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Fotograma de las Crónicas de Narnia

Fotograma de las Crónicas de Narnia

El código teológico que C.S. Lewis 'ocultó' a Tolkien en las 'Crónicas de Narnia'

Michael Ward desmenuza en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz la «imaginación teológica» del autor de las Crónicas. Lejos de ser un caos literario, Narnia es un sofisticado sistema donde cada libro es un símbolo espiritual de la presencia de Cristo en el cosmos

Para muchos, las Crónicas de Narnia son un conjunto de historias maravillosas pero desordenadas. Incluso J.R.R. Tolkien, gran amigo de C.S. Lewis, consideraba que Narnia era un «revoltijo» (un hodgepodge) de tradiciones mitológicas y literarias que carecía de la coherencia de su Tierra Media. Sin embargo, el reconocido crítico literario, teólogo y sacerdote Michael Ward sostiene una tesis contraria: Lewis no era un escritor descuidado, sino un arquitecto del espíritu que ocultó un plan profundo bajo una apariencia de desorden.

El crítico literario, teólogo y sacerdote Michael Ward

El crítico literario, teólogo y sacerdote Michael WardPontificia Universidad de la Santa Cruz

El plan oculto tras el caos

Ward, en una elocuente conferencia en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, en Roma, argumenta que las siete Crónicas de Narnia no son un «batiburrillo», sino un ejemplo de imaginación teológica llevada a niveles de intrincada complejidad. Según su investigación, Lewis —un experto en literatura medieval— diseñó cada libro para que correspondiera a uno de los siete planetas del sistema medieval (la Luna, Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Júpiter y Saturno). Estos «siete planetas» no eran solo cuerpos astronómicos, sino los astros visibles que se movían en el cielo y se asociaban a influencias simbólicas y espirituales.

Esta estructura no es una curiosidad histórica, sino una forma de comunicación implícita. Basándose en el Salmo 19 («Los cielos proclaman la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos»), Lewis creía que el cosmos y la naturaleza realizan una «predicación silenciosa». Es lo que él llamaba el «elemento kappa» o el elemento oculto en la historia: una atmósfera o calidad que el lector no mira directamente, sino a través de la cual ve todo lo demás. Para el autor, el argumento es solo la «red» necesaria para atrapar algo mucho más profundo: una atmósfera o estado que impregna cada página.

Para entenderlo de forma sencilla, Ward rescata la famosa metáfora de Lewis sobre el rayo de luz en un cobertizo oscuro: uno puede quedarse mirando las motas de polvo que flotan en el haz de luz (lo que llama «contemplar»), o puede situar su ojo directamente en el rayo para ver, a través de él, las hojas de los árboles y el sol a millones de kilómetros (lo que llama «disfrutar» o mirar a lo largo de la luz). En Narnia, la teología funciona como ese rayo: no es algo que el lector deba analizar desde fuera, sino la luz que le permite ver y sentir todo el universo literario de una manera nueva.

Portada de *Cautivado por la alegría*, de C. S. Lewis. En ella se hace referencia a la metáfora del rayo de luz que utilizaba Lewis.

Portada de 'Cautivado por la alegría', de C. S. Lewis. En ella se hace referencia a la metáfora del rayo de luz que utilizaba Lewis.

Mercurio cabalga en Narnia

Durante su intervención, Ward se centró en la tercera novela de las Crónicas, El caballo y el muchacho, obra que identifica con el simbolismo de Mercurio. En la cosmología medieval, Mercurio es el planeta del lenguaje, la rapidez, los mensajeros y los gemelos. Todas estas características impregnan la novela: desde la urgencia del viaje hacia el norte hasta el descubrimiento de que el protagonista, Shasta, tiene un hermano gemelo idéntico, el príncipe Corin.

Lewis incluso introduce una especie de «huevos de pascua» literarios, como un señor narniano que lleva un sombrero con pequeñas alas, una clara referencia al pétaso de Mercurio. Pero el simbolismo va más allá de lo estético. La agilidad de Mercurio, capaz de dividir y reunir gotas de metal líquido (el azogue), se refleja en la estructura de la trama, donde los personajes se separan y se reúnen constantemente con una «brillante prontitud».

Aslan: una voz que guía

En este escenario de mensajes cifrados, la figura de Aslan actúa como el gran descodificador, a quien describe como el «verdadero Mercurio». En el encuentro crucial en el paso de montaña, Aslan se revela no solo como la fuerza que ha dirigido la vida de Shasta, sino como la Palabra de Dios viva y activa. Su triple exclamación «Yo mismo» en un paso de montaña no es solo una lección de teología trinitaria, sino el momento en que el protagonista descubre que la mano de Dios ha estado guiando su vida «de incógnito» tras cada peligro.

En su conferencia, Ward vincula esta idea con pasajes bíblicos clave y con la propia visión teológica de Lewis para explicar que Aslan no solo habla, sino que Él mismo es el mensaje. De hecho, lo conecta con el Salmo 147, donde se dice que la palabra de Dios «corre muy veloz», y con la Epístola a los Hebreos, que la describe como «viva y activa». Al identificar a Aslan con Mercurio —el mensajero de los dioses—, Lewis sugiere que la Palabra de Dios es una fuerza dinámica que atraviesa la historia personal de Shasta, dirigiendo sus pasos incluso cuando él no era consciente de ello.

El escritor C.S. Lewis

El escritor C.S. Lewis

A su vez, basándose en la carta a los Colosenses, Ward explica que para Lewis, Cristo es el «principio de cohesión omnipresente» por el cual el universo se mantiene unido. Por tanto, cuando Aslan se revela como la «Palabra viva», le está diciendo a Shasta que Él es la fuerza que da sentido a todos los fragmentos dispersos de su vida: el abandono, los leones que lo perseguían y su llegada a Narnia. Nada fue azaroso; la Palabra viva es el plan maestro que lo unifica todo.

Cuando Shasta se encuentra con la «Voz» (con mayúscula), su respuesta no es hablar más, sino el silencio de la postración. Es lo que Ward llama una «saturación de significado»: cuando la Palabra viva está presente, las palabras humanas sobran porque se ha alcanzado la comunión directa con el Creador. Ward subraya que Lewis logra algo casi imposible: escribir literatura religiosa que no es devocional, donde Dios aparece de incógnito tras el velo de los símbolos antiguos. Narnia está, en palabras de Ward citando a Richard Hooker, «empapada de divinidad», un universo donde nada es azaroso porque, aunque parezca que no hay plan, «todo está planeado».

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