León XIV, Robert Prevost, se asoma por primera vez al balcón central principal de la basílica de San Pedro
Ni retos, ni objetivos. La única agenda de León XIV en 2026: confirmar en la fe y unidad de los cristianos
Se nos presenta un año más de discernimiento y de esa perseverancia silenciosa que —como recordó Cristo— no promete éxitos inmediatos, pero sí algo infinitamente más decisivo: la conversión personal y la salvación de las almas
Aunque esté de moda hablar de 'retos que cumplir' cuando empieza un nuevo año, para un Papa puede sonar extraño, incluso inapropiado. La Iglesia no es una multinacional ni la ONU, donde los objetivos se marcan en calendarios y se miden con indicadores de éxito. La Iglesia se construye bajo la sólida piedra angular, Cristo. Este organismo vivo se va edificando al ritmo de Dios, que respeta la libertad humana y, por ello, no impone, ni precipita o fuerza.
Cada decisión, cada gesto del Pontífice puede compararse con una especie de baldosa colocada sobre siglos de historia, de fidelidad santa y de hombres que a veces tropiezan, otras, de hombre auto apartados que han fijado sus baldosas en arenas movedizas, sin piedra angular, pero que, a pesar de todo, al final, unos y otros han sido y son instrumentos de lo divino, sea por comunión con Dios, sea por permisión de Dios. Al final, todos los caminos conducen a Roma.
Ni para León XIV ni para la Iglesia, 2026 significa 'metas que cumplir' ni 'proyectos que tachar de una agenda'. Es más bien tiempo de paciencia, de escucha interior al Espíritu Santo y de mirada atenta a la realidad. Un año más de discernimiento y de esa perseverancia silenciosa que —como recordó Cristo— no promete éxitos inmediatos, pero sí algo infinitamente más decisivo: la conversión personal y la salvación de las almas.
La búsqueda de la unidad: el horizonte permanente
Lo que quizá sí pueda afirmarse es que existe, como ha habido hasta ahora, un horizonte principal, muy concreto, que no es administrativo ni mediático, sino espiritual: la unidad de los cristianos. Y no se trata (en el tiempo presente) de una unidad que busque uniformar doctrinas ni eliminar diferencias, sino de superar divisiones históricas para vivir en comunión, oración y acción pastoral conjunta.
No porque sea bonito como idea, sino porque lo dice el mismo capítulo 17 del Evangelio de San Juan: «Para que todos sean uno; como tú, oh, Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste». Este mandato de Cristo es también una oración suya, la razón de ser de la redención: la plena unión de la humanidad reunida que recapitula todo en Él para el Padre, y por la gracia de Dios se nos concede ser capax Dei (capaz de Dios) para rechazar el pecado y al mal, y alcanzar la conversión al Amor, todo ello orientado hacia el cielo.
Occidente, en su prisa por modernidad y progreso, ha olvidado la cristiandad. Por eso, la unidad de los cristianos urge porque no es lo mismo la unidad espiritual que la unidad doctrinal. La ausencia de referencias claras a Dios en la vida pública no solo erosiona valores, sino que ha dejado a las sociedades sin brújula moral, olvidada de la ley natural, expone a los hombres a ideologías efímeras y fragmentarias que, en muchos casos, sitúan ciertos ideales por encima de la persona humana.
Es por eso por lo que, más que hablar de 'retos' de la Iglesia, uno de sus mayores desafíos permanece constante, no solo en el Año Nuevo, sino en cada día de la vida de los fieles: confirmar a los creyentes en la fe mientras cada uno evangeliza en su entorno, en su familia y en su ciudad. Esta es también la función principal del sucesor de Pedro: «Confirma a tus hermanos en la fe», le mandó el Señor. Confirmación que lleva implícita la curación de las divisiones y heridas internas entre los católicos. El Papa León es consciente que abiertas las heridas, la confirmación en la fe, implica cerrarlas y esperar a que cicatricen.
Confirmar la fe en medio de la fragmentación
Y quizá hay algo que se nos suele escapar, la Iglesia no sólo es Madre y Maestra, sino también humilde, como Cristo, Su cabeza, amén de signo de contradicción, ante propios y extraños. Benedicto XVI lo comprendió muy bien y como señaló a los periodistas durante el vuelo a Inglaterra en septiembre de 2010:
Benedicto XVI
El Papa, en su labor, marca caminos. No obliga a la conversión ni inventa atajos. Lo que ofrece es claridad, ejemplo y confirmación: reafirmar a los cristianos en lo esencial, y en el caso de León XIV, agustino, sabe que la raíz está en el interior de cada bautizado porque somos templos del Espíritu Santo: «Por tanto, si queréis recibir la vida del Espíritu Santo, conservad la caridad, amad la verdad y desead la unidad para llegar a la eternidad» (San Agustín, Sermón 267,4).