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TribunaRoberto Esteban Duque

León XIV o el testimonio de la Belleza

Las personas, como parte de la creación, aspiran a su creador. Ya no se trata de la fe, sino de la naturaleza del hombre. Sobre esta base, el ateísmo es imposible, porque no se puede cambiar lo que Dios mismo ha puesto en el hombre

La «Verdad» para el alma rusa no remite a algo que tenga relación con el conocer, sino a lo que verdaderamente existe. La «verdad» (istina) es «la existencia que permanece», «lo viviente», «el ser vivo», «el que aspira», es decir que posee la condición esencial de la vida y la existencia.

Lo existente es simultáneamente lo verdadero y amado por Dios. Y este amor manifestado hacia lo creado es contemplado objetivamente como belleza. «Aquello que causa alegría -dirá el sacerdote ortodoxo ruso Pável Florenski-, es llamado belleza; el amor como objeto de contemplación es belleza». Hay una íntima relación entre el amor, la verdad y la belleza. La verdad es el amor manifestado y contemplado como belleza.

En El Banquete, Platón sostiene que el impulso creador engendra en la belleza, movido por la belleza. En Florenski, el amor realizado es la belleza. Sin embargo, creemos que no se oponen; son dos momentos distintos en la relación amor-belleza: el inicial donde se produce la motivación y el final donde asistimos a la realización. El que engendra (el que da, el que pone en el ser), es el amor.

Esta afirmación -la belleza es el amor realizado- nos resulta familiar, pues a nuestros ¡qué belleza! los despiertan también los gestos de amor (compasión, fidelidad, perdón). Todo gesto de amor que sana la creación herida, al hombre herido por el mal, puede conmovernos en esa dirección. ¡Qué belleza ver al Papa bendiciendo a los niños! ¡Qué belleza su defensa de la dignidad humana en los migrantes! ¡Qué belleza su abrazo a los presos, su mensaje de esperanza para quienes sufren soledad o están afectados por problemas de salud mental! ¡Qué belleza su rechazo a la guerra y su defensa de la vida del inocente! ¡Qué belleza la constante interpelación a dejar atrás la polarización para habitar en la «cultura del encuentro»!

Para Dostoievski, si solo se da el pan, sin el ideal de la Belleza, el hombre no aguantará, se matará o se volverá loco. El hombre necesita del ideal. «Y como Cristo llevaba en sí mismo y en su palabra el ideal de la Belleza, entonces decidió que es mejor infundir el ideal de la Belleza en las almas; teniéndolo en el alma todos se convertirán en hermanos unos de otros, y entonces, trabajando para los demás, serán también ricos».

Así, el ideal de Belleza se encuentra en el alma misma del hombre y gracias a él la fraternidad es posible e incluso natural. Además, no solo el ideal de la Belleza, sino también Dios Omnipresente vive en el hombre. Por lo tanto, es bastante comprensible por qué las personas, como parte de la creación, aspiran a su creador. Ya no se trata de la fe, sino de la naturaleza del hombre. Sobre esta base, el ateísmo es imposible, porque no se puede cambiar lo que Dios mismo ha puesto en el hombre.

El Papa León nos recuerda en su viaje apostólico a España que encontrar en el hombre al hombre significa encontrar en él la imagen de Dios: «el valor intrínseco de los seres humanos no depende de lo que poseen o de sus circunstancias, sino de su origen divino», instando a que esta premisa se traduzca en amor y compasión hacia el prójimo. Dios vive en el hombre, y por tanto no es necesario destruir a la persona, sino a las ideas falsas que la poseen. Es necesario salvar al hombre, y para ello hace falta eliminar lo que lo divide. ¿Qué es exactamente? Lo que es contrario a su naturaleza, es decir, lo que es opuesto a la Verdad, al Bien, a la Belleza.

La dramaticidad de la belleza en la historia de los hombres encuentra en la figura del santo el grado más alto del amor realizado dentro del horizonte de la creación herida. La naturaleza espera gimiendo que su belleza sea salvada a través del hombre santo. Así nos lo ha recordado el Santo Padre aludiendo al legado de san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús en el Congreso de los Diputados. El santo vive en una cercanía más íntima y personal a Dios que el resto de los seres humanos, encarna de manera más especial el amor realizado por Dios en el corazón del hombre, que se abre a sus dones.

La de Cristo es una belleza que atraviesa los lugares de la desesperación para mostrar la claridad de una luz que nada pueda apagar. Así presenta san Agustín el misterio de la Encarnación, uniendo estos dos elementos paradójicos que convergen en la cruz, la belleza y la despojada humildad de Dios reveladas en Jesucristo. Así también el Papa León. En el muelle de Arguineguín (Gran Canaria), el Pontífice bendijo una cruz fabricada con madera de cayucos utilizados por migrantes en su travesía por el Atlántico, vinculando el sufrimiento de los migrantes con la cruz de Cristo.

Así también en la basílica de la Sagrada Familia de Barcelona, el Papa bendijo la nueva cruz que corona la torre más alta del templo, destacando en su homilía que las tres fachadas de la obra de Antoni Gaudí son un testimonio del sacrificio y redención de Cristo, invitando a los fieles a «levantar la mirada hacia la cruz» no como signo de derrota, sino como faro de esperanza.

En dos de sus obras (El idiota y Los hermanos Karamazov), Mishkin y Zósimo afirman su convicción de que «sólo la belleza salvará el mundo». ¿A qué se refiere Dostoievski? Pensamos que la belleza que salva es la del amor que llega al sacrificio redentor. En su discurso al recibir el premio Nobel en 1972, teniendo presente las tragedias del siglo XX, Solzhenitsyn se hizo eco de esta idea, recordando que «Solo la belleza salvará el mundo». En el capítulo IV del tratado Sobre los nombres divinos de Dioniso el Areopagita, encontramos una sugerente referencia a esta tríada: amor, belleza y salvación.

La belleza de la que habla Dostoievski va en la línea de lo planteado por el Areopagita. Se trataría de una operación divina en el mundo, que es captada a través de una «teofanía inmediata», como planteaba el teólogo Von Balthasar. Para Von Balthasar, la belleza no es una magnitud abstracta, sino un vínculo vital entre Dios y el mundo. Para Guardini la belleza pertenece a lo que él denomina el orden de lo viviente-concreto. Comentando la novela El idiota, dirá Guardini: «La belleza es el mundo que tiene el ser de cobrar un rostro ante el corazón y con él hacerse elocuente».

La belleza de la que habla Dostoievski no es un concepto de la estética, sino una experiencia arraigada en el corazón del pueblo que, a pesar de su ignorancia lo único que anhela es encontrarse cerca de Dios y escuchar su Palabra. La belleza es el mundo en que el pueblo experimenta el amor de Dios. La belleza que salvará el mundo es la belleza de la presencia personal de Dios en la creación que, aun cuando desborda nuestras categorías, nos atrae amorosamente hacia Él y nos impele al testimonio.

Es imposible vivir sin la Belleza. Este es el maravilloso testimonio que nos ha dejado el Santo Padre en su reciente viaje apostólico a España.

  • Roberto Esteban Duque es sacerdote, profesor de Ética y Bioética en la Universidad Francisco de Vitoria (Madrid) y de Teología Moral en el Seminario Conciliar San Julián de Cuenca; licenciado en Teología por la Universidad Lateranense de Roma y doctor en Teología Moral por la Universidad San Dámaso de Madrid