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monseñor alberto josé

Benedicto XVI recibiendo al cardenal Antonio Cañizares (I) y a monseñor Alberto José Gonzalez Chaves (D)

Entrevista a monseñor Alberto José González Chaves, Capellán de Su Santidad Benedicto XVI

«Ratzinger fue cooperador de la verdad porque nunca la utilizó para imponerse, ni la sacrificó para ser aceptado»

Testigo privilegiado de los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, monseñor Alberto José González Chaves comparte con El Debate sus años al lado de un hombre cuya grandeza no estuvo solo en la amplitud de su saber, sino en «la honestidad radical con la que se situó siempre ante la verdad»

Todo comenzó el 25 de junio de 1995, en la Catedral Primada de España. Aquel día, Alberto José González Chaves fue ordenado sacerdote por el cardenal Marcelo González Martín, una de las grandes figuras del episcopado español del siglo XX. Antes de llegar a Roma y a los despachos vaticanos, su ministerio se forjó a pie de calle como párroco de Peñalsordo y Capilla, en la provincia de Badajoz.

Después vendrían nueve años decisivos en uno de los dicasterios clave de la Santa Sede: la Congregación para los Obispos. Un trabajo silencioso, exigente y de enorme responsabilidad que dejó huella en la Curia Romana y que culminó en 2011 con su nombramiento como Capellán de Su Santidad por Benedicto XVI, un título honorífico que le otorgó el tratamiento de monseñor. Desde Roma vivió momentos históricos, entre ellos la muerte de san Juan Pablo II y el pontificado del Papa alemán, al que observó de cerca en gestos, silencios y palabra y al que pudo tratar personalmente en varias ocasiones.

Monseñor Gonzales Chaves junto con don Marcelo saludando a Juan Pablo II

Monseñor Gonzales Chaves junto con don Marcelo saludando a Juan Pablo II

Su nombre comenzó a resonar con más fuerza a su regreso a España, en 2014. No solo por haber sido delegado episcopal para la Vida Consagrada en Córdoba o por recibir el galardón Alter Christus, sino por su intensa labor como predicador de Ejercicios Espirituales, conferenciante y prolífico autor. De Benedicto XVI —cuyo tercer aniversario de fallecimiento se cumple este 31 de diciembre– habla con especial admiración: no solo por haber sido un Papa de un rigor intelectual extraordinario–y a quien dedicó el libro Benedicto XVI, doctor del Ángelus, prologado por el cardenal Gerhard Müller–, sino por su exquisita delicadeza humana que, como subraya en su conversación con El Debate, no eran una fórmula de cortesía, sino la expresión sincera de «un hombre libre de vanidad y profundamente agradecido, consciente de que la Iglesia se edifica también —y quizá sobre todo— en la fidelidad cotidiana de quienes trabajan sin protagonismo».

Benedicto: el primero en agradecerle su labor

– De sus muchos años al servicio de Benedicto y habiéndolo podido tratar en varias ocasiones, ¿Cuál es el recuerdo más entrañable que guarda de él?

–El recuerdo más entrañable que conservo no está ligado a un acto solemne ni a una gran ceremonia pública, sino a dos gestos sencillos de gratitud, separados en el tiempo, que revelan con extraordinaria claridad la hondura humana y sacerdotal de Joseph Ratzinger.

El primero tuvo lugar durante un de encuentro en su despacho del Palacio Apostólico, el 20 de noviembre de 2008, con motivo del inminente nombramiento como Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos del cardenal Antonio Cañizares, a quien acompañé. Al recibirme, el Papa me estrechó las manos con esa mezcla tan suya de discreción y cercanía, y me dijo sencillamente, con absoluta espontaneidad: «Gracias, muchas gracias, querido monseñor, por el trabajo que usted realiza en la Congregación para los Obispos. Es muy importante…», animándome a continuar siempre con fe y sin desfallecer.

Yo llevaba trabajando dos años y medio en la Curia y era la primera vez que alguien me daba las gracias directamente por mi servicio, y ¡era el Papa! Aquel agradecimiento, tan sincero, me impresionó profundamente: no era una fórmula de cortesía, sino la expresión de un hombre atento al servicio callado, consciente de que la Iglesia se edifica también —y quizá sobre todo— en la fidelidad cotidiana de quienes trabajan sin protagonismo.

El segundo recuerdo, aún más cargado de emoción, tuvo lugar al despedirme de él en el Monasterio Mater Ecclesiae, ya como Papa Emérito. Su fiel y gentil secretario, el arzobispo monseñor Ganswein, me facilitó una cita con él en la víspera de marchar yo definitivamente de Roma, el 24 de septiembre de 2014. Mi ilusión era agradecer a Benedicto XVI cuanto había hecho por la Iglesia y cuanto me había enseñado a mí, y recibir su bendición y ¡llevarle un apfelstrudel! En aquel encuentro entrañable, él apareció sonriendo y repitiéndome aquel «¡gracias, gracias!», con la misma sencillez y la misma verdad.

No había ya ningún peso de gobierno, ningún gesto institucional: solo un anciano sacerdote, retirado con Dios, que agradecía con humildad el servicio recibido, consciente del valor espiritual de una labor que a menudo es anónima y exigente. Ese doble agradecimiento —simple, humano, profundamente afable y afectuoso— es para mí el testimonio más valioso de su corazón sacerdotal y pastoral.

Para mí, esos dos momentos enmarcan de manera luminosa toda su figura. Benedicto XVI fue un hombre humilde, libre de vanidad, profundamente agradecido, porque sabía —como él mismo dijo— que el Papa no es un soberano, sino el custodio obediente de la fe de la Iglesia. Quien da las gracias así, sin afectación ni cálculo, es porque vive desde una profunda obediencia interior a la verdad y desde una relación viva con Dios.

Monseñor González Chaves, en su segundo encuentro con Benedicto en el Vaticano

Monseñor González Chaves, en su segundo encuentro con Benedicto en el Vaticano

Cooperadores de la verdad

–No solo como Papa, Ratzinger se distinguió siempre como un gran intelectual y una figura colosal en la investigación teológica. Y aunque sus cientos de escritos pueden seguir siendo objeto de análisis, ¿Cuál considera usted que es la enseñanza implícita más fuerte que dejó al mundo?

–Si tuviera que expresar en pocas palabras la enseñanza más potente y rotunda que dejó Joseph Ratzinger, diría que es, por encima de todo, el primado de Dios, y la presentación de la verdad no como algo sujeto a consensos, sino como adecuación a la realidad que nos precede, y que debemos abrazar en la Persona divina de Jesucristo, perfecto hombre, para ser verdaderamente libres.

Ratzinger fue, sin duda, uno de los grandes intelectuales del siglo XX. Pero reducirlo a esa categoría sería empobrecerlo. Su grandeza no estuvo solo en la amplitud de su saber —que era inmensa—, sino en la honestidad radical con la que se situó siempre ante la verdad, sin instrumentalizarla jamás para su propio lucimiento o para la conveniencia del momento. En un mundo en el que el pensamiento suele ponerse al servicio del poder, de la ideología o del aplauso, él vivió la inteligencia como acto de obediencia.

Esto aparece con claridad ya en su joven obra Introducción al cristianismo, donde afirma que creer no es apropiarse de una certeza tranquilizadora, sino aceptar ser sostenido por Alguien mayor que uno mismo: «Creer significa aceptar que el sentido no lo producimos nosotros, sino que lo recibimos». Esa actitud interior explica toda su trayectoria. Ratzinger nunca quiso ser un «teólogo original», sino un teólogo eclesial, consciente de que la fe es un don confiado a la Iglesia.

Enseñó al mundo que la razón humana alcanza su verdadera dignidad cuando se abre a Dios, y que una fe que teme a la razón termina debilitándose. En el famoso discurso de Ratisbona–tan manipulado y caricaturizado– afirmó con claridad profética: «No actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios». No era una tesis académica, sino una advertencia cultural y espiritual: cuando Dios es expulsado del horizonte de la razón, la razón misma se vuelve frágil; y cuando la fe renuncia a pensar, se desliza hacia el sentimentalismo fideísta.

Por eso su magisterio conserva hoy una fuerza singular. No ofrece recetas rápidas, frases llamativas ni eslóganes tranquilizadores. Ofrece algo mucho más exigente: aprender a pensar de nuevo desde Cristo, Verdad encarnada, centro de la historia y del corazón humano.

La Iglesia del futuro será una Iglesia más espiritualBenedicto XVI

–Precisamente, sobre esa primacía de la verdad, Ratzinger eligió como lema episcopal Cooperatores veritatis que mantuvo al ser elegido Papa. ¿Cree que hoy, por temor a incomodar o a ser señalados, hemos dejado de defender la verdad en nuestras pequeñas batallas diarias?

–Creo que este lema paulino resume, quizá como ningún otro, no solo el itinerario intelectual de Joseph Ratzinger, sino también su diagnóstico espiritual de nuestro tiempo. Cooperatores veritatis es la definición de una actitud radicalmente humilde: no somos propietarios de la verdad, sino colaboradores suyos. Y precisamente por eso estamos obligados a servirla, incluso cuando resulta incómoda.

Ratzinger percibió con enorme lucidez que el gran peligro contemporáneo no es la persecución abierta, sino algo mucho más sutil: la renuncia preventiva a la verdad por miedo a quedar mal. Ya antes de ser Papa, y de manera muy explícita en la homilía previa al cónclave de 2005, advirtió de la presión ambiental que empuja a relativizarlo todo: «Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida solo el propio yo y sus deseos».

Defender la verdad hoy exige, más que grandes gestos heroicos, una fidelidad humilde y constante. Exige no avergonzarse de pensar cristianamente, mas aun, de pensar - ¡oh escandalo! - «en católico»; exige no pedir perdón por creer que la verdad existe y es previa a nosotros, de lo cual se deriva el derecho natural, que da un mentís al positivismo; exige no reducir la fe a un sentimiento privado sin consecuencias públicas. Ratzinger fue cooperador de la verdad porque nunca la utilizó para imponerse, ni la sacrificó para ser aceptado.

El día en que González Chaves fue a despedirse

El 24 de septiembre de 2014 acudió al Monasterio Mater Ecclesiae a despedirse del entonces Papa Emérito

«La liturgia no se inventa, se recibe»

– Decía el Papa alemán: «Los cristianos no deben contentarse fácilmente; deben hacer de su Iglesia un hogar de la belleza y, por lo tanto, de la verdad». ¿Dónde estamos fallando en la defensa de la verdad y la belleza que nos exige el Evangelio? ¿Frente a qué realidades no debemos conformarnos?

–Aquí tocamos uno de los núcleos más delicados y más incomprendidos del pontificado de Benedicto XVI. Ratzinger estaba convencido de que la crisis de la fe es inseparable de una crisis de la belleza, y que cuando la belleza desaparece del horizonte eclesial, la verdad termina por resultar árida.

Para él, la belleza no era un adorno estético, sino una categoría teológica. De ahí uno de los gestos más proféticos, inteligentes, libres y pacificadores de su pontificado: el motu proprio Summorum Pontificum [el documento que permitía que los sacerdotes pudiesen celebrar la Misa tradicional sin requerir permiso de la Santa Sede o del obispo de la diócesis]. No actuó por nostalgia ni por arqueologismo, sino por una visión profundamente eclesial y reconciliadora. En la carta a los obispos que acompañó al documento fue explícito: «Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros sigue siendo sagrado y grande, y no puede ser de repente totalmente prohibido».

Summorum Pontificum trajo a la Iglesia la paz litúrgica y la comprensión hacia la sensibilidad legítima de quienes desean la liturgia de todos los santos y todos los siglos, frente a un perpetuum mobile. No fue una concesión táctica, sino un acto de justicia eclesial. Ratzinger sabía que la liturgia no es un laboratorio de creatividad subjetiva, sino algo que se recibe. Como escribió en El espíritu de la liturgia: «La liturgia no es algo que nosotros hagamos; es algo que recibimos».

Frente a una liturgia banalizada, autorreferencial o funcionalista, o a una falsa oposición entre formas litúrgicas, la hermenéutica de la continuidad fue su convicción: la Iglesia no se reinventa, crece orgánicamente. La belleza litúrgica —sea en la forma ordinaria celebrada con dignidad, sea en el rito venerable de todos los siglos— no es un lujo, sino un indiscutible derecho espiritual del pueblo cristiano, con el cual los obispos, movidos de genuina caridad pastoral, deben ser auténticos traditionis custodes.

Sus últimos años, vividos en silencio en el Monasterio Mater Ecclesiae, fueron su última gran catequesisMonseñor Alberto José González Chaves

La profecía de 1969: una Iglesia más pequeña

– Ratzinger expuso muchas veces que la Iglesia volverá a ser un pequeño rebaño. ¿Cree usted que podríamos estar viviendo ya ese momento? ¿No cree que hoy muchos jóvenes viven la fe tras una experiencia personal de compromiso y conversión, mientras que en generaciones anteriores la fe, aunque más extendida, se vivía más como una herencia cultural, sin llegar a convertirse en una elección consciente que transformara verdaderamente la vida?

–Para responder con justeza hay que volver al joven Joseph Ratzinger, en su entrevista radiofónica de 1969 en la Hessischer Rundfunk. Allí dijo, con lucidez profética: «De la crisis actual surgirá una Iglesia que habrá perdido mucho. Se hará pequeña y tendrá que comenzar de nuevo casi desde los comienzos». Y añadía: «La Iglesia del futuro será una Iglesia más espiritual… quedará una Iglesia interiormente simplificada y espiritualmente más intensa».

No desde el pesimismo, sino desde la esperanza, afirmaba: «El futuro de la Iglesia no vendrá de quienes se acomodan, sino de quienes tienen raíces profundas y viven desde la plenitud de la fe». Y concluía: «La Iglesia será una Iglesia de convicción, no una Iglesia de costumbre».

Hoy muchos jóvenes no viven la fe por herencia cultural, sino tras una experiencia personal de búsqueda y decisión. Eso la hace menos numerosa, pero más auténtica. No estamos ante el final de la Iglesia, sino ante el final de una forma sociológica de cristianismo. Y eso coincide exactamente con lo que el joven Ratzinger intuía: pequeñas comunidades convencidas, verdaderas minorías creativas, capaces de irradiar fe, cultura y caridad.

— Si tuviera que resumir una enseñanza concreta de Ratzinger, ¿Cuál cree que sería hoy más urgente recordar?

–Si tuviera que condensarla en una sola afirmación diría esta: sin Dios, el hombre no se comprende a sí mismo; y sin verdad, el amor se desfigura. Ratzinger vio con claridad que la gran crisis contemporánea es antropológica. En su catequesis del 14 de noviembre de 2012 dijo: «Cuando Dios pierde su centralidad, el hombre pierde su justo lugar, no encuentra más su lugar en la creación, en las relaciones con los demás... Cree que puede llegar a ser él mismo 'dios', dueño de la vida y la muerte».

Insistió incansablemente en ensanchar la razón y en abrirla de nuevo a las grandes preguntas. El 22 de septiembre de 2011, en el discurso al Bundestag alemán advirtió que quitar a Dios del horizonte no conduce a mayor libertad, sino a la pérdida de la medida del hombre. Y su propia vida fue testimonio de ello: la verdad no se impone, se propone; no se defiende con estridencias, sino con una existencia intelectualmente honesta y espiritualmente orante.

Sus últimos años, vividos en silencio en el Monasterio Mater Ecclesiae, fueron su última gran catequesis: después de haberlo pensado y dicho todo, se retiró a adorar. En un tiempo de confusión y ruido, su legado permanece como una llamada serena y firme: pensar la fe, vivir la verdad, adorar a Dios. Todo lo demás es secundario.

Al cumplirse el tercer aniversario de su muerte me parece muy razonable la sugerencia de quien fuera su secretario, Mons. Ganswein, de iniciar su proceso de beatificación. No soy de la opinión de que todos los Papas deban ser canonizados, como viene acaeciendo, llamativamante, con todos los posteriores al último Concilio; pero en el caso de Benedicto XVI, el menos aplaudido por la opinión pública, creo sería justo reconocer el aplauso de Dios.

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