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¿Un ambiente agradable de trabajo? Es posible

¿Un ambiente apetecible de trabajo? Es posible (si se ponen los medios)Getty Images

La empresa puede llegar a ser un lugar agradable para trabajar (y la Iglesia ayuda de siete formas concretas)

El jefe no puede racanear el salario y el empleado ha de ser responsable: las enseñanzas sobre economía dan respuesta a algunos de los dilemas más acuciantes

Es difícil fijar con exactitud el momento en que el mercado se convirtió en dios, pero sus bancadas cada día suman más adeptos. Un dios menor, en todo caso, pero que ha ido ganando poder a medida que los viejos ideales caían, uno tras otro. Así lo advierte el economista francés Mathieu Detchessahar en su provocador ensayo El mercado no tiene moral, cuando señala que «la sociedad de mercado propone un nuevo ídolo, una última sacralidad: la abundancia material como solución a todos nuestros males y necesidades».

En la misma línea dispara el doctor en Ciencias Económicas Enrique Lluch. En el podcast Luz del mundo, el también profesor de la Universidad CEU Cardenal Herrera advierte de que a este nuevo ídolo también se le ofrecen sacrificios. «Por la promesa pseudorreligiosa de que si tenemos más entre todos, todos estaremos mejor –cosa que no suele pasar–, sacrificamos a personas: en aras del crecimiento económico se requiere que haya gente pobre, personas que se queden sin salario o que no tengan lo suficiente», lamenta.

Con todo, Lluch también recuerda que este modelo economicista, egoísta y crematístico «no es inevitable», y que hay otra forma de hacer las cosas: la que propone la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), que es la respuesta católica a los múltiples desafíos que plantean las realidades sociales, como la economía, la política, las relaciones internacionales o el cuidado del medio ambiente.

Aunque la Iglesia siempre se ha mostrado preocupada por dar una respuesta a los desafíos temporales, la DSI como tal se origina en la publicación de la encíclica Rerum Novarum en 1891 por parte de León XIII. Desde entonces, los sucesivos pontífices han venido profundizando en estos temas, y en 2004, en los últimos compases del papado de san Juan Pablo II, se publicó el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, que busca servir de «brújula» –así lo llamaba el Papa Francisco– para orientarse en la vida social.

Sin embargo, no hay que ver la DSI como un corsé ni una suerte de examen tipo test para afrontar los dilemas económicos o políticos, sino como una serie de principios y orientaciones nacidos a la luz del Evangelio, «que dona salvación y libertad auténtica también en las cosas temporales», como señala el arranque del Compendio. Apoyándose en algunos principios básicos como la dignidad humana, el bien común o el destino universal de los bienes, la DSI refleja «una expresión del amor de Dios por el mundo» y apunta a «la ley nueva del amor», que «abarca la humanidad entera y no conoce fronteras».

Tratemos de aterrizar algunos de estos principios del pensamiento católico a situaciones más o menos cotidianas de la vida económica, para mostrar por dónde podrían ir los tiros de una alternativa al modelo economicista contra el que prevenía el profesor Lluch.

1. El empresario no puede racanear el salario…

Tal vez esta sea una de las conclusiones más directas de la DSI, que concede al empresario y al dirigente «una importancia central», porque están «en el corazón de la red de vínculos técnicos, comerciales, financieros y culturales que caracterizan la moderna realidad de la empresa». Una posición preponderante que trae consigo una gran exigencia: según recoge el Compendio, el empresario «no puede tener en cuenta exclusivamente el objetivo económico de la empresa», sino que también recibe como «deber preciso» la misión de respetar la «dignidad» de sus trabajadores.

En este sentido –y aunque no es, ni mucho menos, el único vector a tener en cuenta–, resulta evidente que es imposible respetar la dignidad de un empleado a quien le racaneas el sueldo. El profesor Lluch va un paso más allá y añade que la visión economicista de la realidad empresarial reduce la dignidad de los empleados, ya que los ve «sólo como un coste de producción que debe ser reducido».

El Papa Pío XI lo resumía con claridad en Quadragessimo Anno, cuando hablaba del salario como «la verificación concreta de la justicia de todo el sistema socioeconómico y, de todos modos, de su justo funcionamiento».

2. …pero el empleado ha de asumir su responsabilidad

Sin embargo, esta fuerte responsabilidad de los empresarios para con sus trabajadores tiene como contrapartida la que va en sentido contrario: la responsabilidad de los empleados con su trabajo y, por tanto, con sus empleadores. «Toda la idea de la DSI es que el trabajo es una vocación, algo a lo que estoy llamado, que me hace más y mejor persona porque lo ofrezco a los demás para construir un mundo mejor», señala Lluch.

De hecho, el Compendio usa un lenguaje contundente en este punto, en el epígrafe titulado El deber de trabajar: «Ningún cristiano, por el hecho de pertenecer a una comunidad solidaria y fraterna, debe sentirse con derecho a no trabajar y vivir a expensas de los demás». Y también añade una dimensión evangelizadora a la oficina o al taller: «Los creyentes deben vivir el trabajo al estilo de Cristo, convirtiéndolo en ocasión para dar un testimonio cristiano ante los de fuera».

3. «Compartir lo que te sobra no es caridad»

Uno de los principios de la DSI es conocido como el «destino universal de los bienes», que se basa en que todo lo creado por Dios es una donación gratuita que Él nos ha hecho. De ahí que, atendiendo al primer mandamiento que recibió Adán –«creced y multiplicaos»– sea bueno y necesario consumir estos bienes y disfrutar de ellos.

Sin embargo, según explica el economista y teólogo José María Larrú, profesor de DSI en la Universidad CEU San Pablo, la Iglesia distingue entre bienes necesarios y superfluos, incluyendo una etapa intermedia: los bienes «socialmente necesarios», como por ejemplo un teléfono móvil en nuestra sociedad tan tecnológicamente avanzada.

«La Iglesia –explica Larrú– nos dice que tenemos derecho a la propiedad privada de los bienes necesarios, e incluso de los socialmente necesarios, pero que no tenemos derecho de dominio sobre lo superfluo». De ahí que compartir los bienes necesarios sea un acto de caridad o amor… pero compartir los bienes superfluos, no: «Dar de lo que nos sobra es un acto de justicia», insiste, atendiendo al citado destino universal de los bienes.

El economista también señala que, como en toda la DSI, aquí no hay reglas fijas: «Se trata de darnos cuenta de que vivimos en un sistema que nos crea necesidades superfluas, haciendo un discernimiento constante en conciencia», explica. Y añade un último apunte: «Al compartir lo que me sobra estoy haciendo un acto de hermandad, e incluso nos hacemos un bien a nosotros mismos, porque nos despegamos de acumular cosas que verdaderamente no son necesarias».

4. Prohibido invertir a ciegas

Según se lee en el Compendio, la DSI considera que la libertad de la persona en lo económico es «un valor fundamental y un derecho inalienable». Pero –como aprendió Peter Parker– un gran poder conlleva una gran responsabilidad, y el documento pontificio nos insta a tomar conciencia de que «la opción de invertir en un lugar y no en otro, en un sector productivo en vez de en otro, es siempre una opción moral y cultural», en palabras de san Juan Pablo II en Centesimus Annus.

Esta pauta se aplica a campos como la inversión en bolsa –donde compañías como por ejemplo Altum Faithful Investing exploran la manera de diseñar carteras coherentes con los valores cristianos–, pero también a las pequeñas decisiones de una familia. En el Compendio se expone así al hablar de la responsabilidad de los consumidores al preferir los productos de unas empresas en vez de otras; por ejemplo, al escoger qué plataforma de streaming pagar.

Además, también se nos exhorta a combatir el consumismo, construyendo «estilos de vida, a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un crecimiento común, sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones», de nuevo recogiendo una expresión del pontífice polaco en la citada encíclica.

5. Fórmulas creativas para tener un piso

En estos momentos, la principal preocupación para los españoles es la dificultad para acceder a la vivienda, según constatan varios barómetros consecutivos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). Y el Compendio de la DSI también se hace eco de esta preocupación, cuando alerta de la necesidad de defender los derechos humanos, entre los que incluye el derecho a la vivienda.

Este es, no obstante, un tema muy complejo, donde las soluciones a menudo fracasan o tienen resultados contrarios al esperado. Así lo constata el catedrático de Derecho Civil de la Universidad Rovira i Virgili Sergio Nasarre, experto en vivienda y distributista convencido, para quien desde 2007 «ninguna receta del Estado [español] ha solucionado el problema de la vivienda».

Frente a ello, Nasarre bucea en los planteamientos netamente católicos y pide adoptar fórmulas creativas que no se basen en el alquiler como necesidad, sino que prioricen el acceso a la vivienda en propiedad, algo que está «muy vinculado a las ideas de libertad y libre desarrollo de la personalidad» que propugna la DSI.

Cabe señalar que el catedrático leridano apunta a potenciar algunos mecanismos concretos para avanzar en esta dirección. Mecanismos que, o bien ya existen en nuestro ordenamiento legal, como las SOCIMI o las cooperativas de vivienda, o bien son casos de éxito fuera de nuestras fronteras y se podrían importar, como la propiedad compartida y la propiedad temporal: tenencias intermedias que, a juicio de Nasarre, «cuadran el círculo» entre deuda y propiedad privada accesible.

6. Un reto a los propietarios de pisos

Sin salir del ámbito de la vivienda, un apunte rápido sobre cómo puede aterrizarse la DSI en la economía del día a día lo ofreció este verano el presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE) y arzobispo de Valladolid, monseñor Luis Argüello. En una carta pastoral publicada en julio, el prelado se dirigía a aquellos cristianos que ponen una vivienda «de manera legítima» en el mercado de alquiler.

En esta situación, señala el arzobispo, el cristiano se enfrenta a la disyuntiva de «seguir las reglas del mercado», fijando rentas más altas, o de «situarnos con un criterio que brote del corazón mismo de la eucaristía que nos invita a la comunión de vida y a la comunión de bienes». Esta segunda opción, señala Argüello, apoyándose en los principios de la DSI, implicaría «aceptar quizás un nivel de renta menor que suponga, sí, una justa retribución a un dinero invertido, pero que no se someta a las reglas coyunturales de un mercado», según el presidente de la CEE.

7. El desafío en el horizonte

Sin embargo, tal vez el mayor desafío al que tenga que enfrentarse la DSI en un futuro muy próximo sea la irrupción de la inteligencia artificial (IA) en todos los ámbitos, también en el económico.

León XIV expresó, desde los primeros compases de su pontificado, que había escogido este nombre, precisamente, para tender un puente con el artífice de la DSI, el ya citado León XIII. Como él, considera el actual Papa, también hoy el mundo se enfrenta a una «revolución industrial». Como entonces –a nivel macro y a nivel micro, como hemos ido viendo en estas páginas– también hoy la Iglesia tiene mucho que decir al respecto.

Artículo publicado originalmente en la revista 'La Antorcha', de la Asociación Católica de Propagandistas

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