Sarah Mullally llega a la catedral de Canterbury, en Gran Bretaña, el 25 de marzo de 2026, para su toma de posesión como arzobispa de Canterbury.
Sarah Mullally, primera arzobispa de Canterbury, asume el cargo en medio de una profunda división anglicana
Lejos de ser un elemento de consenso, la elección de Mullally ha sido interpretada por numerosos líderes anglicanos como un paso más en la deriva doctrinal de la Iglesia de Inglaterra
La entronización de Sarah Mullally como nueva arzobispa de Canterbury, celebrada este miércoles en la catedral primada de Inglaterra, ha quedado marcada no solo por su carácter histórico —al ser la primera mujer en ocupar el cargo—, sino por el profundo malestar que su elección ha generado en amplios sectores del anglicanismo mundial.
La ceremonia, revestida de solemnidad y tradición, escenificó la continuidad institucional de la Iglesia de Inglaterra. Mullally fue recibida formalmente tras llamar a la puerta de la catedral y ocupar la sede de san Agustín, en presencia de autoridades civiles y religiosas.
En sus primeras palabras tras asumir el cargo, Mullally subrayó su intención de fomentar una Iglesia inclusiva y abierta: defendió la necesidad de «crear un espacio donde todos sean bienvenidos», independientemente de sus posturas teológicas.
Sin embargo, este discurso contrasta con la realidad de una Iglesia profundamente dividida. Lejos de ser un elemento de consenso, la elección de Mullally ha sido interpretada por numerosos líderes anglicanos —especialmente en África y otras regiones del llamado Sur Global— como un paso más en la deriva doctrinal de la Iglesia de Inglaterra.
Estos sectores consideran que tanto la ordenación de mujeres como la apertura a cambios en la moral sexual suponen una ruptura con la tradición apostólica, y ven en el ascenso de Mullally la consolidación de esa línea. En consecuencia, han intensificado sus críticas a Canterbury y han llegado a cuestionar su papel histórico como centro de unidad de la Comunión Anglicana.
El resultado es un escenario cada vez más tenso, en el que crece el riesgo de una fractura formal. Diversas voces advierten de que la Comunión Anglicana podría encaminarse hacia un cisma de facto, con provincias enteras distanciándose doctrinal y estructuralmente de la Iglesia de Inglaterra.
En este contexto, la entronización de Mullally no aparece tanto como un punto de llegada, sino como un nuevo factor de conflicto en una crisis larvada desde hace años. Para sus críticos, su liderazgo no contribuirá a cerrar heridas, sino que podría profundizar aún más una división ya difícilmente reversible.
Así, la primera arzobispa de Canterbury asume el cargo en uno de los momentos más delicados de la historia reciente del anglicanismo, con el desafío no solo de liderar, sino de evitar una ruptura que muchos consideran ya en marcha.