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Primera sesión del Concilio Vaticano II, el 11 de octubre de 1962

Primera sesión del Concilio Vaticano II, el 11 de octubre de 1962Catholic Press Photo

Qué fue el Concilio Vaticano II y qué grandes cambios supuso en la Iglesia

La llamada universal a la santidad, el abandono del latín obligatorio o el cambio de postura con el resto de religiones fueron algunas de sus transformaciones

El Concilio Vaticano II fue el acontecimiento histórico, teológico y cultural más importante de la Iglesia católica en el siglo XX. Convocado por el Papa San Juan XXIII en 1959 y clausurado por San Pablo VI en 1965, consistió en una asamblea de más de 2.400 obispos de todo el mundo cuyo objetivo fue realizar una actualización profunda para poner a la Iglesia en diálogo directo con el mundo moderno.

Los cambios se reflejaron tanto en la teología profunda como en la práctica cotidiana de los más de mil millones de católicos en el mundo. Algunos de los más relevantes fueron el abandono del latín obligatorio, la proclamación de la llamada universal a la santidad, la defensa de la libertad religiosa como un derecho fundamental y el cambio de postura con los protestantes y los ortodoxos.

Un concilio revolucionario

Tras la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y el auge del secularismo, la Iglesia católica se encontraba en una postura un tanto a la defensiva frente a los cambios que sucedían a su alrededor. El Papa San Juan XXIII sorprendió al mundo al anunciar el concilio con la intención de «abrir las ventanas de la Iglesia para que entrara el aire fresco». Buscaba una actitud de apertura hacia el mundo y adaptar la evangelización a los nuevos tiempos.

El Papa San Juan XXIII en la Misa inaugural del Concilio Vaticano II

El Papa San Juan XXIII en la Misa inaugural del Concilio Vaticano IILothar Wolleh

La llamada universal a la santidad

Una de las transformaciones más relevantes del Concilio Vaticano II se encuentra en el capítulo V de su documento más importante, la Constitución Dogmática Lumen Gentium, donde se proclama la llamada universal a la santidad para todos los bautizados. Este concepto supuso una auténtica revolución teológica. Hasta ese momento, existía la idea generalizada de que la santidad era una meta exclusiva para sacerdotes, monjes y monjas, mientras que los laicos (los cristianos casados, trabajadores y comunes) debían conformarse con una vida espiritual de «segunda categoría», limitada a cumplir los mandamientos para no condenarse.

Rompiendo con este pensamiento generalizado, el Concilio afirmó que «todos los cristianos, sin importar su profesión, estado civil o condición social, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad». Se disolvían así las corrientes que defendían que la santidad estaba reservada a un grupo de «superhéroes espirituales». El Papa, un obispo, un obrero de fábrica, una madre de familia o un estudiante tienen exactamente la misma obligación y capacidad de ser santos, ya que la perfección cristiana no consiste en hacer actos extraordinarios sino en hacer las tareas ordinarias de la vida con un amor extraordinario.

Cambios en la liturgia

La reforma de la liturgia fue el cambio más visible del Concilio Vaticano II. Se legisló en la Constitución Sacrosanctum Concilium, el primer gran documento aprobado por los obispos. Su objetivo central era lograr la «participación plena, consciente y activa» de todos los fieles en el culto.

Se abandonó el latín obligatorio y se autorizó celebrar la misa en las lenguas locales (vernáculas) para que la gente entendiera el culto. Igualmente, el sacerdote dejó de dar la espalda a los fieles (mirando hacia el muro/oriente) y pasó a celebrar de frente a la comunidad, simbolizando una cena compartida. La predicación del sacerdote basada en las lecturas bíblicas pasó a ser obligatoria en los domingos y fiestas. Estas lecturas comenzaron a organizarse gracias a la creación de un leccionario de tres ciclos anuales, logrando que en el periodo de tres años se puedan leer casi la totalidad de las Sagradas Escrituras.

El Papa San Juan Juan inagurando el concilio

El Papa San Juan XXIII inagurando el concilioGetty Images

Además, aunque se mantuvo el órgano y el canto gregoriano en un lugar de honor, se abrieron las puertas a la música religiosa popular. Esto permitió la entrada de guitarras, instrumentos autóctonos y cantos con ritmos e identidades culturales propias de cada región.

Ecumenismo y diálogo interreligioso

En el concilio ecuménico la Iglesia cambió su actitud hacia los protestantes y ortodoxos, a los que comenzó a denominar como «hermanos separados», iniciando así un diálogo oficial para buscar la unidad cristiana. También se acercaron posturas con el judaísmo, gracias a la condena absoluta del antisemitismo, eliminando la histórica acusación colectiva a los judíos por la muerte de Jesús y se reconoció el vínculo espiritual indestructible entre ambas religiones.

Los obispos también reconocieron que otras religiones, como el islam, el budismo o el hinduismo, reflejan destellos de la verdad divina. Iniciaban así una relación de respeto mutuo.

La libertad religiosa como derecho fundamental

Durante el Concilio, la Iglesia defendió explícitamente la libertad religiosa como un derecho humano fundamental, apoyando las corrientes que afirman que el Estado no debe imponer la religión.

También se fortaleció el poder de los obispos de todo el mundo para gobernar la Iglesia junto al Papa, creando las Conferencias Episcopales. Asimismo se promovió la acción de los laicos en la política, la economía y la cultura, reconociendo su autonomía en los asuntos temporales. Se restauró además el diaconado permanente (hombres casados que ejercen en el servicio litúrgico, la predicación y la caridad).

Con todos los cambios, el Vaticano II provocó un entusiasmo masivo, pero también fuertes tensiones que fracturaron sectores de la institución. El sector más progresista sintió que las reformas se quedaron cortas o se frenaron muy rápido durante el pontificado de San Juan Pablo II. Por otro lado, algunos sectores más conservadores mostraron su preocupación por no respetar plenamente la tradición eclesial, por romper, en algunos aspectos con el dogma.

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