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TRIBUNARoberto López Montero

¿Bendición en castellano o en catalán? En latín, y se acaba la polémica

Estas calamidades no son, por desgracia, las únicas que aparecen con estas actitudes. San Juan XXIII, en clara continuidad con sus predecesores, habla también de la «inmutabilidad» del latín

Act. 03 jun. 2026 - 13:47

Hace más de sesenta años que San Juan XXIII publicó la Constitución Apostólica Veterum Sapientia, con la que insistía en la prescripción del uso del latín en la Iglesia. En ella recoge las grandes aportaciones del Magisterio anterior sobre la lengua latina, como las de la Carta Apostólica Officiorum omnium o el Motu Proprio Litterarum Latinarum, ambos de Pío XI, o las de la Alocución Magis quam de Pío XII; pero también introduce prerrogativas nuevas, algunas de hondo calado teológico. Sorprende, desde luego, que todo este Magisterio –que llega, por cierto, hasta el Motu proprio Latina Lingua de Benedicto XVI– haya quedado totalmente postergado e ignorado, con las nefastas consecuencias que de ello se extraen.

La Constitución Apostólica Veterum Sapientia posee una gran actualidad, pues muchas de sus frases, a las que no se les puede sustraer el valor profético, pondrían paz y sentido común en las constantes controversias lingüísticas que sufre la Iglesia actual. Entre ellas destaca la que ha habido por la lengua que debe usarse en la bendición de la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia, encargada al Papa León XIV en su visita apostólica a la Ciudad Condal. Se ha pasado, al parecer, del castellano al catalán en último momento, con la ineludible asunción de rivalidades y la irremediable perversión de tan solemne acontecimiento.

San Juan XXIII, para prevenir estas desagradables situaciones, afirma en dicha Constitución –poseedora, por su rango, de un elevado valor magisterial– que el latín cum invidiam non commoveat, singulis gentibus se aequabilem praestet, nullius partibus faveat, omnibus postremo sit grata et amica, es decir, que «no genera envidias, con todos se muestra imparcial, no favorece los intereses de nadie, de todos es grata y amiga». Es evidente que la exclusión de la lengua latina consigue lo contrario a estas bondades que concede su pacífico uso. La contienda actual entre el castellano y el catalán muestra, sin salirnos de las palabras del Papa, cómo el arrinconamiento de la lengua «propia» de la Iglesia –como la llamó San Pío X en su Carta Vehementer sane– engendra envidias, imparcialidades, favoritismos y enemistades.

Estas calamidades no son, por desgracia, las únicas que aparecen con estas actitudes. Un poco más adelante San Juan XXIII, en clara continuidad con sus predecesores, habla también de la «inmutabilidad» del latín. Este hecho impide la evolución del significado, fijado para siempre jamás en un significante eterno, ajeno a toda vulgaridad, como conviene a la expresión de la Fe, sobre todo en la Liturgia, a la que pertenecen, por cierto, las bendiciones.

Lo verdaderamente triste es la incuestionada complacencia con que se abrazan los planteamientos mundanos y, sobre todo, la constante desatención del Magisterio previo, contenedor de iluminadoras respuestas para la coyuntura actual. El abandono y el escarnio de las humaniores Litterae, tesoro que la Iglesia ha custodiado desde siempre, es un signo claro de su decadencia, al menos, intelectual. Bastaría una simple lectura, aunque sea en lengua vernácula, de aquello que los Sumos Pontífices han dicho sobre estos argumentos para poner otra vez a la Iglesia en la senda que jamás debió abandonar. Feci quod potui, faciant meliora potentes.

Roberto López Montero es Doctor en Teología Patrística y Filología Clásica, profesor de la Universidad Pontificia Comillas y párroco de Nuestra Señora del Carmen y San Luis de Madrid

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