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TribunaPedro Gómez de la Serna

León XIV, Europa y la inmigración

El primer misionero de nuestro tiempo va a hablar desde Canarias sobre el desarraigo migratorio. Escuchemos sin prejuicios lo que nos vaya a decir; no hagamos nosotros, los que nos proclamamos más que suyos, de nuevos fariseos, temerosos -cuando no deseosos- de que se aparte un ápice de lo que queremos oír

Dios, que es lo más interesante que le ha ocurrido al hombre desde que es hombre, ha dejado de interesarle a Europa. Lo que Nietzsche llamó la muerte de Dios era cosa más bien de minorías intelectualizadas o ideologizadas. Hoy, sin embargo, ha dado un paso más: no solo cuantitativo, en el sentido de que cada vez más personas viven como si Dios no existiera ya, sino de grado, cualitativo, es decir, como si Dios nunca hubiera existido (…y sin embargo, cuanto llegó a existir, subsiste siempre).

En una de sus últimas entrevistas, allá por 1979, Martin Heidegger, probablemente el filósofo más abrumador del siglo XX, anunció premonitoriamente: «El arraigo del hombre está amenazado en su ser más íntimo».

No es exagerado decir que medio siglo después vivimos en la civilización del desarraigo, de la misma manera que antes vivimos en la sociedad de masas. Emancipados de todo y, en consecuencia, desprovistos de todo, vivimos a la intemperie. Desprotegidas, sin referencias ni anclajes poderosos, nuestras sociedades viven ensimismadas, en ese silencio de Dios que es la nada.

Ese silencio existencial y cultural, ese no ser de Dios entre nosotros, que quizás sea el rasgo más característico de la Europa de hoy, ha dado lugar, gracias a una sociedad de consumo elevada a la enésima potencia por las redes sociales, a un paganismo que más que enlazar con el de Grecia y Roma entabla su relación directa con la Prehistoria: el hombre se ha vuelto absurdamente primitivo; su vida se limita solamente a su cuerpo; su ser, a lo inmediato. Aquellos viejos y esforzados ateos de los años setenta, tan meritorios ellos, han llegado al final del camino como simples y derrotados cazadores-recolectores. Extraña paradoja: lo moderno se vuelve primitivo, de la misma manera que la tradición se ha hecho novedosa.

Y sin embargo… y sin embargo todos estamos pendientes del mensaje de León XIV en Canarias. Recordemos, antes de oírle, que el Santo Padre no es un político, ni es delegado de nadie ni de nada, a no ser de Dios y su Iglesia. Es quizás el hombre más libre de la tierra, porque quizás sea el que más responsabilidad tenga hacia todos, «judíos y gentiles». Es también probablemente el hombre más moral de todos. Cuando uno es el delegado de Dios y lo sabe, se lo piensa dos veces. Escuchémosle, pues, más allá -si aún podemos- de nuestros particulares patrones ideológicos, de tan distinto alcance.

El Santo Padre -hay que recordarlo- está al frente de una Iglesia que es universal. Necesitamos una encíclica sobre la inmigración como en su día necesitó el mundo la «Rerum Novarum» de León XIII sobre la doctrina social de la Iglesia; y está de Dios que la pueda escribir un misionero: «Id por todo el mundo -dice Jesús a sus discípulos- y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Marcos 16:15-16).

Los misioneros, peregrinos de la palabra, acuden con el Evangelio allí donde los hombres desconocen a Dios: Europa vuelve a ser tierra de misión. Son ellos los que van, los que se echan al camino, a la aventura de dar Testimonio; su vida no es la del mercader que importa servidumbre, ni la del charlatán que busca reconocimiento, sino la del evangelista que lleva la Noticia y la Esperanza.

El primer misionero de nuestro tiempo va a hablar desde Canarias sobre el desarraigo migratorio. Escuchemos sin prejuicios lo que nos vaya a decir; no hagamos nosotros, los que nos proclamamos más que suyos, de nuevos fariseos, temerosos -cuando no deseosos- de que se aparte un ápice de lo que queremos oír. El Evangelio no vino a darnos la razón, sino a dar un aldabonazo sobre nuestra conciencia, a despertar nuestro corazón: sursum corda.

La inmigración clandestina que, no nos engañemos, cada vez domina más los movimientos migratorios y no es otra cosa que tráfico de eres humanos, es hoy la industria del desarraigo; una industria caótica que convierte al hombre en mercancía, promueve la economía del desarraigo (bajos salarios y un nuevo lumpenproletariado que vaga por los mercados, campos y ciudades en régimen de desorientación) y da lugar a una contracultura del desarraigo (conflicto de identidades, de culturas, de resentimientos, descubrimiento del atroz engaño, odio a la sociedad de acogida, lucha por los recursos públicos, desencuentro) incapaz de cuajar e integrarse en el lugar de llegada.

Industria, economía, contracultura: sociedades del desarraigo. En el lugar de origen, los países emisores quedan desprovistos de juventud y, en consecuencia, de futuro. Se arranca masiva y desordenadamente, como una desbrozadora arranca el suelo vegetal de la tierra, a las nuevas generaciones de su lugar de nacimiento, se les separa de sus familias, de sus valores, de sus tradiciones y costumbres, se les expulsa de sus aldeas, pueblos y ciudades, que se quedan sin jóvenes, vacías de futuro y de toda posibilidad de progreso. Ese caos migratorio, esa industria ilegal y desalmada, articulada sobre el espejismo de un destino engañoso y utópico, arroja sobre Occidente a millones de personas arrancadas de raíz, como en su día lo fueron los esclavos, que llegan en tromba a un lugar de recepción, Europa, que vive a su vez una de las más grandes crisis de identidad y el mayor desarraigo cultural de su historia.

Una Europa vacía de sí misma y de Dios (sin fe, sin esperanza, sin caridad), en vías de desestructuración, es el perfecto caldo de cultivo para que el experimento de abrir indiscriminadamente las puertas a migraciones caóticas salga mal.

No se trata de que nos quieran reemplazar o no, sino de que toda esa gente a la que arrojan, desde otras culturas, desordenadamente aquí, llega a una sociedad en crisis que además se siente amenazada. Son dos enormes desarraigos, actuando uno sobre el otro: el que ya sufre constitutivamente Europa consecuencia de la contracultura dominante y de la ausencia de Dios, y el que llega expulsado de África (el mundo hispano es claramente otra cosa, y nos arraiga en nuestra propia cultura) para superponerse sin orden ni concierto sobre aquél. Es el choque de dos contraculturas: la que ha barrido a Dios de nuestro continente y la que llega con otro Dios a cuestas cuyo gobierno del mundo nada tiene que ver con nuestro ser occidental.

No es solo que el estado del bienestar sea insostenible; es que la paz interior en un entorno de caos parece imposible. Y no sabemos qué hacer.

Oigamos, pues, lo que viene a decirnos el hombre más libre y más moral del mundo.

Pedro Gomez de la Serna Villacieros es Administrador Civil del Estado y ha sido diputado al Cortes y portavoz de la Comisión Constitucional en el Congreso de los Diputados

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