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Algunos de los mártires

Algunos de los mártires de los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios

90 años de los primeros mártires de 1936

Los 24 mártires de San Juan de Dios: «Nos quedamos junto a los enfermos»

Hoy se cumplen 90 años del martirio del beato Gaudencio Íñiguez de Heredia, el primero de los 24 Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios que fueron asesinados por odio a la fe en 1936 tras quedarse en los hospitales al cuidado de sus internos

Probablemente, agosto de 1936 fue el mes en el que corrió más sangre de los mártires en la historia de España y, tal vez, del mundo. La Guerra Civil había comenzado apenas dos semanas antes, y desde el primer día del nuevo mes, los milicianos prosiguieron en su criminal persecución de religiosos a lo largo y ancho de toda la zona que dominaban.

El Sanatorio de San José en Ciempozuelos (Madrid) había sido fundado por San Benito Menni en 1877. La comunidad de Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios que lo gestionaba constaba de 82 religiosos: una docena de religiosos ancianos, entre treinta a cuarenta religiosos profesos y, los restantes, novicios y postulantes.

Según sus biógrafos, todos ellos tuvieron la oportunidad de abandonar los hospitales donde servían, y así salvar la vida, pero decidieron quedarse con los enfermos y los niños a los que atendían. «Me quedo junto a los enfermos, pase lo que pase, y quiero correr la misma suerte que el resto de los Hermanos», se sabe que dijeron varios de ellos. También hay testimonios de perdón a los enemigos: «Vosotros me mataréis, pero yo rogaré por vosotros», dijo el hermano Gaudencio Íñiguez de Heredia, OH, a los milicianos que, poco antes, le habían detenido mientras servía la cena a los enfermos. Esa misma noche, la del 1 de agosto de 1936, es asesinado en el término de Valdemoro con otros dos eclesiásticos. Fue beatificado en Tarragona el 13 de Octubre de 2013 junto a 23 Hermanos de San Juan de Dios más.

Al beato Gaudencio le acompañaban, efectivamente, dos sacerdotes más. Ginés Hidalgo Campos, un sacerdote de 33 años de Sabiote (Jaén), era el capellán de las Oblatas del Santísimo Redentor de Ciempozuelos. Juan Manuel Navarrete Orcera también era jienense, aunque de Úbeda, y mucho mayor que el anterior: tenía 71 años. Se había refugiado en la casa de las Hospitalarias, junto con otros sacerdotes. A ellas las exhortaba al martirio, diciendo: «No temáis a los sicarios, que aunque pueden matar nuestros cuerpos, no pueden dañarnos el alma, si nosotros no queremos… y, si nos matan, nos harán eternamente felices».

En la Catedral Primada

A unas decenas de kilómetros de allí, en Toledo, otros milicianos acababan con la vida del beato Justino Alarcón de Vera. Era el segundo maestro de ceremonias de la catedral, y fundó la Editorial Católica Toledana. En los días de la persecución religiosa, concretamente el 1 de agosto de 1936, fue detenido por los milicianos, que lo arrastraron por las calles, lo hirieron con bayonetas y lo mataron cerca de la catedral. Fue beatificado en Roma el 28 de octubre de 2007, dentro del grupo de 498 mártires españoles.

El beato Justino Alarcón de Vera

El beato Justino Alarcón de Vera

Ildefonso Montero, un sacerdote nacido en Sevilla en 1883, corrió la misma suerte. «Seguiremos orando y trabajando en cuanto sea posible; seguiremos pidiéndole a Dios que nos libre de la muerte violenta; pero si Dios no quiere librarnos... yo tampoco quiero: hágase su santa voluntad... Yo estoy dispuesto para morir, conforme con la voluntad de Dios, sea lo que sea, y acepto de antemano la clase de muerte que quiera mandarme...», dejó escrito.

«Espantoso y aciago mes de agosto»

El sacerdote Jorge López Teulón, de la archidiócesis de Toledo, uno de los mayores especialistas en persecución religiosa en los años 30 en España, narra los últimos momentos de Ildefonso Montero: «Los milicianos se presentan en los claustros de la catedral de Toledo, preguntando por 'un cura que se llama Ildefonso Montero'. Su muerte viene decretada desde más arriba. A él le dicen que se lo llevan para declarar. Su hermana, que está en otra habitación, pide acompañarlo. Pero don Ildefonso tiene muy claro adónde se lo llevan y con la negativa de los milicianos, la mujer queda en el dintel de la puerta contemplando cómo apresan a su hermano. Tal vez por su fama o por algún odio personal por la tarea ingente del sacerdote, los milicianos, que llevan tiempo actuando impunemente y a la luz del día, obligan, sin embargo, al canónigo a ir por callejas ocultas, bajándolo por un sendero desde el Miradero hasta cerca de la Puerta Nueva de la ciudad, donde lo matan. Son aproximadamente las cinco de la tarde del primer día del espantoso y aciago mes de agosto de 1936».

A cientos de kilómetros de la ciudad imperial, en Cataluña, la persecución religiosa no era menor. Fray Rafael María de Mataró, un joven capuchino de 34 años, había huido de su convento de Sarriá, en Barcelona, y se refugió en casa de unos amigos. Estaban tramitando su salida hacia Italia para el 2 de agosto, pero el día anterior, al ir a la comisaría a poner las huellas en el pasaporte, en la estación del tren de Sarriá fue identificado como religioso. Detenido, sufrió martirio el 1 de agosto de 1936 en Vallvidrera-Barcelona.

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