El Papa León XIV durante la procesión del Corpus Christi
León XIV cambia el discurso vaticano: el Papa que llama, de nuevo, a la conversión y al arrepentimiento
El Sucesor de Pedro no sólo ha recordado que la misericordia de Dios alcanza a todos, sino que en diferentes momentos de su viaje a España insistió en la importancia de «arrepentirse, convertirse y enmendarse»
llamar a la conversión, es decir, al cambio de vida a partir del arrepentimiento y el propósito de enmienda, está en el corazón mismo del mensaje cristiano, en su origen más primordial. El propio Jesús empezó su actividad pública, tras su bautismo en el Jordán, con la famosa frase que repite la liturgia cada inicio de Cuaresma: «Convertíos y creed en el Evangelio». Además, el relato de los Evangelios muestra cómo a lo largo de toda su vida ese tipo de invitaciones fueron constantes, incluso con serias admoniciones para quienes se empeñasen en su vida de pecado (como acabar en la «gehena de fuego», una imagen alusiva al infierno)
Por eso, no debería sorprender que el Sucesor del Apóstol a quien el Nazareno eligió como piedra sobre la que edificar su Iglesia, el Vicario del propio Cristo, o sea, el Papa, haga lo mismo: llamar a la conversión y al arrepentimiento.
Y, sin embargo, tras la visita de León XIV a España, las constantes peticiones del Pontífice llamando a la conversión en casi todos los escenarios que ha pisado son, efectivamente, noticia.
Un mensaje transversal y constante
Durante los siete días que duró su primer gran viaje a un país europeo (motivo por el cuál ha acaparado una inmensa expectación internacional, con más de 2.400 periodistas acreditados), el Pontífice abarcó una amplísima panoplia de temas de raíz social: la defensa de la vida desde la concepción a la muerte natural, la promoción de la familia y el matrimonio, la necesaria ejemplaridad de los líderes políticos, la importancia del diálogo en la convivencia cívica, la inmigración y la integración de los emigrantes, los desafíos de la juventud, la inteligencia artificial...
También, cómo no, tocó otros que podrían catalogarse como más espirituales, pero no menos complejos: la búsqueda de Dios, la apertura a la vocación, el sentido del dolor y del sufrimiento, la importancia de la oración, la justicia de Dios en un mundo de desigualdades, o incluso el rezo del Rosario como un gesto radical ante un mundo ensimismado en el progreso tecnológico.
Lo llamativo es que, en prácticamente todos los actos, consciente además de la enorme repercusión nacional e internacional, civil y eclesial, que generaba cada discurso, el Pontífice ha tenido palabras para invitar a un cambio de vida y una conversión personal.
Vuelta a la conversión personal
Y el matiz de «conversión personal» es más que relevante: es casi disruptivo. Es rompedor.
Durante el pontificado de Francisco, los apremios a la conversión individual también fueron numerosos –como es lógico–. Sin embargo, en muchísimas ocasiones esa conversión tenía también otro tipo de adjetivos asociados: conversión pastoral, conversión sinodal, incluso conversión ecológica.
El motivo es que el anterior Pontífice consideró necesario e históricamente urgente insistir en la misericordia de Dios y en el acompañamiento individual a todas las personas, fuese cual fuese su situación. El propio lema pontificio de Francisco fue «Miserando atque eligendo» («y mirándolo con misericordia, lo eligió», una cita de san Beda el venerable para retratar la llamada de Jesús a Mateo).
También fueron constantes las ocasiones en que recordó que en la Iglesia entramos «todos, todos, todos», como hizo repetir a los miles de jóvenes que acudieron a la JMJ de Lisboa. Aunque nunca añadiese (seguramente, por dar por sentada esa invitación) que «todos, todos, todos» estemos llamados a cambiar de vida, a alejarnos de aquellas situaciones que nos anclan al pecado y, por tanto, llamados a abrazar el modus vivendi que nace del Evangelio.
Arrepentimiento y enmienda
Ahora, León XIV no ha rechazado ese mensaje de su inmediato antecesor; simplemente lo ha ampliado de forma explícita: la misericordia de Dios alcanza a todos, sí, pero también si es verdadera mueve al cambio de vida, a través del arrepentimiento y el deseo de enmendarse.
Dos verbos (arrepentirse y enmendarse) completamente infrecuentes en los discursos pontificios de las últimas décadas. Y, por extensión, también en las homilías de las parroquias corrientes, en las catequesis y en los mismos planes pastorales de muchas diócesis.
«Ser cristiano no consiste en no equivocarse sino en crecer en la capacidad de convertirse, arrepentirse, enmendarse y, sobre todo, de reconciliarse y de perdonar», dijo el Papa en Barcelona
El propio León XIV lo enmarcó de un modo inequívoco en su visita a la prisión de Brians. Fue allí cuando, en un encuentro con los presos, lanzó unas palabras cuya trascendencia tiene visos de convertirlas en uno de los lemas de esta visita: «¡Dios te ama como eres, pero te sueña mejor! El Señor nos permite a todos empezar siempre de nuevo, pues ser humano y ser cristiano no consiste en no equivocarse sino en crecer en la capacidad de convertirse, arrepentirse, enmendarse y, sobre todo, de reconciliarse y de perdonar»
De la Cosa Nostra a la trata de migrantes
No ha sido el único momento en que el Sucesor de Pedro ha recuperado la invitación explícita y radical a abandonar el pecado y convertirse a Cristo.
Tan, tan explícita, que ya no sólo los 12 años de Francisco, es que ni siquiera los 8 años de Benedicto XVI en el solio pontificio, ni la última década de Juan Pablo II, permiten encontrar (más allá de los mensajes anuales para Cuaresma) llamamientos tan potentes y reiterativos como los que el Papa Robert Prevost ha dejado en España.
Casi sería necesario remontarse al histórico viaje de Juan Pablo II a Sicilia de 1993 para encontrar unas alocuciones tan intensas como las que ha pronunciado León XIV.
Entonces, el Papa polaco se dirigió con vigor directamente a los miembros de la mafia siciliana, la Cosa Nostra, diciéndoles «¡Convertíos! Un día vendrá el juicio de Dios».
Palabras casi idénticas a las que León XIV pronunció el pasado viernes en Canarias, dirigidas a las mafias que trafican con inmigrantes y se dedican a la trata de personas: «¡Deténganse! ¡Conviértanse! Las lágrimas y la sangre de estos hermanos claman a Dios y sus sufrimientos llegan hasta Él. Por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado habrán de comparecer ante la justicia divina», clamaba en el encuentro con inmigrantes, dirigiéndose directamente a las mafias de trata de personas.
Invitación a la puerta estrecha
Sin embargo, las palabras del Pontífice no se limitaban a una mera amenaza del juicio de Dios. También, como en Brians, mostraban que el verdadero fuego de la misericordia de Dios necesita de la chispa del arrepentimiento en vida y del esfuerzo personal por rechazar las malas acciones, sin confiar en que aquello que hacemos quede borrado por una supuesta bondad divina ajena a toda justicia.
«La misericordia de Dios puede alcanzar incluso al pecador más endurecido, pero sólo entra por la puerta estrecha de la verdad, la justicia y la conversión»
Y, dirigiendo sus palabras a las mafias, lanzaba un mensaje para todos los presos del pecado, o sea, para todos: «Devuelvan lo arrebatado y reparen cuanto puedan. Vuelvan mientras aún hay tiempo, porque la misericordia de Dios puede alcanzar incluso al pecador más endurecido, pero sólo entra por la puerta estrecha de la verdad, la justicia y la conversión».
La propia conversión del Papa
En realidad, el Pontífice no propone nada que él mismo no haya vivido –y continúe viviendo–. En la Vigilia de la Plaza de Lima, reconoció, parafraseando las Confesiones agustinianas que, en su juventud, «contemplando la vida de estos santos, como san Agustín, me dije a mí mismo: si ellos fueron capaces, ¿por qué yo no?».
Una idea que volvería a remarcar en la cárcel de Brians: «Aunque el agobio y la tristeza marquen algunos momentos de vuestro camino, recordad que los errores de la vida no determinan la identidad de una persona. San Agustín, en sus Confesiones, nos comparte su itinerario vital y nos habla de ello; si confiamos en la gracia divina y nos dejamos guiar y transformar por ella, descubrimos cómo en nuestra vida el pasado no condena el futuro, sino que nos ofrece la posibilidad de cambiar nuestras decisiones y elecciones».
Pero, esa llamada a la conversión, ¿qué objetivo tiene, para León XIV? ¿Encontrar la paz interior, como los budistas? ¿Mejorar como personas, al estilo estoico? ¿Sentirse en paz y acompañado por la Iglesia? No exactamente. El Papa no ha propuesto una fe intimista, ni un activismo secular, ni un mero «acompañamiento pastoral» sin rumbo, que se convierta en un deambular en torno a las mismas situaciones de pecado.
Como dijo en Madrid, durante la misa del Corpus Christi, la conversión que está llamada a proponer la Iglesia a todos, y que está llamado a protagonizar cada pecador arrepentido, parte de la relación íntima con Jesús (sobre todo, en la Eucaristía), para dejar de considerarse uno mismo la medida de todas las cosas y así darse, después, a los demás. O, con sus palabras, «no se trata únicamente de sacar la Custodia, sino de dejarnos sacar nosotros mismos del egoísmo, de la indiferencia, de una fe cómoda y privada, para responder a su invitación a la conversión, a cambiar la mirada, a acoger su presencia que nos transforma y nos hace constructores de un mundo nuevo».
Un mundo nuevo en el que el Sucesor de Pedro, de nuevo, vuelve a incluir el arrepentimiento y la conversión explícita en el discurso eclesial.