser esclavo». «Lo que está diciendo Jesús es que estas personas han cambiado a Dios como su Señor para ser esclavos del dinero y las riquezas». Como contrapunto, «Jesús dice que la justicia, lo que nosotros podríamos llamar santidad, es que en el corazón del creyente esté solo Dios».

La clave es saber dónde tiene puesto cada uno el corazónIreneusz Skorupa

Todo esto no quiere decir que el dinero sea malo, sino que lo que está mal es sustituir a Dios por él, y de hecho en la Escritura aparecen personas con riquezas que las ponen al servicio de los demás, hospedan a los peregrinos y ayudan a los pobres. «Jesús también llama a la gente rica y no les pide, por así decir, que se hagan pobres», matiza el profesor de la UNAV. De hecho, el plan de Dios incluye la posibilidad de tener riquezas para poder así ayudar a otros. «Las dos claves de este desprendimiento son no entregar el corazón a los bienes que tenemos —o que deseamos—, y mirar a nuestro alrededor para socorrer las necesidades de los demás», abunda.

¿Solo para ricos?

Dos mil años después de aquellas palabras del Señor, uno podría no darse por aludido, pues el imaginario común contiene la idea de que los ricos son personas que viven en un derroche continuo que no tiene nada que ver con nuestra vida. Ni somos los fariseos de antaño ni los ricos de hoy que alardean de bienes en las redes sociales. Entonces, ¿en qué medida nos atañen las palabras de Jesús?

«A lo mejor no podría denominarme rico, pero sí podría tener cierto apego a la seguridad económica, o a caprichos que me resisto a llamar así porque pienso que son imprescindibles», señala Caballero. Por eso, el Evangelio nos afecta a todos en la medida en que debemos revisar nuestra actitud hacia las realidades creadas, una tarea que se extiende tanto a los que tienen muchos bienes materiales como a aquellos que viven con lo justo. «Uno puede tener un coche, una casa, muchas cosas, y vivir sin mayor problema hasta que de repente surge cerca la necesidad de otra persona que uno podría suplir desprendiéndose de algo», ejemplifica. Ello nos haría la vida «más difícil o más sobria, y coloca nuestro corazón ante la disyuntiva de decir sí o no a ese desprendimiento».

Por eso, lo de servir a Dios y no al dinero no se reduce únicamente a dar limosna por la calle o a hacer un donativo ante cualquier emergencia internacional, sino que va más allá. «Se trata de estar atentos para mirar a nuestro alrededor y ver si esta persona, este amigo o este vecino tiene una necesidad y yo podría acudir en su ayuda», confirma, ilustrando que «si he recibido un dinero extra y sé que un hermano mío tiene una urgencia como una mensualidad que no puede pagar, ¿estoy dispuesto a ayudarle?».

La ilusión de no querer depender de Otro

Esta actitud y esta apertura no son nada fáciles, pues el dinero tiene algo que atrapa y hace que muchas veces se parezca al anillo de Gollum. «Como economista y también como sacerdote, entiendo que el dinero significa seguridad y, entre comillas, poder, lo que se traduce en apariencia e influencia sobre los demás», explica Caballero. «Esto nos afecta a todos porque en realidad no nos gusta tener que depender de otro. La ilusión de ser autónomos es una herida del corazón: quiero recibir lo que Dios ha pensado para mí pero no quiero depender de Él», añade.

Gollum, un esclavo del poder del anillo

Esta deriva del alma que se remonta a Adán y Eva supone no solo querer tener las cosas que me gustaría, sino también desear el reconocimiento por parte de los demás, «porque detrás hay un miedo a no ser valorado por lo que soy, sino por lo que tengo». Ese orgullo, ese apego y esas heridas hacen que el dinero se convierta en tantas ocasiones en algo «muy pegajoso».

Todo esto enlaza con la idea de que cualquier actividad económica contiene una concepción teológica, una idea de Dios llevada al terreno práctico. Para un creyente, el riesgo está en llevar una doble vida, en la que dejamos a Dios para los domingos, o como mucho hacemos de vez en cuando un donativo a Cáritas o damos una limosna. «Si creemos que la vida consiste en trabajar para tener seguridad económica, eso revela una ruptura interior», aclara.

Dejar de esta manera a Dios relegado a un minúsculo rincón de nuestra vida supone, en realidad, una falta de confianza en Él y en su providencia. «De hecho, muy cerca de este pasaje del Evangelio de san Mateo, Jesús exhorta a sus oyentes a confiar en Dios, y pone el ejemplo de los lirios del campo y las aves del cielo», dice el profesor de Sagrada Escritura, que invita a considerar cómo el autor de la vida «da a los seres que ha creado todo lo que necesitan».

En este sentido, en un mundo en el que todo parece reducirse a cuestiones económicas, «a veces da la impresión de que el bienestar material es el objetivo de la vida, y no es así», concluye Juan Luis Caballero, porque «corremos el riesgo de pensar que, si tuviéramos dinero, seríamos felices, cuando la felicidad es otra cosa».

¿Tuyo? ¿Mío? ¿De todos?

«El principio del destino universal de los bienes de la tierra está en la base del derecho universal al uso de los bienes», afirma el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia en su número 72. «Esto no quiere decir que todo sea de todos, que es una idea un poco marxista», precisa Juan Luis Caballero, «sino que todo lo que Dios ha creado tiene como destinatario último a todos los hombres». Por eso, «la propiedad privada tiene un sentido que va más allá del crecimiento personal: el de ser administrador de los bienes de Dios, porque lo que yo tengo no sólo para mí, sino para toda la humanidad»

María, modelo de gestión

Una relación sana con el dinero, ¿es un don y un regalo, o también se puede entrenar de alguna manera? «Todo en esta vida hay que trabajarlo, porque los dones son siempre algo a lo que dar fruto, como en la parábola de los talentos», responde Juan Luis Caballero, que pone como ejemplo a la Virgen María. «Ella recibió el don más grande que ha podido tener cualquier persona humana: la invitación a ser la madre del Hijo de Dios», dice, pero eso significa que ella no hiciera nada, pues «María trabajó su interior durante toda su vida, con actitud de escucha y de ponerse al servicio de los demás». Lo mismo sucede con los dones materiales, ya que «uno puede venir al mundo en un país, en una familia y en un entorno en los que cuenta con más posibilidades, pero ha de ponerlas al servicio de una sensibilidad más grande hacia las necesidades de los demás».

Esto es algo que empieza con la educación en casa, cuando un niño ve en sus padres cómo practican la sobriedad y la moderación: «los niños tienden a decir que todo es suyo y no tienen límites a sus deseos, por eso hay que educarles el corazón y que aprendan a vivir de una forma sobria, que puedan estar desprendidos y vivir moderadamente con lo que tienen», del mismo modo que, con el ejemplo cercano de María y su desprendimiento, creció el Salvador del mundo.

Este artículo fue publicado originalmente en el último número de 'La Antorcha', la revista de la Asociación Católica de Propagandistas.