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"El ángel caído" de Alexandre Cabanel, 1847.

«El ángel caído» de Alexandre Cabanel, 1847.

Los siete ataques del demonio y las claves del discernimiento espiritual: el análisis del padre Luzón, exorcista

En una entrevista concedida al pódcast A la de tres, el sacerdote advierte sobre los peligros del ocultismo y la Nueva Era, aclara el rigor de la Iglesia ante fenómenos preternaturales y recuerda que la victoria definitiva pertenece a Jesucristo

¿Son el yoga, el reiki o el mindfulness simples técnicas inofensivas de relajación o vías de acceso a la acción del demonio? La advertencia del padre Javier Luzón Peña, sacerdote español y reconocido exorcista que ejerció su ministerio en Madrid y Córdoba, en el pódcast A la de tres es contundente: tras el camuflaje de bienestar de la Nueva Era se esconden doctrinas incompatibles con la fe e incluso riesgos de acción demoníaca.

En una entrevista reveladora, el sacerdote clasifica los siete ataques de la acción maligna, defiende el rigor casi «científico» con el que la Iglesia examina estos fenómenos y recuerda que la última palabra no la tiene el miedo, sino la victoria de Jesucristo.

«¿Qué es el yoga? Es anular todo sentimiento para no sentirse frustrado [...]; es la disolución de la persona en la energía universal, un desastre», afirmó el sacerdote, contrastando esta teosofía con la doctrina cristiana en la que Dios envía a su Hijo para sanar a la persona mediante el perdón del pecado.

Los siete ataques preternaturales y la apertura de «puertas»

Para respaldar la postura, el presbítero recordó la publicación por parte de la Santa Sede de la carta Orationis Formas (1989) sobre la meditación cristiana, así como el documento de 2003 Jesucristo, fuente de agua viva, redactado frente al auge de la corriente de la Era del Acuario. Asimismo, citó los estudios del episcopado de Estados Unidos sobre la peligrosidad espiritual del reiki.

El Padre Luzón precisó la diferencia entre lo sobrenatural —ámbito que corresponde exclusivamente a Dios— y lo preternatural, que abarca aquellas acciones que superan las capacidades de la naturaleza humana y son propias de los ángeles o demonios. En este contexto, detalló las distintas formas en que puede manifestarse la acción maligna sobre una persona o su entorno:

Entre las distintas formas de manifestación se encuentra la infestación, entendida como una afectación preternatural sobre inmuebles, objetos, plantas o animales. La vejación se refiere a ataques o agresiones externas de carácter maligno, mientras que la opresión o influencia comprende embates que se traducen en enfermedades, ruina económica, fracasos continuados o un rechazo social irrazonable.

Por su parte, la obsesión diabólica consiste en una perturbación intensa a nivel mental o afectivo, y el amarre o fijación mental, en obsesiones persistentes frente a las cuales los tratamientos psiquiátricos no surten efecto. La posesión diabólica supone la toma de control del cuerpo o psicosoma por parte de una entidad del mal. Finalmente, también se contemplan fenómenos extraordinarios en locales o viviendas, definidos como alteraciones físicas sin explicación natural.

Frente a la inquietud ciudadana que proyecta el cine de terror, el presbítero aclaró que la posesión o las influencias diabólicas no ocurren de forma arbitraria, sino cuando existen «puertas abiertas» en la vida espiritual. Entre estas aperturas mencionó la permanencia en el pecado grave (como el adulterio o el concubinato), la falta de perdón y el rencor, la práctica del ocultismo, el padecimiento de maldiciones o ciertas herencias de antepasados.

«No hay liberación sin sanación y sin conversión», aseveró el presbítero, advirtiendo que la oración sacerdotal no actúa como «una varita mágica», sino que requiere un cambio sincero de vida y el cierre voluntario de las vías de entrada al mal.

El rigor científico de la Iglesia y los signos de discernimiento

Frente a las posturas escépticas, el padre Luzón reivindicó el rigor metodológico con el que la Iglesia examina cada caso antes de diagnosticar una causa preternatural. Al rememorar su participación en un congreso médico ante 800 neurólogos, recordó que la institución eclesial y las órdenes monásticas fueron históricamente pioneras de la ciencia y de las universidades, por lo que la investigación de los hechos se realiza con máxima prudencia.

Entre los signos extraordinarios que la Iglesia valora para discernir la acción maligna —una vez descartadas patologías médicas o psiquiátricas— enumeró la levitación, el despliegue de una fuerza física descomunal e inexplicable, la capacidad de hablar o comprender lenguas arcanas, la movilización de objetos a distancia (telequinesia), el conocimiento de hechos ocultos y la aversión visceral hacia los objetos y símbolos sagrados.

La victoria final de Cristo

En cuanto al alcance de los ataques, el sacerdote aclaró que la posesión afecta al cuerpo y a la psique, pero no al espíritu ni a la salvación de la persona, a menos que esta se entregue voluntariamente al pecado. Como prueba de ello, citó a diversos santos que sufrieron opresiones o posesiones a lo largo de la historia, entre los que destacó a Santa Gema Galgani, San Pío de Pietrelcina o el Cura de Ars.

Finalmente, el sacerdote hizo un llamamiento a la serenidad, recordando que Jesucristo ha vencido al mal y ha dotado a la Iglesia del poder para combatirlo. «El báculo que lleva el obispo tiene forma de serpiente porque representa precisamente el poder que Cristo otorga a la Iglesia para combatir el mal», asevera.

La vida en gracia, la oración y el auxilio de los sacramentos, así como el empleo de sacramentales como el agua bendita, el aceite y la sal exorcizados, constituyen los medios principales de protección y sanación para los fieles. «Hay que saber que Cristo ha vencido a los demonios y que no hay que tener miedo», concluyó.

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