La extraordinaria Seu Vella de Lérida
90 años de los primeros mártires de 1936
Más de 270 sacerdotes y su obispo fueron asesinados en apenas tres meses: así fue la masacre de Lérida
El 5 de agosto de 1936 era martirizado monseñor Salvio Huix Miralpeix, cuya mano fue traspasada por una bala mientras bendecía a sus verdugos
Fue una verdadera cacería para exterminar a todos los sacerdotes de la diócesis catalana. Hasta 270 presbíteros fueron asesinados en Lérida desde el inicio de la Guerra Civil y en menos de 100 días. Casi tres al día. Y, junto a ellos, su obispo: monseñor Salvio Huix Miralpeix, asesinado el 5 de agosto de 1936 por los milicianos in odium fidei.
«Cuando los de mi generación entramos en el seminario, en el año 47, habían pasado sólo 11 años de su martirio. Os puedo decir que toda la vida de seminario la vivimos bajo el recuerdo constante e impresionante de los 270 sacerdotes de Lérida que fueron sacrificados junto con el obispo, en un espacio de tres meses», señalaba el sacerdote leridano Joan Ramón Ezquerra durante la conferencia que impartió en las V Jornadas Martiriales celebradas en Barbastro (Huesca) en octubre de 2017. «La cifra se nos quedó bien grabada. Cifra y ejemplo nos acompañó, como una brújula, durante toda la carrera», reconocía entonces.
Monseñor Salvio Huix Miralpeix, obispo mártir de Lérida
Monseñor Huix llevaba poco más de un año pastoreando la diócesis catalana cuando estalló la Guerra Civil. Pero, en ese breve espacio de tiempo, le dio tiempo a mostrar su pasión evangelizadora. «Le amaban los sacerdotes, pues se habían visto amados intensamente por él», observaba mosén Ezquerra, quien añadía que, «en poco tiempo, hizo una verdadera revolución» en la diócesis. «Su muerte impidió la terminación de uno de sus mejores sueños: un comedor para pobres transeúntes y faltos de hogar», explicaba el sacerdote en las Jornadas Martiriales.
«Emprendió inmediatamente la ardua tarea de la visita pastoral empezando por las altas montañas del Pirineo, comprendiendo que eran precisamente las parroquias más alejadas de la capital las que debían recibir primero la visita del obispo», agregaba.
Asesinados en la cama
Todos esos sueños se truncaron con la Guerra Civil. Una familia acogió al obispo durante unos días, pero monseñor Huix decidió salir de su refugio para no comprometerla y para compartir la suerte de sus sacerdotes, que, uno tras otro, iban muriendo asesinados en la calle, en casa, incluso en la cama, donde eran exterminados incluso estando enfermos.
El obispo se presentó a la Guardia Civil. «De poco lo matan allí mismo», observaba mosén Ezquerra. «Fue encarcelado. En la prisión de Lérida lo recibieron los encarcelados, sacerdotes y seglares, con dolor, pero también con el consuelo de tener cerca de ellos a su padre y pastor», afirmaba. «Quince días intensos de oración, de humildad, sin aceptar ser sustituido en los servicios más bajos; días de catacumbas, de ejercicios espirituales para prepararse para la hora suprema de dar la vida y perdonar a los verdugos», añadía.
El 5 de agosto, con 20 compañeros de prisión, llegaron al cementerio de la ciudad. «Uno tras otro eran ejecutados. El obispo pidió ser el último para poder bendecir y absolver a todos. Un miliciano dispara contra su mano derecha. No pasa nada; el obispo levantará la izquierda para continuar bendiciendo, hasta que cae él mismo. Tenía 58 años», concluía mosén Ezquerra.